Hace un año que empecé mi reinvención personal y pensando en el balance que han supuesto estos doce últimos meses, no puedo estar más que satisfecha conmigo misma. Han sido unos meses en los que no he parado de crecer y de demostrarme que, con motivación y autoconfianza, lograr lo que deseas es mucho más fácil.

El primer obstáculo con el que me encontré fui yo misma, saber encontrar la motivación en algo que no tenía ni idea de en qué podía consistir.

Rondando la cincuentena, tras una década de haber dejado mi trabajo, con un niño que estaba pasando de la niñez a la preadolescencia sin darme cuenta y después de un par de nuevos proyectos vitales en los que mi familia y yo pasamos a ser emigrantes o expatriados (según los ojos con que se mire) en apenas cuatro años de diferencia, me hizo presagiar que el camino hacia mi reinvención personal no iba a ser nada fácil.

Siempre es una buena opción mirar alrededor y observar a aquellas personas que en una situación similar han logrado ponerse en marcha y marcarse un futuro. Adopté como fuente de inspiración a personas que tenía cerca de mí, lo que me sirvió para darme cuenta de que el mundo no se acaba cuando cumples cierta edad, que la vida puede ser cómo tú quieres que sea si te propones nuevos comienzos atreviéndote, además, a alejar de ti los miedos que te impiden avanzar. Y ese clic en mi cabeza fue el pistoletazo de salida para reactivar mis motivaciones que hasta aquel momento estaban hibernando.

Reinventarse

Con estas limitaciones en mi mente y con un yo que no sabía dónde se había quedado, decidí que una de las cosas en las que podía invertir mi tiempo podría ser estudiar. Comencé a enfocar mis pasos en la posibilidad de comenzar una nueva carrera universitaria, pero tenía mis dudas de si sería capaz de afrontar este reto a mi edad.

Los miedos… instalándose en nuestros pensamientos cuando la inseguridad está ahí y haciendo despertar la necesidad de huir para ponernos a salvo… que malos consejeros son en ocasiones…

Huir para no afrontar las decepciones, ese era mi miedo. Decepcionarme a mí misma con la posibilidad de no estar a la altura… ¿a la altura?… pero, ¿quién marca ese listón? Yo, únicamente  yo y mis pensamientos limitantes. Así que si tenía la habilidad de situarme en un futuro apocalíptico en lo que respecta a la posibilidad de estudiar también tenía la opción de verme en un futuro lleno de éxitos. Y si en un mismo futuro cabían dos posibilidades ¿por qué elegir el resultado fatídico y no pensar en que iba a ser capaz de hacerlo bien? Que digo bien, ¡hacerlo estupendamente!.

Obviamente el chute de motivación comenzó a ir increscendo a medida que me visualizaba realizando algo que me ilusionaba.  Viendo el lado positivo del asunto, fueron precisamente esos temores los que finalmente me llevaron a desear con más fuerza el querer superarlos. Qué paradójico ¿no? tiempo atrás huyendo de ellos y ahora impulsándome a traspasar esa zona en la que me había acomodado y de la que me quería alejar.

Encontrar ese empujoncito es vital para lograr vencer la resistencia que supone afrontar nuevos retos. ¿Y cómo lograrlo? Pues mirando en nuestro interior, aprendiendo a ver con otros ojos lo que nos limita y aprovecharlo como una herramienta para desafiarnos  a nosotros mismos y lograr reinventarse.

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Pienso que cuando eres joven, esto de estudiar te lo tomas como una obligación, algo que has de hacer si quieres labrarte un futuro. Te ves con toda la vida por delante y con un mundo lleno de posibilidades esperando a ser descubiertas. Si no te gusta lo que haces, cambias de rumbo y si tampoco te gusta, lo vuelves a cambiar, pero sin nada claro en la cabeza, o al menos en mi caso fue así. De esta guisa me encontraba yo, con dieciocho años y en plenos estudios de Filología Hispánica, los cuales me gustaban, pero sinceramente, no me entusiasmaban. No pienso en si perdí el tiempo con algo que no me apasionaba. Ahora, con la experiencia que te da la vida, soy consciente de que todo lo que sea aprender es tiempo maravillosamente invertido, ya sea a los diez, a los dieciocho o a los cincuenta años.

Me imagino subida en una máquina del tiempo retrocediendo treinta años atrás, justo en aquella época de mis inicios universitarios. Y yo, allí pasmada, reconociéndome en aquel rostro más envejecido. Un yo futuro visitándome y mencionándome la loca idea de que iba a empezar otra carrera… estoy convencida de que a duras penas la creería.

Imposible… yo volviendo a estudiar, no podía ser… pero ¿qué hacía yo volviendo a estudiar?… y… ¿en qué narices me habré matriculado?…

Alucinante ¿verdad? Pues espera jovencita, que hay más…

Te contaría como tras acabar la carrera, mi vida, tu vida, nuestra vida, irá navegando por empleos esporádicos  hasta recalar en un lugar dónde vivirás diez años de momentos inolvidables, de satisfacciones por el reconocimiento del trabajo bien hecho, pero también dónde habrá instantes de impotencia y de lágrimas, todo por ser como eres, por ser fiel a lo que crees. Te encontrarás con personas que pasarán a ser más que compañeros de trabajo, se convertirán en amistades increíbles y de las que, veinte años después, todavía seguirán estando en tu vida. Te contaría que allí conocerás a tu futuro marido y también a la que hoy todavía continúa siendo tu mejor amiga.

Y te explicaría con orgullo que serás mamá de un hijo maravilloso, que te mudarás de casa no sé cuántas veces y que iniciarás dos experiencias vitales inolvidables en dos países tan dispares como son Chile y Dubái. Que pasarás momentos por los que no creerás en ti, pero de los que sabrás reponerte y coger fuerzas para volver a empezar, para volver a encontrarte, para reinventarte. Que tu madre, mi madre, nuestra madre… llegará un día que ya no sabrá recordarnos…

Te podría contar más, mucho más, pero ya lo irás descubriendo a medida que pase el tiempo…

Pensamientos de lo que era, de lo que soy, de lo que seré. Vuelvo al presente, al aquí y ahora. A un presente en el que hoy hace justamente un año que comencé mis estudios de Antropología y Evolución Humana y en el que, hace apenas unos meses, también me atreví a seguir caminando hacia mi otro gran proyecto personal y profesional, el formarme como Coach. No tengo presiones, ni miedos,  ni prisas. Hago lo que me gusta, lo que me ilusiona sin temor a lo que pueda pasar mañana. Avanzando, aprendiendo, pasito a pasito, sin desgaste, con motivación, disfrutando del momento…

Soy quién quiero ser.

Reinventarse es volver a crecer, crear nuevos inicios, cambiar de vía cuando sientes que tu tren no se dirige hacia donde tú quieres. No dejar que pase de largo al llegar a una estación, atreverse a subir con la ilusión de alcanzar un destino desconocido pero motivante.

…Ahora seguro que me entiendes, mi querida yo del pasado…

Reinventarse es, simplemente, volver a comenzar a ser tú…

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