“Mami, ¿a ti te pasará lo mismo que a la yaya?”… una pregunta que me revolvió por dentro, no sé si por inesperada o por quién me la hizo. Creo que por las dos cosas. Qué le podía decir… con diez añitos ya era capaz de asimilar lo que representaba el olvido de la memoria

Dejar de recordar… de conocer, de reconocer. Dejar de ser la persona que eras… convertirte en una sombra sin palabras, no poder expresar, no saber hacer, no saber reaccionar…

“No lo sé, cariño, ¡yo espero que no! ¿Me cuidarías si pasara?”

“¡Claro, mami!”

Fue la primera vez que me lo preguntó pero no la última. Esa pregunta me ha hecho pensar tanto… y reflexionar sobre cómo vivimos nuestras experiencias, lo que recordamos de ellas, cómo las recordamos. Y pienso en qué pasaría si perdiera todo lo que he ido acumulando en ella a lo largo de mi vida. ¿Quién sería yo?…

Veo a mi madre sentada en la residencia, con su mirada ausente, viviendo en su mundo sin saber qué hay o quién hay delante de sus ojos. “Hola yaya”, le dice mi hijo. Le damos un beso, como todas las ocasiones que vamos a verla. Pero no hay respuesta… observando más allá, atravesando su mirada nuestros cuerpos como si éstos no estuvieran allí.

De vez en cuando una risa aparece de la nada, por sorpresa, sin control, dirigida a alguien que vive en su mundo imaginario. Cuántas veces me he preguntado cuál sería ese mundo…

Quiero vivir el presente y ser consciente de lo que me está dando. Crear recuerdos de experiencias y no olvidarlas, aunque las sienta con el paso del tiempo de un modo diferente, amoldándose a las circunstancias de la vida.

«Al final, ¿Qué importa más: vivir o saber que se está viviendo?»

Clarice Lispector

Me da miedo el olvido de mi memoria, el olvido de la vida… los recuerdos, las personas, las palabras, las emociones, mi propio yo… ¿cuál sería mi mundo si pasara? Quizás uno dónde las imágenes fuesen la alegría de los momentos felices, con las personas que quiero.

Qué rápido vemos pasar la vida sin apenas darnos cuenta de cómo la estamos viviendo. ¡Bendita juventud!, qué decididos y valientes éramos para lanzarnos al vacío y qué lejos sentíamos las preocupaciones que nos pudieran llegar. ¿Pensar en el mañana? ¡Para qué! ¡Era un carpe diem continuo!

Aquello con lo que nos quedamos a través de nuestras experiencias en la vida está impregnado con las sensaciones y emociones del momento.

Guardo esas emociones, las archivo en mi memoria… y no las olvido… no quiero olvidarlas para siempre. Ahora siguen ahí, brotando al más mínimo olor, sonido, color, sabor, textura que me hicieran revivirlas.

«La vida es eso: vivir el instante, hacer un archivo urgente y así poder revivirlo, más tarde, convertido en producto imaginario»

Josep Piera

Y así es como me llegan momentos felices y otros no tantos. Experiencias del pasado que surgen al oler un incienso de perfume de sándalo, o al escuchar a alguien inesperadamente con ese acento chileno tan peculiar o al saborear algún alimento que me lleva a mi niñez.

¿Forzar el olvido? creo que en ocasiones es necesario para alejar sentimientos dolorosos que personas o circunstancias nos hicieron madurar pero, si te digo la verdad, es algo difícil en mí. Me cuesta en ocasiones desprenderme de esta conexión desagradable… aunque presiento que puede más mi necesidad de recordarme en qué fallé o en qué me fallaron.

A pesar de ello, ahora tengo mis propias herramientas para hacerlo posible. Lo bueno de aprender a conocerse es saber cuándo y cómo alejarse de esos sentimientos. Como si fuera una goma de borrar, vas haciendo desaparecer sensaciones que intentan alterar tu paz interior. Y con esa paz dentro de mí me quiero quedar porque ¿de qué sirve saber que se está viviendo si te pasas el día pensando en los demás y no en ti?

Me imagino a mí misma dentro de veinte años, una señora de setenta primaveras y sin el olvido de su memoria, espero, aunque no tan fresca como la actual. Recordando… agradeciendo todo lo vivido y lo que pudiera llegar ¡espíritu joven, siempre!.

«La ventaja de tener una mala memoria es que uno puede disfrutar varias veces de las mismas cosas como si fuera la primera vez».

Friedrich Nietzsche

Y sin duda, reuniéndome todavía con amigas para tomar café, vino o lo que se tercie ¡o lo que se pueda a esa edad!. Amistades que ojalá perduren en el tiempo. Las de hace años, las que llegaron hace poco, las que la distancia nos separa…

Si un día mi memoria se apaga, tendré la satisfacción de dejar en el recuerdo de otras personas mis propios recuerdos, sentimientos, emociones y sensaciones de lo que he vivido y cómo lo he vivido a través de mis escritos.

Porque plasmar en palabras el interior de una misma, escribir, eso… eso no hay quién lo borre ni quién lo olvide, permaneciendo en el tiempo… para todos… para mí, ahora y siempre.


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