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La vida te da oportunidades, te las planta delante de ti y tú decides que hacer con ellas. Puedes envolverte en la negatividad y ver que aquello que te han regalado no llega en el mejor momento, que no es lo que querías, que no te apetece salir de tu zona de confort, en definitiva no quieres volver a empezar porque ya está bien cómo estás. Pero ¿y si optas por elegir la otra cara?, la buena, la que te lleva a mirar con ojos de explorar nuevas experiencias, nuevos caminos,  nuevos proyectos.

Ojalá me hubiese hecho este planteamiento el día que recibí la noticia pero en aquel momento estaba cansada de no poder mantener una estabilidad en nuestras vidas, de ir de aquí para allá, de cambio de casa en cambio de casa. Así que era inevitable que mi yo conformista surgiera y eligiera la primera opción. Todavía recuerdo el momento en el que mi marido me dijo: “me han ofrecido un puesto en Dubái”. Agosto del 2014, yo en el jardín, brocha en mano, dando la fastidiosa capa de aceite a los muebles y de repente el bombazo ¡no podía creerme lo que estaba oyendo! Apenas hacia un año que habíamos estrenado nuevo hogar.

El paso del tiempo nos da la perspectiva justa para poder analizar los momentos del pasado. Así que echo la vista atrás, hasta los días y semanas posteriores a la “gran noticia” y me sigo preguntando porque tomé esa decisión de cerrarme a lo desconocido, de no querer enfrentarme a un nuevo reto en mi vida, incluso a  no ver lo bueno que podía ser para mi familia, para mi hijo. La mente es en ocasiones tan caprichosa… o quizás somos nosotros mismos quienes forzamos a ver las cosas de cierta manera para sentirnos más cómodos. Lo cierto es que la ilusión que supuestamente debería tener por la posibilidad de comenzar una nueva vida llena de retos la convertí en desgana y miedo ante lo que estaba por llegar.

No era la primera vez que íbamos a vivir en otro país. Tres años antes habíamos vuelto de nuestra experiencia chilena cuya duración fue de casi dos años y  podríamos definirla como algo aventurera y peculiar. Allí, seis meses antes de regresar, nos encontramos con la misma oportunidad que se nos ofrecía ahora,  ir a trabajar a Dubái. Pero mis sensaciones en aquel momento fueron bien distintas, sentía alegría, ilusión, ganas. Ilusión por poder ir a un país exótico y tremendamente atractivo, muchas esperanzas depositadas en ese nuevo futuro el cual estaba prácticamente confirmado y que finalmente no llegó. Creo que esa desilusión tan dolorosa para nosotros fue la que me hizo cerrar los ojos para no sentir la misma decepción si algo volvía a fallar llegando a pensar que mi lugar debía estar en Barcelona.

A pesar de las dudas que llegaban a mi mente por todo lo que nos iba a cambiar la vida, éstas no influyeron en el apoyo que le di a Sergio. Era consciente de lo que significaba para él a nivel profesional y personal y no podía negarme a seguirle. Creo que es uno de los mayores valores que podemos tener las mujeres de expats, el liarnos la manta a la cabeza y el decir “adelante que podemos con todo”. Supone el asumir lo que vas a dejar atrás y estar dispuesta a hacerlo. Te has de separar de tu familia, amigos, trabajo, costumbres y partir de cero allá donde vas. Y por descontado el ser madre añade un extra de responsabilidad, tu hijo es lo primero, es el centro de todas tus preocupaciones y por él has de luchar para superar tus miedos.

Recuerdo el momento en que decidimos decirle a Daniel que íbamos a vivir a Dubái. Lo sentamos junto a nosotros y comenzamos a explicarle como iba a ser nuestra vida a partir de ahora, que su papa iba a ausentarse durante unos meses y que en verano dejaríamos nuestra casa para trasladarnos al nuevo país. Su reacción fue admirable, lo comprendió a su manera, como el niño de ocho años que era, imaginándose una ciudad en el desierto, con rascacielos, cochazos de lujo y palmeras. Para él significaba toda una aventura sin importarle ni como era, ni dónde estaba ni las dificultades con las que se iba a enfrentar.

Todo cambio tan rápidamente… en apenas tres meses tuvimos que hacernos a la idea de la prolongada ausencia de mi marido. Decidimos que nuestro hijo acabara ese curso en Barcelona y comenzara el próximo ya en el nuevo país. Y ahí asomaron las primeras dudas ¿elegir colegio, cuál? ¿Estaría preparado para poder integrarse en uno de habla inglesa? ¿Cómo se sentiría él? Cuantos miedos… se me hacía un nudo en el estómago nada más pensarlo. ¿Y yo? ¿Sería capaz de desenvolverme en el día a día? ¿El idioma? ¿Cómo serían sus costumbres? ¿Y la gente? Dudas, dudas, dudas… La actitud con la que afrontamos los problemas hace que podamos disfrutar del momento  o por el contrario vayamos lamentándonos de todo lo que nos sucede sin darle una solución ¿Hasta qué punto somos esclavos de nuestros propios pensamientos impidiéndonos avanzar? Me autoconvencí de que la mejor manera de lidiar con todo aquello era optar por la solución fácil, la conformista, la de dejarme llevar y verlas venir cuando llegase el momento, quizás pensando que el haber tenido una experiencia previa viviendo fuera de mi país haría que me resultase todo más sencillo. Lo cierto es que estos pensamientos me ataron a una realidad de la que no quería salir y creo que me condicionó a la hora de desenvolverme en mis inicios en mi  nueva vida. Siempre echando la mirada atrás… ojalá  me hubiese quitado la venda de los ojos cuando debía hacerlo.

Las semanas pasaban y se iban haciendo cada vez más pesadas, por una parte por ver que nuestro tiempo en Barcelona llegaba a su fin y por otra por la ausencia de Sergio. Durante los ocho meses que estuvimos separados únicamente pudimos verlo en tres o cuatro ocasiones. En una de ellas pensamos en sorprender a Daniel  y no decirle nada de su visita a casa. Me gusta ver a la gente feliz y no hay nada mejor que lo inesperado para conseguir este fin. Soy así, no lo puedo remediar, así que sabía que la mayor alegría que podía ofrecerle a mi hijo en esos días sería la de ver a su padre en el momento más insospechado, a la salida del colegio. Es bonito guardar recuerdos así, momentos  inolvidables y llenos de cariño que al final te hacen estremecer cuando regresan a tu mente. Ver su carita a medida que se acercaba a nosotros y no creerse lo que estaba viendo no tenía precio pero oír sus palabras “¡papi, papi estas aquí!” mientras se abalanzaba emocionado sobre su padre fue totalmente conmovedor.

Era hora de ponerse las pilas e intentar dar un pasito hacia adelante. Nuestro viaje a Dubái en Semana Santa se convirtió en la medicina que necesitaba para conseguir salvar el obstáculo que me impedía avanzar. Nada más bajar del avión y verme en aquel inmenso aeropuerto, rodeada de aquel ambiente que hacia tan peculiar el país, hizo que por fin comenzara a surgir en mí el gusanillo de la curiosidad. Los días allí se convirtieron en un tour turístico por la ciudad. Sergio me iba enseñando posibles zonas donde vivir, el colegio al cual finalmente iría Daniel,  los edificios espectaculares, los coches deportivos a cual más lujoso, los malls gigantescos… todo en ese país era inmenso! Daniel alucinaba, yo alucinaba ¿Cómo podía resistirme a eso? ¡Íbamos a vivir allí! Ese empujoncito ya estaba dado, el clic que necesitaba puso en marcha el motor de las ganas por iniciar nuestra nueva experiencia vital. Fue como soltar una mochila llena de piedras, llena de temores que no tenían ningún sentido y que iba arrastrando sobre mis hombros desde hacía meses. Me di cuenta de que no valía la pena malgastar el tiempo en ideas preconcebidas de algo que ni siquiera había ocurrido, en pensamientos sobre un futuro que no había llegado ni en incertidumbres que no podía controlar. Mi discurso había cambiado,  podía hablar con entusiasmo de nuestro nuevo proyecto, de lo bueno que sería para Daniel en su educación, de los nuevos retos a los que me podría enfrentar. Se podría decir que la lucecita de la ilusión, por fin, se había encendido en mi interior.

Se acercaba el verano y eso suponía comenzar a pensar en las despedidas. Creo firmemente que ese es el momento en el que realmente tomas conciencia de que todo va a cambiar en tu vida, en el que te vas a alejar de aquello que conoces y quieres. Al igual que en nuestra partida a Chile, fuimos diciendo adiós a amigos y familiares en comidas, cenas o cafés. No resulta nada fácil, en especial cuando sabes lo que significa para tus padres. En esta ocasión hubo algo que sí cambió con respecto a la primera vez y era el saber que muy posiblemente mi madre tendría dificultades en reconocernos cuando nos volviese a ver. En aquel viaje pudo decirme ´´adiós´´, despedirse de su nieto, darnos un beso sabiendo lo que ese instante suponía pero ahora todo era diferente, su alzheimer dificultaba enormemente el que fuera consciente de que íbamos a estar alejados de ella. Apenas podíamos mantener una mínima conversación porque su mente ya no era capaz de hilvanar dos frases seguidas con algún sentido pero no importaba, rellenaba esos huecos de incoherencia con sonrisas. Sin duda el tener que despedirme de mis padres fue lo más triste y lo más duro. Por suerte las redes sociales iban a ayudarnos a mantener el contacto con la gente que dejábamos atrás y esa fue una gran diferencia con Chile, donde las únicas vías de comunicación eran Skype, email o Facebook (las llamadas de voz costaban un pastón y el Sr. Jobs todavía no había inventado el iPhone así que los mensajes instantáneos vía WhatsApp eran entonces cosa del futuro). La proximidad de Dubái también hacía que fuese más factible poder viajar a casa en los periodos de vacaciones lo que añadía una tranquilidad extra y evitaría tener esa sensación de añoranza cuando te vas a vivir fuera de tu zona de confort. Y para acabar de ampliar esta visión positivista tenía que sumarle las  promesas de que irían a visitarnos amistades y familiares, cosa para un expat muy reconfortante. Así que ya podía decir sin lugar a dudas que el globo de las ilusiones se había hinchado enormemente!

Nervios, nervios y nervios. El mes de agosto se acercaba y con él el ajetreo de ultimar nuestro equipaje. Esta vez no íbamos a ir cargados con montones de maletas ni esperar la mudanza que llegara hasta nuestro nuevo hogar. Simplemente ropa y alguna que otra caja con objetos personales. Supongo que la experiencia chilena nos sirvió para no ir “con la casa a cuestas”, de valorar lo que era imprescindible y de comprar lo que fuese necesario en nuestro destino. Ahora solo quedaba esperar al día señalado, quince de agosto, justamente un año después de saber que nuestras vidas iban a cambiar…

¡Y por fin llegó! Difícil describir ese día, un mar de emociones contrapuestas. Asomaban las ganas de iniciar este nuevo proyecto en nuestras vidas pero el vértigo de saber si seriamos capaces, tanto mi hijo como yo, de adaptarnos a una cultura que hasta ahora era una total desconocida estaban ahí. Sin duda, la tranquilidad de saber que mi marido nos guiaría y acompañaría en todo momento durante este proceso me reconfortaba y tranquilizaba. Repasamos la lista de todo aquello que teníamos que llevarnos una y otra vez, cerciorándonos de que nada faltara, maletas ok, cajas ok, nosotros… ok. Ahora solo quedaba cargar los coches, el de mi suegro y el de mi padre y dirigirnos hacia el aeropuerto. Llegamos sin problemas y con un par de carros nos dirigimos hacia el mostrador de Emirates. Mi marido, mi hijo y mis suegros caminaban unos pasos por delante de mí, conversando, mientras yo ralentizaba mi ritmo a la espera de que me alcanzasen mis padres. Allí parada en mitad del pasillo, los miraba fijamente, observando como mi padre intentaba ayudar a mi madre a no quedarse atrás. Me di cuenta entonces de como el tiempo y su enfermedad la habían hecho cambiar. Quedaba tan poquito de aquella mujer alegre, siempre dispuesta a todo, joven por dentro y por fuera. Esta despedida era diferente, pensaba en lo duro que hasta ahora le era a mi padre el poder cuidarla y en cómo me frustraba la imposibilidad de no poder estar cerca a partir de ahora para poder ayudarle, en lo difícil que me resultaba el decir adiós a mi madre y que ella no fuera consciente de su significado. A duras penas sabía quiénes éramos por lo que  la simple idea de no ser reconocidos la próxima vez que la viésemos me angustiaba.

No fue una despedida dramática, besos y abrazos sin lágrimas aunque la procesión iba por dentro. Nos alejamos de ellos y nos encaminamos a pasar el arco de seguridad. Una vez todo estuvo listo ya sólo nos quedaba esperar al embarque. No quería pensar en el mañana, en lo que suponía este viaje de ida, solo quería relajarme leyendo mientras llegaba la llamada para acceder al avión…

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