fbpx
Y todo cambió con esta maldita pandemia

Y todo cambió con esta maldita pandemia

Me siento extraña en un mundo extraño. Me gusta el silencio, la tranquilidad, huir de aglomeraciones, pero este silencio… no es el de siempre. No se oyen la risas de los niños jugando en el parque, ni las voces estridentes en las terrazas de los bares, ya no hay pitadas de claxon por las carreteras con los atascos mañaneros, ni el barullo de jóvenes saliendo del instituto… solo queda una ciudad vacía…

Ya nada es igual y es que todo cambió con esta maldita pandemia. Nuestras vidas, nuestros hábitos y costumbres, nuestras sonidos de siempre, nuestros abrazos, nuestros besos… Querer hacer tantas cosas y no poder hacer nada…

Miro por la pequeña ventana de mi despacho y añoro al jardinero que cada lunes, puntualmente, se dedicaba a podar el seto del vecino. ¡Hasta ese infernal ruido lo echo de menos!

Cuántas cosas me faltan… ver a la familia, dar abrazos y besos, pasear por la orilla del mar, perderme por la montaña, cruzarme con cualquier desconocido… lo que daría por estar rodeada de gente. Yo, que odio las aglomeraciones, que me sobrepasan e irritan… quizás en otros tiempos o quizás hasta eso cambió.

Y extraño sentir a mi alrededor a esa gente que iba y venía apresuradamente, con su mirada engullida en el móvil, inmersa en su propia individualidad… desconocidos… pero caray, ¡cómo los extraño!

Quiero ver vida, sentirme libre con la tranquilidad de que todo pasa sin más. Quiero bajarme de este tren, de esta montaña rusa emocional a la que me he subido sin darme cuenta y deshacerme de esta sensación de tristeza, incertidumbre y pesadez que sobrevuela el aire, el ambiente de las ciudades, la mirada de las personas que pacientemente guardan cola para entrar a comprar.

«La vida es simplemente un mal cuarto de hora formado por momentos exquisitos»

Oscar Wilde

Volveremos a pasear, a ver el mar, a cruzarnos con el chico del running cada mañana, a jugar en los parques, a ir de tapeo a nuestro bar favorito, a achuchar sin compasión a amistades y seres queridos… Queda menos, ya queda menos ¿lo sientes también?

Desde que todo cambió estamos aprendiendo a valorar lo cotidiano, a sentir que vale la pena el esfuerzo de todos y, como no, el que está en nuestra mano. Pero también, debemos aprender a mirar en nuestro interior y a mostrar nuestra vulnerabilidad, nuestras emociones.

¿No crees que es buen momento para conocernos mejor? ¿Quiénes somos? ¿Qué queremos? ¿Qué no deseamos? ¿Qué necesitamos cambiar? Hace poco, le comentaba a una buena amiga que ahora necesitaba tomarme un café conmigo misma y reflexionar sobre mis objetivos, sobre algunos “para qué”, los cuales siento que van a ir tomando otro camino.

Y ahora, más que nunca, necesito estar en mi rincón de silencio para pensar y poner en orden ideas. Pero no puedo… así que toca ir en busca de ese lugar perfecto en mi espacio de “confinamiento”, dónde pueda sentir que me aíslo del mundo, de lo que me rodea.

Poner en orden ideas y pensamientos, algo sano por cierto y que te recomiendo para lograr una buena salud emocional. Nunca me he alegrado tanto de aprender a gestionar mis emociones gracias a los recursos que el coaching me ha aportado.

Porque soy (o intento ser) consciente del porqué aparecen ahora sentimientos de un modo más intenso, de cuáles son esos pensamientos que están siendo recurrentes dentro de mi cabeza y que dan vueltas por mi mente de un modo constante y martilleante.

«Nuestra mayor libertad humana es que, a pesar de nuestra situación física en la vida, ¡siempre estamos libres de escoger nuestros pensamientos!»

Viktor E. Frankl

Difícil intentar desconectar de ciertas situaciones que te rompen por dentro… pensar en no poder despedirte de un ser querido si llega su final, en la soledad de quienes están aislados en una fría habitación de hospital, en aquellos que no saben si sus vidas volverán a ser las que eran antes de todo esto…

Todo cambió con esta maldita pandemia y pretender ser la misma persona, sin que un ápice de todo este sentimiento flotando en el ambiente haya tocado algo dentro de nosotros, es prácticamente imposible.

Este es un post escrito desde la honestidad y la sinceridad, algo caótico, sin pensar, tal cual surge en el momento. Pero me apetecía escribirlo porque quizás no vuelva a querer acercarme a este tema más… y es que siento la necesidad de un cambio de perspectiva para afrontar el futuro con la mejor actitud posible, sin recaer en lamentaciones.

Vendrán tiempo mejores, sin duda, y con ellos volveremos a sentir la brisa del mar y el calor del sol mientras permanecemos tumbados sobre la arena de la playa en nuestra toalla de siempre y a caminar por senderos y a estirarnos de los pelos porque nuestro hijo quiere quedarse cinco minutos más en el parque.

Vendrán… seguro que vendrán…

Me gustaría aprovechar, ahora que me estás leyendo, para enviarte un abrazo sincero, y ánimos, muchos ánimos. Me encantaría saber de ti, leerte en los comentarios o, si lo prefieres, a través de un mensaje de email y saber cómo te sientes ¿Te animas a compartir?

Toca quedarse en casa

Toca quedarse en casa

Estos días, en los que por obligación y responsabilidad toca quedarse en casa, pasan muchas cosas por mi cabeza. Pensamientos que intento manejar de la mejor manera posible y que se empeñan en traducirse en unas emociones y sentimientos que, posiblemente, tú también los estés experimentando: miedo, frustración, rabia…

Creo compartir con muchas personas la incertidumbre que supone toda esta situación que estamos viviendo… todo por culpa de un nefasto bichito que nos ha hecho tambalear la vida tal y como la conocíamos hasta ahora.

Vivir “encerrados”, privados de nuestras rutinas diarias para ir a trabajar, para ir al colegio, para salir a hacer deporte, para pasear, para ir al parque con los hijos… ¿cómo podemos sentir normalidad entre tanta anormalidad?

No es fácil concentrarse en lo que una tiene que hacer porque tu mente, sin quererlo, va llevando tu atención al bombardeo de noticias entre las que buscas algún atisbo de esperanza. Pero hay que hacer un esfuerzo, tratar de mantenernos desconectados, en la medida que podamos, para no caer en pensamientos recurrentes de negatividad. Estar informados pero con control.   

Sé que se puede hacer pesado… que se va a hacer pesado… interminable en algunos momentos pero, viendo el vaso medio lleno, creo que es una ocasión perfecta para aprovechar este tiempo extra con nosotros mismos, lejos del estrés diario, de las antiguas idas y venidas con las que íbamos corriendo como pollo sin cabeza sin tener tiempo para nada.

Quién nos lo iba a decir, quejándonos siempre de la falta de tiempo y ahora, resoplando porque no sabemos qué hacer con él.

Quizás sea buen momento para reflexionar sobre tus objetivos futuros y un plan de acción para llevarlos a cabo. Piensa en aquello que puede ser verdaderamente importante para ti, qué inquietudes afloran y a las que no les prestabas atención. También puedes hacer listas con tareas a realizar en cuanto acabe esta cuarentena. Anota todo lo que se te ocurra, es posible que quieras ponerte en marcha ya con alguna de ellas.

A mí, por ejemplo, se me ha ocurrido preparar una agenda con todas aquellas personas de las que me estoy acordando estos días y a las que me gustaría dar un abrazo o brindar con una copa de vino cuando pase todo esto.

La verdad es que se echa de menos a las personas… a personas que quieres, que te importan… Es una sensación extraña porque me trae recuerdos de las experiencias que tuve viviendo fuera de mi país. Como en aquel momento, toca verlas a distancia gracias a las nuevas tecnologías. ¡Qué suerte tenemos de vivir en una época en la que acercar a las personas, por muy lejos que estén, es posible! ¿verdad? ¡cómo vamos a disfrutar cuando tengamos la oportunidad de volver abrazarlas!

En estas circunstancias, veo más claro que nunca que debemos celebrar el momento, de no lamentarnos por las cosas que no hicimos sino de poner la ilusión en lo que haremos, en los reencuentros, en las futuras comidas con amigos, con la familia y con aquellos que nos esperan para darles un beso.

Una experiencia que nos tiene que servir para conocernos y aprender de nuestras emociones. ¿Quién no tiene miedo o incertidumbre o rabia durante estos días? Algo normal y humano. Pero también deberíamos sentir esperanza, esperanza porque estas muestras de solidaridad no pueden caer en vacío, deben cambiar a la gente, deben hacer una sociedad más unida y menos individualizada.

Y esperanza por ver si, por fin, se toma consciencia de la importancia de vivir el presente, de sentir que los momentos hay que disfrutarlos y abandonar los «para otro día» para convertirlos en un «mañana mismo».

Quizás sea una utopía pero ¿quién dice que no podría hacerse realidad?

Ahora escribo pensando en lo que puede pasar, en cómo me siento y en cómo acabará todo esto y lo único cierto, lo que me viene a cada instante, es que está en nuestras acciones, en lo que hacemos, una parte importante de este futuro.

Sacrificar besos, abrazos, la compañía de amigos y familia, paseos, juegos en el parque, salidas nocturnas al bar de moda o al restaurante que tanto nos gusta… dejar al lado nuestra individualidad para pensar en el bien común, para ser conscientes que somos parte de una sociedad y que ésta la formamos todos, la creamos y damos sentido cada uno de nosotros.

Hagamos un esfuerzo entre todos y tomemos consciencia de que ahora lo que toca es quedarse en casa.


El olvido de la memoria

El olvido de la memoria

“Mami, ¿a ti te pasará lo mismo que a la yaya?”… una pregunta que me revolvió por dentro, no sé si por inesperada o por quién me la hizo. Creo que por las dos cosas. Qué le podía decir… con diez añitos ya era capaz de asimilar lo que representaba el olvido de la memoria

Dejar de recordar… de conocer, de reconocer. Dejar de ser la persona que eras… convertirte en una sombra sin palabras, no poder expresar, no saber hacer, no saber reaccionar…

“No lo sé, cariño, ¡yo espero que no! ¿Me cuidarías si pasara?”

“¡Claro, mami!”

Fue la primera vez que me lo preguntó pero no la última. Esa pregunta me ha hecho pensar tanto… y reflexionar sobre cómo vivimos nuestras experiencias, lo que recordamos de ellas, cómo las recordamos. Y pienso en qué pasaría si perdiera todo lo que he ido acumulando en ella a lo largo de mi vida. ¿Quién sería yo?…

Veo a mi madre sentada en la residencia, con su mirada ausente, viviendo en su mundo sin saber qué hay o quién hay delante de sus ojos. “Hola yaya”, le dice mi hijo. Le damos un beso, como todas las ocasiones que vamos a verla. Pero no hay respuesta… observando más allá, atravesando su mirada nuestros cuerpos como si éstos no estuvieran allí.

De vez en cuando una risa aparece de la nada, por sorpresa, sin control, dirigida a alguien que vive en su mundo imaginario. Cuántas veces me he preguntado cuál sería ese mundo…

Quiero vivir el presente y ser consciente de lo que me está dando. Crear recuerdos de experiencias y no olvidarlas, aunque las sienta con el paso del tiempo de un modo diferente, amoldándose a las circunstancias de la vida.

«Al final, ¿Qué importa más: vivir o saber que se está viviendo?»

Clarice Lispector

Me da miedo el olvido de mi memoria, el olvido de la vida… los recuerdos, las personas, las palabras, las emociones, mi propio yo… ¿cuál sería mi mundo si pasara? Quizás uno dónde las imágenes fuesen la alegría de los momentos felices, con las personas que quiero.

Qué rápido vemos pasar la vida sin apenas darnos cuenta de cómo la estamos viviendo. ¡Bendita juventud!, qué decididos y valientes éramos para lanzarnos al vacío y qué lejos sentíamos las preocupaciones que nos pudieran llegar. ¿Pensar en el mañana? ¡Para qué! ¡Era un carpe diem continuo!

Aquello con lo que nos quedamos a través de nuestras experiencias en la vida está impregnado con las sensaciones y emociones del momento.

Guardo esas emociones, las archivo en mi memoria… y no las olvido… no quiero olvidarlas para siempre. Ahora siguen ahí, brotando al más mínimo olor, sonido, color, sabor, textura que me hicieran revivirlas.

«La vida es eso: vivir el instante, hacer un archivo urgente y así poder revivirlo, más tarde, convertido en producto imaginario»

Josep Piera

Y así es como me llegan momentos felices y otros no tantos. Experiencias del pasado que surgen al oler un incienso de perfume de sándalo, o al escuchar a alguien inesperadamente con ese acento chileno tan peculiar o al saborear algún alimento que me lleva a mi niñez.

¿Forzar el olvido? creo que en ocasiones es necesario para alejar sentimientos dolorosos que personas o circunstancias nos hicieron madurar pero, si te digo la verdad, es algo difícil en mí. Me cuesta en ocasiones desprenderme de esta conexión desagradable… aunque presiento que puede más mi necesidad de recordarme en qué fallé o en qué me fallaron.

A pesar de ello, ahora tengo mis propias herramientas para hacerlo posible. Lo bueno de aprender a conocerse es saber cuándo y cómo alejarse de esos sentimientos. Como si fuera una goma de borrar, vas haciendo desaparecer sensaciones que intentan alterar tu paz interior. Y con esa paz dentro de mí me quiero quedar porque ¿de qué sirve saber que se está viviendo si te pasas el día pensando en los demás y no en ti?

Me imagino a mí misma dentro de veinte años, una señora de setenta primaveras y sin el olvido de su memoria, espero, aunque no tan fresca como la actual. Recordando… agradeciendo todo lo vivido y lo que pudiera llegar ¡espíritu joven, siempre!.

«La ventaja de tener una mala memoria es que uno puede disfrutar varias veces de las mismas cosas como si fuera la primera vez»

Friedrich Nietzsche

Y sin duda, reuniéndome todavía con amigas para tomar café, vino o lo que se tercie ¡o lo que se pueda a esa edad!. Amistades que ojalá perduren en el tiempo. Las de hace años, las que llegaron hace poco, las que la distancia nos separa…

Si un día mi memoria se apaga, tendré la satisfacción de dejar en el recuerdo de otras personas mis propios recuerdos, sentimientos, emociones y sensaciones de lo que he vivido y cómo lo he vivido a través de mis escritos.

Porque plasmar en palabras el interior de una misma, escribir, eso… eso no hay quién lo borre ni quién lo olvide, permaneciendo en el tiempo… para todos… para mí, ahora y siempre.

Espíritu Wanderlust, nacidos para viajar

Espíritu Wanderlust, nacidos para viajar

Hace un tiempo leí por la red un término que me encantó y que hacía mención al espíritu Wanderlust, o lo que es lo mismo, al espíritu viajero. Una palabra hermosa con la que me sentí identificada al reconocerme tras esas ganas locas de conocer mundo.

Siempre me he definido como una persona a la que le entusiasma viajar. Confieso que cuando se acerca el verano disfruto enormemente pensando cuál será nuestro próximo destino. Ir tachando de mi icloud mental lugares ya visitados para dejar espacio a la nueva inspiración… “¿hacia el este o hacia el oeste?”, “¿ciudad o naturaleza?, ¿frío o calor?, ¿de relax o  movidito?…

Así que una vez elegido el país y en qué plan vamos a ir, toca diseñar ruta y ahí es cuando se me hace la boca agua y los ojos chiribitas al ir descubriendo y anotando todo aquello que hay de especial en el destino seleccionado ¡me encanta, me rechifla y me ilusiona por partes iguales!

Ahora todo es más fácil, con tanta información a nuestro alcance a través de la red puedes ver al instante lo que te interesa: fotos, vídeos, historia, cultura de cualquier país o ciudad… En cambio, para una mujer como yo, perteneciente a la maravillosa generación de la EGB y que ve su niñez reflejada en la época ochentera de los mismísimos protagonistas de Stranger Things, buscar información en aquel entonces suponía adentrarse en la lectura de enciclopedias, revistas, libros de viajes. Aunque también nos ayudaban las películas, series de tv o algún que otro documental. Nada que ver con la ayuda de los influencers de las redes, youtubers o blogueros explicando sus experiencias viajeras.

¿Alguien se acuerda de las antiguas cámaras de fotos de carretes con las que hacer una instantánea suponía jugársela a la ruleta rusa?. Sinceramente. ¡no tengo ninguna nostalgia de ellas! aunque pensándolo bien, era una buena manera de no obsesionarse con lograr la foto perfecta y poder admirar relajadamente el paisaje.

Que rabia daba cuando justo en el momento que querías inmortalizar un gran momento te dabas cuenta que el dichoso carrete se había acabado y tenías que sacarlo para sustituirlo por otro nuevo. O peor aún, cuando ya no te quedaba ninguno y salías corriendo a comprar más, ¡si llegabas a encontrarlos, claro!. Y no hablemos de la mezcla de nervios e ilusión que provocaba la recogida las fotos tras revelarlas en la tienda a la vuelta de las vacaciones. Siempre rezando para que la ruleta rusa no le tocase a la deseada foto de tu lugar preferido y quedarte sin esa imagen tan esperada para el recuerdo.

Ya desde bien mocosa mi imaginación me hacia tele-transportarme a países lejanos y exóticos, llenos de misterio y aventuras: Roma con sus gladiadores luchando en el Coliseo, ladrones de tumbas en el antiguo Egipto, rituales mayas en sus pirámides… Todo bajo la mirada soñadora de esa niña que esperaba algún día tener la oportunidad de poder llegar a conocer alguno de aquellos lugares.

Entre mis preferencias y siempre ocupando el primer lugar del ránking, se encontraba Egipto. La de historias que me imaginaba soñando con sarcófagos escondidos y tesoros ocultos. Tenía la esperanza de que algún día lograría ese sueño, poder conocer El Cairo, las pirámides, ver los increíbles templos… el desierto…

Pero también soñaba con otros muchos lugares: Australia, China, Japón, México, Grecia, Italia… y en especial… una ciudad alemana que ocupaba una parte importante dentro de mí, Stuttgart.

Era la ciudad que me vio nacer y que fue testigo de mil y una aventuras de unos españoles que llegaron a Alemania, como buenos emigrantes, con la fuerza suficiente para forjarse un futuro lejos de su país. No sabía cuándo, pero tenía claro que algún día iba a conseguir pasear por las mismas calles por donde mis padres, tíos, primos, tuvieron una vida allá en la década de los sesenta…

Y el tiempo pasó y fui cumpliendo todos esos sueños, agrandando la lista de realidades, agrandando ese espíritu Wanderlust a la mínima oportunidad…

Nunca se me olvidará mi llegada a Egipto. De eso hace ya la friolera de veinte años. Viajamos mi marido y yo, en aquel entonces como pareja recién estrenada viviendo en pecado y sin todavía descendencia. Fue mi primer viaje fuera de España, algo que ya de por sí me creaba una sensación especial, pero que además fuese el lugar más deseado desde que tenía uso de razón lo hacía todavía más mágico.

Lo que escondía en mi imaginación resultó explotar con aquella realidad, que ahora sí, por fin, podía sentir y tocar.  Tengo un montón de imágenes grabadas en mi recuerdo de aquella experiencia, pero hay dos que me impactaron especialmente, con las que aún hoy día sigo sin tener palabras suficientes para describirlas.

El primero de aquellos momentos fue mientras atravesábamos la ciudad en plena noche dirección al hotel. A lo lejos se veía la parte superior de las famosas pirámides. Admirar aquella inmensidad hizo que no pudiera apartar los ojos… estaban allí, delante mío… por fin…

Podría estar describiendo todo lo que vi cómo si hubiese regresado ayer, pero me voy a contener y solo mencionaré el otro gran momento que para mí representó aquel viaje, el tener en frente el indescriptible y faraónico templo de Abu Simbel.

Si no me falla la memoria, habíamos llegado con el calor asfixiante del mediodía. Recorrimos unos metros y tras unas pequeñas dunas, se suponía que debía asomar lo que era el templo más famoso de Egipto. Y apareció… como si nada… majestuoso y gigantesco. Lo que sentí es difícil describirlo, quizás mezcla de alegría, asombro, respeto…

Creo que ni los 50ºC a la sombra, ni la sensación de estar dentro de un horno, ni la charla interminable del guía delante de la entrada, me hicieron dejar de admirar todo aquello. Solo tenía ojos para esas cuatro colosales y gigantescas figuras que presidian el templo, oidos para escuchar únicamente el silencio que me producía estar en el desierto delante de aquello.

Y así fue como taché de la lista de sueños mi primer gran viaje. Sonrío al ir escribiendo este post porque poco me podía imaginar en aquel entonces la de viajes que me echaría a mis espaldas a partir de ese momento, cumpliendo gran parte de mis deseos. Sin mencionar que iba a tener dos proyectos vitales en países que ni se me hubiesen pasado por la imaginación.

“Abre los ojos” me dijo una buena amiga antes de uno de mis viajes. No es que no tuviera antes esa mirada abierta, pero sí que había momentos, en según que viajes, que me dejaba llevar sin observar a mi alrededor, quedándome en lo superficial. Un buen consejo que me hizo reflexionar sobre la importancia de sentir lo que ves en cada nueva experiencia.

Porque comprender otra cultura solo lo puedes hacer si te alejas de la mirada etnocéntrica con la que llegamos todos los turistas a un nuevo país. Aceptar que no hay ninguna mejor ni peor, que todas son como esa sociedad la ha querido transmitir, con sus tradiciones y costumbres.

Hacer los sueños realidad, dicen, te da la felicidad. Y doy fe. Alegría y emoción podría definir lo que sentí en el momento en que, junto a mi padre, mi hermano y mi prima, llegamos a la calle Klagenfurter, número 17 en el barrio de Feuerbach, Stuttgart. Fue como si el tiempo se parara, como si todas aquellas historias que nos habían contado a los más pequeños cobrasen vida en aquel mismo instante. Tantas y tantas horas que pasamos oyendo, en las reuniones familiares, las mil anécdotas vividas allí por parte de mis padres y mis tíos en sus años de emigrantes.

Poder conocer al fin la ciudad donde nací… y hacerlo con parte de la familia fue extraordinario. La recorrimos de arriba abajo, todos sus rincones, mientras mi padre nos iba describiendo aquellos lugares que le eran familiares. Cuarenta años sin volver son muchos años para recordar y para comprobar como cambia una ciudad. Pero daba igual, estábamos allí.

Otro sueño que se cumplió, que me hizo feliz…

Hace apenas unos días que he regresado de mi último destino vacacional, Vancouver y las Montañas Rocosas de Canadá. Vuelvo con la maleta llena de imágenes maravillosas y con recuerdos de paisajes llenos de la más increíble naturaleza.

Y he comprado que ese espíritu Wanderlust sigue vivo, deseoso de ampliar la lista de lugares por ver y siempre con la misma ilusión que aquella primera vez.

Viajar es conocer, y conocer es abrir los ojos, mirar con curiosidad lo que hay a tu alrededor. Te invita a absorber lo nuevo con ojos inocentes y a descubrir lo desconocido que hay en cada lugar.

Tener espíritu Wanderlust es querer viajar para llenarte el alma de nuevas sensaciones, para hacerte sentir la emoción del momento…

“El mundo está lleno de cosas mágicas, esperando pacientemente a que nuestros sentidos las perciban” William Butler Yeats

Y tú ¿tienes espíritu Wanderlust?