fbpx
Convivir con la incertidumbre en tiempos de pandemia

Convivir con la incertidumbre en tiempos de pandemia

Me resulta extraño seguir hablando –a estas alturas– de pandemia, de cómo seguimos inmersos en ella y de cómo nos sigue afectando. Nos toca convivir con la incertidumbre en un mundo que se asemeja, cada vez más, a una nueva realidad que ha llegado para quedarse por más tiempo del esperado.

No me voy a recrear en la pesadez de todo esto, en las incomodidades, en las limitaciones. Ni siquiera en lo sufrimientos por no dar un abrazo o un beso despreocupadamente, sin pensar a quién, ni cómo, ni cuándo.

Aunque confieso, que existe el deseo de querer que todo fuera diferente, como era antes –antes de este virus de locos, claro–. Hace unos meses escribía el post Y todo cambió con esta maldita pandemia”. Como podría imaginarme entonces que, esas mismas sensaciones, volverían a estar presentes ahora –o al menos– de un modo algo más subterráneo.

Son estas circunstancias las que me llevaron, en ciertos momentos, a una especie de desaparecer de sí, tal y como diría mi admirado sociólogo David Le Breton.

“Situarse fuera de sí para recobrar el aliento, dejar de estar allí, pero reservándose la posibilidad de volver”

David Le Breton

Pero como sé que la aceptación es el recurso más efectivo para mantener un equilibrio entre la realidad y el deseo, fue necesario que –desde mi propia exploración interior– detectase cuales eran esos pensamientos recurrentes que me estaban llevando a una cierta negatividad.

Y en todo este proceso de autoconocimiento, acabó por asomarse algo que seguro te debe sonar e, incluso, te puedes haber encontrado durante todo este tiempo de pandemia: la incertidumbre.

Por qué surge la incertidumbre

La incertidumbre se caracteriza por un sentimiento de desasosiego, de preocupación y de temor por el desconocimiento sobre algo que va a pasar, por un futuro incierto, pero también, por la imposibilidad de tomar el control de la situación que nos lleve a un resultado final en el menor tiempo posible.

Acostumbrados a estos tiempos, dónde se nos ha hecho partícipes de la inmediatez de las cosas, no nos han dejado espacio para adaptarnos a una vida más pausada, una vida como la que actualmente estamos experimentando.

Vivíamos sin ser conscientes de que, nuestra realidad, giraba en un entorno imprevisible, cambiante y lleno de giros inesperados en nuestro día a día. Quizás fuera nuestra forma de ver el mundo desde una perspectiva cómoda y segura, filtrada por la rutina diaria.

Y ese cambio en nuestro ritmo, en lo que dábamos por hecho, agrandó la sensación de incertidumbre ante un futuro que –lamentablemente– no sabemos hasta dónde nos llevará.

Esta pandemia nos obliga a convivir con el miedo a un posible cambio, sin saber en qué ámbito de nuestra vida nos puede afectar. ¿Qué pasará con mi futuro laboral? ¿Mi hijo se educará en casa o en la escuela? ¿Cómo afectará a mi salud si me infecto con el virus? ¿Cuándo llegará el día en el que pueda pasear, dar un beso, acercarme o abrazar sin la dichosa mascarilla?…

Preguntas que se instalan en nuestra mente y que somos incapaces de dar una respuesta certera ni controlar el resultado final, provocando inseguridad, angustia, miedo…  

¿Cómo podemos manejar la frustración en tiempo de pandemia?

Sin duda, aceptar la situación, aceptar que el cambio es parte de la vida, es el primer paso que debemos dar.

Cuando sintamos miedo ante lo desconocido, el peligro o la simple incertidumbre. La primera de las estrategias que podríamos emplear, sería la de no enfocarnos en lo que podemos perder, sino en lo que podemos llegar a ganar.”

Mario Alonso Puig

De nada sirve mantenerse en la queja, recrearse en un sentimiento de negatividad, por la falta de control ante una situación que no podemos manejar. Porque, cuando entramos en esta rueda de inseguridad e incerteza por lo que pueda venir en un futuro próximo, tendemos a tomar el control imaginando desenlaces múltiples.

Y, por supuesto, por orden de nuestro cerebro saboteador, estos hipotéticos finales que proyectamos en nuestra mente, suelen situarnos en realidades alternativas alejadas de nuestro ideal (pesimismo y negatividad) o, por el contrario, más cercanas con expectativas desmesuradas.

Creamos una falsa sensación de control, con desenlaces a nuestra medida y adaptados al modo de pensar y estado emocional de ese momento. Con ello pretendemos lograr lidiar con el sufrimiento que nos provoca esta incertidumbre. En definitiva, para hacernos sentir en un engañoso estado de seguridad.

“La vida líquida es una sucesión de nuevos comienzos, pero, precisamente por ello, son los breves e indoloros finales, los que suelen constituir sus momentos de mayor desafío y ocasionan nuestros más irritantes dolores de cabeza”

Zygmunt Bauman

La vida está en constante movimiento y es un fluir de nuevas experiencias creadas por diferentes comienzos. Si siempre permaneciéramos inalterables ¿Qué motivación tendríamos para construir nuevos caminos? No habría nada que esperar, nada con lo que ilusionarse.

Se trata de aceptar que este cambio constante es parte de nosotros y que, nuestro camino en la vida, se va construyendo a base de experiencias que nos llegan inesperadamente, pero fruto de aquello que sí podemos controlar.

Hay que ser consciente del momento que estás viviendo, de tu presente y no anclarse en un futuro pensando en mil y un resultados posibles. Hipótesis que son solo certezas en tu mente. ¿Alguien sabe, en realidad, qué sucederá?

No puedes controlar un futuro incierto, pero sí el modo en cómo lo vives.

“Una persona proactiva puede llevar dentro de sí su propio clima psíquico o social. Podemos ser felices y aceptar lo que está más allá de nuestro control, mientras centramos nuestros esfuerzos en las cosas que podemos controlar.”

Stephen Covey

Ponte en acción, sé una persona proactiva y dedícate a poner énfasis en tu círculo de confianza, en lo que sí puedes controlar, tal y como sugiere Stephen Covey en su bestseller “Los 7 hábitos de la gente altamente efectivas

Crea objetivos en tu vida ajustados a tu nueva realidad, objetivos que puedas medir, específicos, relevantes y alineados con tu visión de la vida, que puedas alcanzar y con un tiempo definido.

¿Y por qué? Porque de esta manera podrás ir planificando, paso a paso, tu camino hacia un futuro que tú estás diseñando. Un futuro con incertidumbre, sin duda, pero en el que sabrás encontrar alternativas a los obstáculos que vengan con mayor confianza y sin esperar a “verlas venir”.

Esta pandemia nos ha removido a todos, nos ha trastocado un presente que avanzaba seguro y de un modo vertiginoso, convirtiéndonos en piezas frágiles a merced de un futuro incierto. Pero la vida se compone de cambios, de riesgos, de dudas, de éxitos y de fracasos, de caídas y nuevos comienzos.

Me quedo con las palabras de Genís Roca en su artículo «El siglo XX ya duraba demasiado«: «El futuro siempre es un reto, pero a diferencia del pasado es nuestro destino»

Temores de una madre recién expatriada

Temores de una madre recién expatriada

Hace ya unos tres años que dejé atrás el mundo expat, vivir lejos de tu país, de la familia y de amigos. Estrenamos el casillero en Chile, unos seis años antes de nuestra segunda experiencia que nos llevó a Dubái.

Como madre expatriada, la mayor preocupación que tuve en ambas ocasiones fue la adaptación de mi hijo. La primera vez llegó rondando los tres añitos y la segunda los ocho. Si como adultos el cambio ya era algo que nos daba respeto, pensar en mi hijo y como llevaría su adaptación era algo que nos generaba muchísima intranquilidad.

Así que me encontré, durante las dos experiencias fuera de mi país, con los temores típicos de una madre recién expatriada: ¿cómo se adaptará mi hijo? ¿Logrará hacer nuevos amigos? ¿Se sentirá solo en el nuevo cole sin saber el idioma? ¿Le irá bien en los estudios?…

Sin duda, la actitud con la que unos padres logren afrontar los cambios repercute en el buen desempeño del pequeñín a la hora de integrarse a su nueva vida, ya sea en un país extranjero, en una nueva ciudad o en un nuevo colegio.

Es normal que, ante lo desconocido, estemos en modo “alerta” y si es un cambio de tal magnitud ¡imagínate como me podía sentir! Una madre recién expatriada angustiada por no saber si su hijo estaría feliz allá dónde sus padres habían apostado su futuro.

Y es que “la preocupación” y el ser madre van cogidos de la mano aunque advierto que una preocupación en exceso desemboca en un miedo maternal que hará sobreproteger al niño. ¿Te suena?: “no corras, que te caerás” “llámame en cuanto llegues para saber que estás bien” “te ayudo a hacer los deberes para que no suspendas” “te acompaño, no vayas a perderte”.

Me considero una madre que no suele llegar a esos extremos y suelo dar bastante libertad a mi hijo. Ahora, con un joven adolescente en casa, he conseguido no ser considerada “una madre pesada” aunque los momentos, “¡mamá deja de preguntarme!”, son algo de lo que no me libro.

Nunca es fácil salir de la zona de confort

Pero volviendo al mundo de la expatriación, la preocupación es algo innato y de la que no conozco a ninguna madre que no la haya padecido al llegar con sus hijos al nuevo país. ¡Nunca es fácil salir de la zona de confort!

Aunque del mismo modo que nos atrevemos a ir con los más pequeños de viaje y recorrer medio mundo disfrutando de cada momento (aquí también cuenta lo de evitar sobreproteger a nuestros hijos), el hecho de vivir en otro lugar lo deberíamos considerar como una oportunidad increíble de conocer otra cultura y otra forma de vivir.

Y este pensamiento es el que tenemos que atraer para adoptar una buena actitud. Aceptar nuestros temores además de aprender a conocer qué nos quieren decir. Pregúntate a qué tienes miedo ¿es un miedo a cómo pudiera sentirse tu hijo o es un miedo en el que sientes que pierdes el control de la seguridad de tu pequeñín?

Quizás sea un poco de ambas cosas, lógico por otra parte. No sientas que estás sola porque como puedes ver, tus pensamientos y sentimientos los hemos tenido muchas de las madres expatriadas antes, durante y también, cuando toca regresar.

Te puedo contar que la sensación que tuve durante el primer día en el jardín de infancia de mi hijo en Chile o el primer día de colegio en Dubái fueron un constante pensar en él y en cómo estaría. Le daba mil vueltas dentro de mi cabeza, recorriendo cada uno de los posibles e hipotéticos estados anímicos con los que me lo podía encontrar al salir.

Y el resultado final en ambos casos no fue el drama que me había imaginado aunque en el caso de Dubái sí que percibí la dificultad en la expresión de mi hijo, en especial con las tareas escolares.

Con tres, cuatro o cinco años, la percepción que el niño tiene de la realidad es algo diferente a la nuestra y son menos conscientes de dónde están, de cuánto están alejados de su lugar de origen o de la familia. Y eso les hace naturalizar las situaciones a su alrededor. En cambio, a la edad de ocho años que fue con la que llegó mi hijo a Dubái, nos encontramos con la necesidad de estar más atentos a sus reacciones posteriores a la salida del cole, ya que a esa edad sí que son conscientes de la nueva situación en la vida familiar.

Es el momento de poner en práctica toda nuestra empatía

En mi caso, el hándicap del idioma añadió un extra. Con nuestros ojos de adultos pensamos que los niños son esponjas y que pueden con todo en un tiempo record. La realidad es que sufren igual que nosotros, quizás sí que existe la rapidez a la adaptación, pero no por ello dejan de transitar por el camino de la dificultad y de la aceptación a algo nuevo.

Es el momento de poner en práctica toda nuestra empatía y hacer que el niño se sienta acompañado. Abrazar sus sentimientos bajo la comprensión, aceptando como normal su estado y también hablándole de cómo te sientes tú. Se dará cuenta de que no está solo y que incluso ¡su mamá y su papá! se sienten tristes, o temerosos por la nueva situación que están viviendo.

En esta conversación es importante mostrar y transmitir confianza haciéndole ver la gran oportunidad que le ha ofrecido la vida, que debe disfrutarla y, por supuesto, que el cariño de su familia y amigos de los que se ha alejado seguirá ahí. Incluso podrá verlos y oírlos gracias a las nuevas tecnologías, lo que ayudará, tanto a él como a la familia, a que esta transición hasta la adaptación sea más llevadera.

Ser madre recién expatriada no es fácil, pero con una buena actitud lograrás avanzar a través de tus miedos y preocupaciones. Date tiempo, acepta tus sentimientos como algo natural y agradece que estén ahí para cuidarte.

Cuando menos te lo esperes te verás disfrutando, tanto tu familia como tú, de todos los maravilloso momentos que tu nuevo hogar te está ofreciendo. ¡Solo hay que saber mirar con otros ojos y abrir la mente a nuevas y apasionantes experiencias!