fbpx

“¿Hasta cuándo estaréis?”, es una de las preguntas estrella que te suelen hacer cuando das la noticia de que te vas a vivir fuera o cuando llegas al nuevo país. Y como buena expat, a esta pregunta poca gente puede responder con exactitud ya que aunque se tenga un contrato cerrado y con fecha de vencimiento nunca sabes cuándo sucederá. Hay tantas variables que posibilitan que esta decisión pueda cambiar que es imposible saberlo; un cambio de estrategia de la empresa, la familia no llega a adaptarse, no son las condiciones laborales que te habían prometido, etc. Así que convives con ello sin fijarte un futuro, viviendo el día a día. Únicamente te das cuenta de lo volátil que es la situación del expatriado cuando te vas dando cuenta como gente que conoces o peor aún, tus mejores amistades, les llega el momento de partir, eso en el caso de que seas tú la que te quedes, claro.

Nuestra idea inicial era la de estar alrededor de unos tres años, justo para la finalización de los estudios de primaria de Daniel. Nuestro primer año allí se cumpliría en agosto y aunque resultaron ser unos meses complicados para mí, sabía que a partir de ese momento debía afrontar todo aquello con otra actitud. La vuelta a Barcelona por las vacaciones de verano era un buen momento para tomar aire, colocar todo en su sitio dentro de mi cabeza y empezar, ahora sí, a vivir mi vida de expat como debía haberlo hecho. Estaba preparada, con ganas y dispuesta a demostrarme que podía hacerlo. Los miedos habían sido mis grandes enemigos durante los meses previos y esa lucha constante contra ellos parecía que había llegado a su fin.

Mientras desayunábamos en nuestra casa de Barcelona, mi marido comenzó a explicarme cómo le había ido el par de días de reunión que había tenido en Málaga junto a su jefe. Creo que no sabía muy bien cómo darme la noticia así que lo hizo de sopetón, sin rodeos, “dejamos Dubái, volvemos a Barcelona”. No creía lo que estaba oyendo. Lo primero que me vino a la cabeza fue la imagen de Daniel, como se lo iba a tomar. Con lo bien que se encontraba, disfrutando de todo y de todos, como decirle que nos volvíamos a casa. Y yo, ¿Cómo me quedé yo?, sin saber que decir. Pensé que al menos estaríamos un año más y nuestra vuelta sería en verano pero nada más alejado de la realidad, ¡únicamente cuatro meses! Diciembre sería nuestro último mes como expatriados.

Fue en ese instante cuando me di cuenta de cómo había experimentado una transformación en mis ganas de vivir en Dubái, me di cuenta de que no quería volver… ahora no… tanto esfuerzo para mantenerme a flote, para conseguir que todo aquello formarse parte de mi día a día… y de repente todo se acababa.

Nuestro último regreso a aquel país y que sensaciones tan extrañas tenía. No quería comenzar a  lamentarme durante los meses que me quedaban de estar viviendo en Dubai por lo que viví cualquier instante como algo único, saboreándolo; me iba a la playa todas las mañanas, me recreaba mientras conducía por la ciudad con los atardeceres inconfundibles y ese sol inmenso que caía al final del día, el sonido del imán llamando a rezo varias veces al día, ver el desierto nada más salir de la ciudad… Quería retenerlo todo para no olvidarme, para hacer lo que no hice durante todo el tiempo que estuve allí, disfrutar del momento…

Momentos como las visitas que por fin recibimos de la familia, la de mis suegros primero y un par de meses después la de mi padre y mis cuñados. Lo veía ahora todo tan vivo, tan lleno de color… Creo que la ilusión con la que disfrutaron todos los días que pasamos juntos fueron contagiosos. ¿Y quién era el que más ilusión desprendía? Daniel… nunca olvidaré aquella sorpresa tan especial que le dimos ni él la podrá olvidar nunca…

No le dijimos nada de la visita mi padre ni la de sus tíos preferidos. Llevábamos semanas trazando el plan para que no se enterara de nuestra maquinación. La llegada iba a ser a media noche con lo que teníamos que decirle a Daniel que ese día le dejaba dormir conmigo con la excusa de que su padre se tenía que ir de viaje. La realidad era que Sergio iría a buscar a los invitados al aeropuerto y los traería a casa sin que él lo supiera, dándole la sorpresa al día siguiente cuando se levantara.

Llegaron a la hora prevista y sin hacer mucho ruido cada uno accedió a su dormitorio; en la habitación de Daniel su abuelo, Sergio en su despacho durmiendo en un colchón, mis cuñados en la habitación del primer piso junto al comedor y finalmente Daniel en su realidad paralela durmiendo conmigo. El día siguiente prometía emociones…

Se despertó a las seis de la mañana como cada día de cole, se levantó y se dirigió al baño. En ese momento creyó haber oido un ruido extraño en su habitación, la cual creía vacía, por lo que se acercó para echar un vistazo. Entreabrió la puerta y tras asomarse lentamente salió corriendo hacia mí con los ojos como platos. Sin dar crédito a lo que había visto y con la voz acelerada y pensativo me dijo “mamá, que raro… creo que he visto al yayo Rafa en mi habitación… pero no puede ser…”. Disimulando le contesté que fuéramos a ver porque seguro que se lo había imaginado todo. Así que sigilosamente nos acercamos de nuevo a su habitación junto con Sergio que ya se había incorporado a dar la sorpresa final…

Fue todo tan emotivo que todavía me emociono al recordarlo. Difícil describir lo que significó ese abrazo, tan sincero, ilusionante, mágico, tierno entre abuelo y nieto… y todavía no sabía que sus tíos favoritos se encontraban durmiendo en otra habitación. Pero esa sorpresa llegaría a la vuelta del colegio.

Lo recogí a la misma hora de siempre, a las tres menos diez del mediodía y como no podía ser de otra manera mi padre estaba allí para verlo salir. Daniel, orgulloso, le iba diciendo a todos sus amigos que se esperaran que les iba a presentar a su “grandfather” ¡irradiaba felicidad por los cuatro costados!. Tras la vuelta a casa Daniel seguía sin sospechar que es lo que le esperaba a su llegada. Una vez dentro alguien llamó a la puerta… Daniel abrió y allí estaban, sus tíos. ¡Le dieron tal abrazo que casi lo desmontan! Creo que la palabra correcta para definir el estado anímico de Daniel en aquel instante era “flipando”. Frases tan acertadas como que “la vida se mide en momentos no en minutos” y aquellos dos momentos fueron puramente vida.

Nunca sabes cuando la vida te puede regalar una sorpresa y yo cada vez tenía más claro, desde que aterricé la primera vez en aquel país, que por lo menos allí no iba a ser donde me la encontrase y más faltando tan poco para irnos. Pero como siempre, cuando pienso A resulta que es B, y mira por dónde cuanto me alegré de estar equivocada…

No sé cómo describir aquel momento en el que nos conocimos, quizás definirlo como es ella, ¡locura total! Llamaron a la puerta y mi suegro que por aquellos días nos estaba visitando junto con mi suegra, sin saber apenas hablar inglés la abrió sin pensárselo. No era el jardinero, ni un vendedor ni el chico que nos traía el agua, sino que se trataba de mi nueva vecina.

No sé quién se quedó más sorprendida si ella cuando vio mi coche con una pequeña pegatina con la bandera española (otro punto a favor para un expat) o yo al saber que tenía una recién estrenada vecina española al lado de casa. Se presentó con voz algo entrecortada y nada más invitarla a entrar ya no pudo contener las lágrimas. Tras calmarla nos contó que apenas hacía una semana que habían llegado de Doha, junto con su marido y sus dos hijos y que se sentía totalmente desubicada en aquella enorme ciudad. Como ella decía “es que Doha es un pueblo comparado con Dubái”.

En mi caso a la familia no les suelo explicar los malos momentos que una pasa cuando está viviendo en otro país principalmente para que no sufran porque bastante tienen con estar lejos de los que nos hemos ido. Pero mis suegros, allí sentados escuchando sus palabras, se dieron cuenta de lo difícil que podía ser los inicios de un expatriado. No importa que hayas vivido no, dos, tres o los años que sean en otro país, cuando inicias tu vida en un lugar nuevo te sitúas en la casilla de salida y comienzas de cero; búsqueda de casa y de colegio, adaptación de tus hijos, nuevo círculo social, costumbres etc y así hasta completar la rueda.

Laura fue lo que yo diría “una amistad a primera vista”. Nuestra conexión fue inmediata y parecía que nos conociéramos de toda la vida, daba igual de qué habláramos que siempre acabábamos riéndonos… Como la echaba de menos a mi vuelta y en especial su risa contagiosa. No puedo evitar sonreír mientras recuerdo situaciones surrealistas en la que siempre nos metíamos sin saber por qué; como el día que no atinábamos con la salida correcta a pesar del gps y recorrimos kilómetros y kilómetros arriba y abajo, entrando y saliendo de la autopista durante toda una mañana o nuestra inutilidad, cada vez que íbamos al Ikea, para acertar el acceso del parking acabando siempre por dar vueltas a su alrededor hasta lograrlo.

Fueron apenas cuatro meses los que estuvimos juntas, viéndonos casi a diario y en los que nuestros hijos también crearon una bonita amistad. Hace unas horas que nos volvimos a reencontrar, tras seis meses sin vernos y es tan maravilloso sentir que la complicidad sigue estando ahí, que no importa que pase el tiempo, ni que haya distancia…

Tenía muchas ganas de volver a ver a Núria y de poder, por fin, hablar cara a cara de todo lo que había pasado meses atrás. Cuando supe que dejaba Dubai me costó darle la noticia por temor a su reacción o mejor dicho, por su no reacción. Supongo que son las películas que a veces nos montamos en nuestra cabeza cuando no sabes lo que realmente está pensando la otra persona o cuando crees interpretar como se siente. Tenía la sensación que había ocasiones en que se mostraba mas cercana, en otros momentos indiferente y dudaba con cual de ellas me iba a encontrar. No le fue indiferente, todo lo contrario, no podía creérselo. Me alivió ver que sentía mi marcha y fue en ese momento cuando más que nunca tuve la necesidad de encontrarme con ella para cerrar heridas.

Con esa idea llegué a Dubai tras las vacaciones y aunque sabía que durante esos meses estaría ocupada con las visitas de varios familiares esperaba que en algún que otro momento la posibilidad de vernos estuviera. Pero nunca pensé que su actitud marcase aquella distancia, mucho más desde que estaba viviendo allí. Sus nuevas amistades, su adaptación a la nueva ciudad, su aprendizaje del inglés a marchas forzadas ya que se iba a encontrar sola con sus hijos la mayoría del tiempo debido a los viajes de su marido. Entendía todas aquellas circunstancias pero me sorprendía su hermetismo y lejanía hacia mí precisamente en aquel momento.

Pasaban las semanas y mi desilusión llegó al punto de preguntarme si valía la pena seguir apostando por aquella amistad. La sinceridad es uno de mis valores intocables pero todas aquellas negativas… también en el cumpleaños de Daniel, acabaron por hacerme dudar si sus palabras estaban siendo sinceras. No podía creer que hubiese cambiado tanto hasta llegar a ese punto, tenía que haber un porqué…

En un principio no hubo problemas a que sus hijos vinieran a la celebración pero no se porqué tenia el presentimiento de que algo iba a pasar… y así fue. Su mensaje diciendo que finalmente no podia ir… no quise contestar en ese instante. Me encontraba en el coche camino del colegio, pensativa, sin saber que responder o lo que debía decir, si tenia que volver a ser la persona comprensiva de siempre o comenzar a aceptar que quizás lo mejor era olvidarme de su amistad y alejarme definitivamente.

Pero su nuevo mensaje, no se porqué lo noté diferente, quizás provocado por mi respuesta fria y breve, pero intuía que algo había cambiado… que aquella respuesta no debía interpretarla como mi imaginación me hacía ver. Sería el punto de partida de unos encuentros que para mí significaron tanto…

Anterior
Siguiente