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El tiempo es un regalo

El tiempo es un regalo

¿Cuántas veces te has encontrado con la sensación de que tienes que cambiar algo en tu vida pero no sabes el qué?. Tu día a día es el mismo de siempre… haces las mismas cosas, vas a los mismos sitios, te ves con las mismas personas. Incluso piensas que, ahora en tu vida, disponer de tiempo es un lujo.

El trabajo lo acapara todo. Vives en un continuo ir y venir de recados, compras, tareas laborales o personales, estudios, proyectos, familia, niños… Vamos, que sientes que el mundo gira y gira sin parar y tú estás, ahí subida, en ese tiovivo de la vida que no te deja ni un segundo para respirar.

Es tu círculo rutinario, ese que hace que no seas consciente de lo que tienes y de lo que te falta en tu vida. Hasta que un día, sin saber por qué y tras ver uno de esos anuncios navideños especializados en hurgar en la herida sensiblera y emocional, te da por recordar la última vez que quedaste a comer o a tomar un café con una buena amiga o, simplemente, por pensar cuando fue el último mensaje que le enviaste preguntando como estaba.

Y ahí es cuando en tu cabeza comienzan a saltar todas las alarmas. Intentas retroceder en el tiempo pero por mucho que buscas y rebuscas, la fecha que aparece destelleando como  luces de neón dentro de tu cabeza es… un mes, tres meses, casi medio año o quizás más!!! De nuevo las sirenas sonando y con tu dialogo interior en marcha te dices horrorizada: «Pero no puede ser, si parece que fue ayer… tengo que llamarla sin falta… a ver si quedamos esta semana… seguro que sí, de esta semana no pasa…»

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Pero pasa y comienza la semana y continúas aferrándote a tu tiovivo particular sin saber cómo pararlo. Olvidas aquella emoción que por un instante llegó a despertarte y a conectarte con unos recuerdos, con un deseo de recuperar algo que ahora sientes que te falta.

Y de nuevo la espiral del tiempo. Ese tiempo que no está… El querer y no poder o el poder y no querer o quizás, el querer, el poder y el no saber, no saber encontrar un hueco en la agenda para parar y disfrutar. Volvemos a correr, sin tiempo a respirar, a observar, a disfrutar de los momentos… Vamos alimentando nuestras preocupaciones y nuestros remordimientos por no hacer lo que en realidad queremos hacer. ¿Y qué nos impide regalarnos un ratito de ese tiempo?

Nada. Nadie. Solo nosotros. Si escucháramos a nuestras emociones con la misma facilidad con la que nos apresuramos a poner excusas…  llegaríamos a percatarnos que la vida, esta vida de hoy que nos convierte en individualidades, alejados del otro, la podríamos transformar con muy poquito. Porque si de verdad queremos ser y estar, y no solo pasar de puntillas por la vida abstrayéndonos de lo que tenemos a nuestro alrededor, deberíamos , de vez en cuando, recordar estas palabras de Nuccio Ordine:  “¿qué significa cultivar una relación humana? Significa dedicar tiempo”

Y es que, sin ese tiempo que podemos obsequiar a los demás, las relaciones se van apagando, poco a poco, hasta que un día, sin darnos cuenta, por no haber ido regalando alguna que otra vez un poquito de nosotros, aquella amistad se acaba diluyendo con gotitas de indiferencia…

Ya no me conformo con ir coleccionando experiencias a lo largo de mi vida sin tan siquiera haber sido consciente de haberlas vivido. El tiempo pasa y no me resigno a verlo avanzar, sin más. Cuántas veces decimos aquello de “¡qué rápido pasan los años!” pero ¿te has parado a pensar, a recordar, dentro de tu tiovivo vital, cómo te hicieron sentir muchos de aquellos instantes?

De qué están hechos los recuerdos sino de momentos… recuerdos que acabarán convirtiéndose en únicos y especiales, con derecho a ser guardados en nuestra pequeña caja pensante gracias a lo que nos hicieron sentir. Emociones que aparecen cuando termino de leer un libro, cuando me recreo en degustar un buen plato de comida, esas que surgen cuando veo un paisaje por primera vez…

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Ya no hay tiempo ni para recordar, ni para saborear esas emociones que nos provoca echar la vista atrás… correr y correr, hacer mil cosas, apurar hasta el último segundo del día para sentirnos bien con nosotros mismos al ver “lo mucho que hemos hecho” y mañana más, y el otro más y así siempre…

Frena, respira, reflexiona… piensa en aquella persona que no has visto tanto como te gustaría, a la que no has llamado porque no te dan las horas del día, a la que no envías un mensaje porque siempre te dices que ya lo harás mañana… Quiérete, mímate, date permiso para sentir, para disfrutar de lo que das y de lo que te dan, para decir «basta», para decir «no» cuando deseas hacer todo lo contrario. para poner tu límites, esos que tanto se te resisten…

Conecta con tus sensaciones pasadas, con aquellas imágenes que te hagan revivir las ganas de ponerte en acción y priorizar “los quiero” a “los debo”. Ve hacia el futuro e imagínate tomándote un café con esa buena amiga, charlando, riendo, como antes hacíais, como era siempre, visualízate en tu casa o en el campo o en la playa, en un lugar tranquilo donde solo estés tú y ese libro que hace mil años tienes pendiente de leer… ¿cómo te ves? ¿cómo te sientes? … feliz ¿verdad?

Y es que ya lo dice mi admirado Bauman, el tiempo es un regalo.

“El regalo más importante que puedes hacer a los que quieres es darles el sacrificio de tu tiempo”

Zygmunt Bauman

Cuéntame, ¿regalas tiempo para ti y para los demás o te resignas a verlo pasar?

12. Volver a empezar

12. Volver a empezar

Concentrada, pensativa, con nostalgia a ratos y con algo de tristeza en otros… Así voy tejiendo lo que será mi último capítulo, sentada junto a la ventana de mi despacho, tecleando las palabras que conformarán el final de esta historia que he ido narrando a lo largo de doce meses.

Ha significado el paseo por los recuerdos de alguien que durante un periodo de su vida fue una expat, el caminar por unos recuerdos que ahora me llevan a la necesidad de dejarlos descansar, guardarlos en un rinconcito de mi memoria del que estoy convencida asomarán de vez en cuando junto con la pincelada de una sonrisa.

Escribirlo me ha servido para darme cuenta de lo que dejé atrás, de que toda aquella experiencia ha sido una gran lección construida a base de asignaturas que tuve que ir afrontando, superando, a medida que avanzaba mi camino en aquella ciudad. Pero esta gran lección no finalizó cuando partió el avión de vuelta a casa…

Porque la vida de un expat no acaba cuando regresas. Hay algo que permanece en tu interior, algo que no quieres dejar ir. Como pequeños flashes, te van llegando escenas vividas, recuerdos de lugares, de personas. Echas en falta todo aquello que tanto te chocaba al principio; olores, sabores, sonidos, costumbres… y también esos momentos con tus amigas, unas más cercanas y otras no tanto, pero ratitos al fin y al cabo que hacían que tu vida allí fuera mucho más acogedora y llevadera.

Pensaba en los instantes especiales, inolvidables, que sabía que siempre iban a permanecer conmigo, aunque el tiempo pasara, aunque las cosas cambiaran… Como todas aquellas ocasiones que finalmente pudimos tener Núria y yo para vernos antes de marcharme, mostrándome que la persona que conocí seguía estando allí, aquella amiga dulce, sincera, cercana, y con la que también pude contar tras mi vuelta hasta que todo se trastocó. Una amistad de la que solo me quedará el recuerdo de los instantes más cercanos, más queridos, alejándome e intentando borrar todo lo que finalmente enturbió nuestra relación.

Regresar durante la época de navidades hizo que en un principio la vuelta no resultara tan frustrante, todo lo contrario. Me emocionaba aquellos abrazos asfixiantes de mis amigas al verme de nuevo sabiendo que ya no me iba a ir, sentía la felicidad de toda la familia cuando íbamos de casa en casa celebrando las fiestas y nuestra vuelta.

Todos nos arropaban, se alegraban por estar de nuevo juntos, por nuestro regreso. Y al principio también te sientes feliz, pero notas que hay algo en tu interior que no está bien. Te felicitan por la vuelta porque entienden que eso es lo que más deseabas, intuyen que tu hijo está loco por estar de nuevo en su antiguo cole con sus amigos o presuponen que tú estas contenta por poder hacer e ir de nuevo donde siempre porque es lo que conoces y ya no te va a resultar extraño… Pero eso no es lo que sentía. Comprendía esa alegría por parte de todos, y la compartía aunque había una parte de mí que seguía conectada a todo lo que habíamos dejado… lo extrañaba sin darme cuenta.

Y aquí comienza la nueva etapa de un expat, o mejor dicho, de un repatriado. Cuando inicias tu vida en otro lugar intentas anticiparte a lo que te pueda venir, buscas información del país en cuestión o te añades a todos los grupos posibles de “españoles en…” de Facebook para conocer opiniones y poder comentar dudas. Incluso, una vez que estás allí, algunas de tus nuevas amistades te ayudan a superar el trance inicial de adaptación, dando su apoyo y comprendiéndote en ese momento porque ellas mismas lo han vivido.

Pero al regresar sientes como si nada estuviera en su sitio, como si nadie te comprendiera, como si lo único válido fuera lo que dejaste como expat y te vieses ahora en la obligación de continuar lo que fue tu vida antes de irte. A tu vuelta no encuentras esos foros donde hay más personas con tus mismas preocupaciones, ni blogs dónde puedas leer que no eres un bicho raro y que lo que te pasa es normal, ni amistades a tu alrededor que puedan decirte que tranquila, esto pasará y si el inicio es jodido al igual que lo fue a la ida, en poco tiempo te readaptarás a tu “nueva vida” y lo verás todo con otros ojos.

Quise volver con la mirada puesta en el futuro, pero se hacía difícil intentar desconectar de lo que había sido mi vida de expat. Era consciente de que no sería fácil situarme en la casilla de salida y reencontrarme con todo lo que me había rodeado tiempo atrás.

Y no lo fue. Inconscientemente magnificaba todo aquello que había dejado, comparaba ambas vidas, sin darme cuenta que lo único que me proporcionaba era retrasar la aceptación de mi nueva realidad. Sorprendida por sorprenderme… por tener sensaciones tan opuestas a como yo sentía mi hogar de siempre. Lo veía todo con dimensión diminuta; autopistas, colegios, edificios, centros comerciales, coches… tenía la impresión de que cada cosa que veía había menguado de tamaño.

Sensaciones extrañas en tu propia ciudad… Esperando en la puerta del colegio la salida de Daniel y notar como las personas a mi alrededor no hablaban inglés, que quienes venían a buscarlos eran los padres y no las cuidadoras, las “maids”, que los niños ya no eran de diferentes nacionalidades: indios, coreanos, libaneses, jordanos, sirios, ingleses, rusos, egipcios… Ir a comer a un restaurante y decirle al camarero con total naturalidad al traer la cuenta un “thank you”. Pensar varias veces que ya no debía dejar alegremente el bolso o el móvil sin vigilancia en cualquier sitio. Maldecir que en la gasolinera ya no estaba el chico a quién decirle tras bajar la ventanilla “full special, please” teniéndome que salir del coche para repostar y pagar.

Quizás me encontré en una ciudad como Dubái que te hacía la vida mucho más fácil en algunos aspectos, una vida que pasado el tiempo y viéndola con perspectiva me pareció que era como estar dentro de una burbuja. Demasiado de todo; de seguridad, de ocio, de sol, de playas, de brunchs, de cafés con amigas, de mil restaurantes, de infinidad de opciones para entretenerte. Difícil deshacerte de todo aquello…

Pero no solo a mí me sucedía. Advertía como Daniel mencionaba, sin darse cuenta, las virtudes de su anterior colegio, de lo “guays” que habían sido sus compañeros de clase y amigos, de poder ir a la piscina o a la playa todos los días del año, de como le gustaba ir a casa de sus vecinitos españoles para jugar o que ellos vinieran a buscarlo a la nuestra siempre que quisieran sin tener que coger el coche. Pero de la misma forma que yo tuve que desanclarme de aquella realidad paralela, le hice ver a Daniel que tenía que vivir el momento, que aquello acabó y que ahora su realidad era la que estábamos viviendo, que nunca olvidaría todo lo bueno que pasó allí pero que ahora tocaba disfrutar el presente.

El presente… ¿Cuál iba a ser el mío a partir de ahora? Con el tiempo te das cuenta que lo primero que tienes que hacer es precisamente saber que vas a hacer. Tenía claro que es lo que no quería, pero… ¿qué quería? Llevaba mucho tiempo con el rumbo perdido, creo que incluso antes de mi llegada a Dubái, quizás todo lo que me ahogaba allí fue causado en parte por esta falta de entusiasmo por visualizar mi futuro sin la idea en mente de una meta u objetivo, me bastaba fluir con el día a día. En un principio es lo que me apetecía, estar con mi hijo, dedicarme a él sin importarme nada más, pero poco a poco se fue convirtiendo en una rutina de la que no fuí consciente estar y que acabó por hacerme olvidar de mí misma. Ese cambio que experimenté durante mi estancia en Dubái y que en un principio no lograba entender, ese comenzar a conocerme, permitió sin yo saberlo, resetearme tiempo después de mi vuelta y poner la primera piedra de lo que sería la nueva versión de mí.

Comencé a dejar atrás ataduras a un pasado que ya no estaba allí haciendo que mi día a día fuese lo prioritario y asumiendo, al fin, que mi nueva vida ya se había alejado de la anterior. Y comencé a disfrutar de nuevo; de los paseos por la playa, de la luz del sol reflejada en ese mar mediterraneo que tantos dias de infancia había conocido, de la naturaleza que rodeaba mi hogar, de las comidas familiares, de las cenas con amigas, de la copa de vino en un restaurante, de la cerveza helada en el bar acompañada de unas olivas, de poder vestir como me diera la gana sin pensar en prohiciones, de conectarme a internet sin censuras y con total libertad…

Volví a empezar, pero esta vez mirando hacia adelante, viendo una puerta a oportunidades para crecer, para crear, para motivarme con nuevos retos y posibilidades. Retos como retomar la escritura, iniciar lo que sería este blog para, en un principio, ordenar mi cabeza de todo lo experimentado atreviéndome incluso a compartirlo tiempo después, quizás convencida de que a nadie le interesaría lo que ahí estaba escrito, siendo suficiente el hecho de estar creando algo por y para mí. Retos como iniciar unos nuevos estudios universitarios después de años de haber finalizado mi carrera de filóloga no cediendo a mi impulso habitual de abandonar ante cualquier atisbo de fracaso.

Saber ahora donde está mi zona de confort y tener la confianza de poder salir de ella, controlar los límites y dar un pasito fuera cuando me apetezca retarme. Pensar en positivo, rodearte de gente que te quiere, te aprecia, y suma en tu vida como tu familia, como tus amigos de siempre. Descubrir o redescubrir amistades que estaban ahí, en un segundo plano, esperando a asomar en el momento adecuado para abrirme los ojos a un mundo de posibilidades…

Una de ellas mi querida amiga Sonia, siempre dándome luz y serenidad, siempre estando ahí, siempre dispuesta a todo. Todavía recuerdo con una sonrisa ese largo viaje en coche que hicimos a lo Thelma y Louise y en el que tras horas de charlas me preguntó “y ahora ¿qué te gustaría hacer?” Fue una pregunta obvia, de difícil respuesta cuando te sientes perdida en la vida pero que hizo cuestionarme mi futuro proporcionándome el escopetazo de salida a mi reinvención personal.

Otra de ellas, mi inspiradora y ciberamiga Laura, la otra Laura, la mallorquina de mil mundos, la que me enganchó a su blog con sus adictivos posts. Cuántas veces me hizo reflexionar ante mis dudas, abriéndome la puerta a una forma de ver la vida desde otro ángulo, desde la confianza en una misma sin temor a caer en el error, desde la visión de que el mundo está ahí para disfrutarlo y que nunca es tarde para lograrlo. Fue la guia perfecta con su contagiosa positividad, motivación y vitalidad.

Nuevos objetivos, nuevas metas, nuevas ilusiones. Ya no hay dudas, ni obstáculos, ni miedos, ni culpabilidades. Ahora se lo que quiero, voy a por ello sin complejos y con la plena confianza de que solo hay una persona que puede ayudarme en todo aquello que me proponga, yo misma.

No hay más secreto que este… nuestra actitud ante la vida, una actitud resumida en aquellas palabras escritas en mi primer post, 1. La vida te da oportunidades,  y con las que pongo punto y final a esta historia… mi historia:

 “La vida te da oportunidades, te las planta delante de ti y tú decides que hacer con ellas”.

11. Todo tiene un final

11. Todo tiene un final

Los días estresantes habían acabado y como si de un globo se tratara, me fui desinflando a medida que dejaba escapar toda la tensión acumulada. Los días interminables intentando vender lo que no nos íbamos a llevar, los de insufribles regateos, los de compras de última hora, los de luchar con los chicos de la mudanza para que no se olvidaran nada, los de finiquitar trámites oficiales, los de las despedidas… Quedaba solo pensar en el mañana, en el regreso, en un futuro que presagiaba iba a ser una vuelta a mi vida anterior, a mi zona de confort de la que logré salir y a la que por nada del mundo deseaba regresar.

La última noche en Dubái y todavía no me hacía a la idea de dejar atrás amistades que te llegaban al alma, de abandonar esa ciudad que me hizo odiarla al principio y quererla al final. Solo podía pensar en cómo sería mi vida, nuestras vidas, a partir de nuestro regreso.

Apoyada en la pared y con la mirada fijada en el horizonte, observaba a través de los ventanales de la habitación del hotel la silueta del Burj Al Arab. Aquel perfil en forma de vela… no podríamos haber tenido una despedida más icónica de la ciudad que nos acogió durante casi un año y medio.

Pensaba en que quería irme absorbiendo cada momento de los que viví allí, recordar cada instante de los que pasé, buenos, malos, no importaba. Quería sentir lo que tenía a mi alrededor, sentir olores, emociones, recuerdos… no olvidar lo que significaba todo aquello, necesitaba guardármelo y llevármelo para siempre.

Pero no solo pensaba en mí, también en Daniel. Constantemente nos preguntaba cuando íbamos a volver a Dubái, que por qué no podíamos estar al menos un año más, que él quería quedarse con sus amigos y en ese cole tan “chulo” y en el que tanto se divertía. Cuando le dimos la noticia de nuestra vuelta, durante las vacaciones de verano, lo asumió con mucha madurez, pero no fue consciente de ello y de lo que significaba hasta que faltaron pocas semanas para dejar el país. Sus compañeros, sus profesoras, sus amigos, todos se volcaron con él para hacer de toda aquella experiencia un bonito recuerdo de despedida. Me emociona recordar el último día de cole, aupado por todos sus compañeros de clase deseándole lo mejor y regalándole una gigantesca postal con la firma dedicada de cada uno de ellos. Un cariño especial de niños acostumbrados a las despedidas…

Ahora se me hace extraño recordar mis temores por la adaptación de mi hijo al llegar allí por primera vez. Cuantas dudas por saber si sería capaz de no sufrir por estar en un entorno nuevo y diferente a lo que hasta ahora había conocido, enfrentarse a un idioma que estaría presente en su día a día, vivir en un país alejado de sus amigos y familia. Como subestimamos los padres en ocasiones la fuerza de nuestros hijos y cuantas lecciones nos dan de las que debemos aprender… como la que me dio pasados ya unos meses de nuestra vuelta, cuando Daniel me preguntó sin previo aviso: “mamá, ¿cuál fue el día más feliz de tu vida?” a lo que le respondí “el día que naciste, cariño ¿y el tuyo?” “el año que estuvimos en Dubái, mami ¿no podemos volver aunque sean seis meses?” Son de esos momentos que te llegan al alma, que te sientes en un mismo instante feliz por haberle dado ese regalo, esa experiencia de la que nunca se olvidará y triste por no haber podido ofrecerle más de todo aquello.

Pero todo tiene un final. Las etapas se acaban, cicatrizan heridas, se alejan recuerdos de personas, de lugares, de sentimientos, de emociones… y me doy cuenta que es entonces cuando comienza el olvido de lo que dejé atrás, de toda aquella vida que me aportó tanto. Me entristece el darme cuenta de que a medida que escribo ya no surge tan fácilmente la memoria de unos sentimientos, que aquello que en su día fueron los recuerdos de una expat poco a poco se van convirtiendo en pequeños retazos empezando a arrinconarse…

Cerrar etapas… que difícil resulta hacerlo. Y volver supuso enfrentarse a ese capítulo final del que me costó desprenderme. Significó decir adiós a una vida que me permitió salir de todo aquello que creía me daba seguridad, de descubrir que podía echar de menos y sentirlo, de ver que no hay que temer a los cambios, pero también de comprender que el tiempo no se debe desperdiciar, que es fugaz y si no haces nada acabas consumiendo instantes sin apenas apreciarlos. Algo de lo que me llevé y que me produjo una culpabilidad de la que me costó salir, la sensación de no haber aprovechado lo suficiente lo que la vida me regaló, el de haber dejado escapar el tiempo y haberme despertado tarde. Y ese malestar me acompañó hasta que supe ver que era una lección de la que debía aprender… aprender de los errores.

Aunque lo que más duele es separarte de las amistades sinceras, de aquellas que acabaron llenándote, que hicieron sentirte en familia, de esas con las que no hacía falta hablar para saber cómo te encontrabas ese día, de las que la palabra amiga cobraba todo su significado. Y de esas… poquitas, muy poquitas me llevé en el corazón…

Ojalá hubiese podido estirar el tiempo y retrasar lo inevitable, el decir adiós a una amistad que apareció algo tarde pero que me dio tantos grandes momentos… cuanto le tengo que agradecer a mi querida Laura por esas risas, por esas confidencias, por haber estado ahí cuando más lo necesitaba… Como duele recordar el día de nuestra despedida, en su casa, sin querer mencionar aquella palabra. Sabíamos que podríamos volver a vernos en alguna de sus visitas a Barcelona, pero no si iba a ser igual. Ha pasado el tiempo, pero sigo recordando con una sonrisa nuestras largas charlas en su casa, en mi casa, en el jardín de la piscina o donde fuera. Mi vecina favorita…

Cuanto dicen las miradas… y los abrazos… de esos que no hace falta hablar para expresar lo que se siente. Mi inolvidable amiga Dounia, recuerdo ese último día en el que fuimos a comer todos juntos y en el que nos preguntasteis que era la cosa más importante que nos llevábamos de Dubái. Sin dudarlo mi respuesta fue “el valor de la amistad”. Todavía no sé cómo pudimos congeniar a la perfección con su inglés afrancesado y mi spanglish pero la complicidad siempre estuvo ahí, intensificada en ese abrazo lleno de lágrimas al despedirnos. No nos faltó decir nada y nos lo dijimos todo…

Tristeza por tener que alejarte cuando recuperas a alguien que creías haber perdido, esa sensación tuve con ella, con Núria… Después de aquel segundo mensaje supe que no debía dudar de su sinceridad y que me importaba demasiado su amistad para abandonarla en ese momento. Fue a partir de entonces cuando la volví a sentir como la amiga que había sido… Como me frustró tener que decirle adiós, tener la sensación de no haber podido compartir suficientes momentos para habernos podido conocer mejor. Ha sido una amistad llena de obstáculos, de idas y venidas, y en la que la vida nos ha llevado por diferentes caminos ¿qué hubiera pasado si no nos hubiésemos conocido? ¿habría logrado desprenderme del caparazón que me impedía mostrar más de mí? Nunca lo sabré, en realidad creo que no necesito saberlo. Me quedo con lo que sí fue, una pieza del puzle de mi vida a la que le tengo que agradecer mucho de lo que soy ahora. Reflexiono sobre lo bueno y lo malo que hubo y el sentimiento siempre acaba en el mismo lugar de la balanza… la gratificación de los buenos instantes, el desearnos lo mejor de corazón aún con nuestras diferencias. Tal y como me dijo a mi marcha y como yo le recordé en su reciente nueva andadura lejos de Dubái, «siempre con una sonrisa allá donde la vida nos lleve«…

Ha pasado mucho tiempo, más de un año y medio desde que volví de Dubái, desde que mi vida como expatriada finalizó, desde que dejé atrás lugares y sobretodo personas a las que siempre recordaré por formar parte de este viaje vital. Un viaje que inicié siendo una persona diferente a la que al final se fue, una persona que llegó distante y a la que le costaba confiar, una persona que no abría los ojos a lo que tenía a su alrededor, que expresar sus sentimientos le costaba un mundo. Un cambio que nunca esperé, que me encontré por el camino y del que no me quería separar.

Comprendí que este cambio es innato en la vida de un expat y que no se debe huir de él sino asumirlo como lo mejor que te puede pasar, una transformación personal que llega para ayudarte a salir de tu zona de confort, para abrir tu mente y poder asimilar y absorber cualquier nueva vivencia que se cruce en tu camino.

Pero ¿que sucede cuando ya no eres una expat y te has de enfrentar a lo que considerabas tu vida anterior?.

Fue un regreso que supuso retornar a mi lugar de siempre, a estar cerca de mis amigos, de mi familia pero que también significó el darme cuenta que mi realidad, la que ya conocía y con la que ahora me tocaba vivir me hacía sentir extraña… una extraña en mi propio mundo…

10. Sorpresas te da la vida

10. Sorpresas te da la vida

“¿Hasta cuándo estaréis?”, es una de las preguntas estrella que te suelen hacer cuando das la noticia de que te vas a vivir fuera o cuando llegas al nuevo país. Y como buena expat, a esta pregunta poca gente puede responder con exactitud ya que aunque se tenga un contrato cerrado y con fecha de vencimiento nunca sabes cuándo sucederá. Hay tantas variables que posibilitan que esta decisión pueda cambiar que es imposible saberlo; un cambio de estrategia de la empresa, la familia no llega a adaptarse, no son las condiciones laborales que te habían prometido, etc. Así que convives con ello sin fijarte un futuro, viviendo el día a día. Únicamente te das cuenta de lo volátil que es la situación del expatriado cuando te vas dando cuenta como gente que conoces o peor aún, tus mejores amistades, les llega el momento de partir, eso en el caso de que seas tú la que te quedes, claro.

Nuestra idea inicial era la de estar alrededor de unos tres años, justo para la finalización de los estudios de primaria de Daniel. Nuestro primer año allí se cumpliría en agosto y aunque resultaron ser unos meses complicados para mí, sabía que a partir de ese momento debía afrontar todo aquello con otra actitud. La vuelta a Barcelona por las vacaciones de verano era un buen momento para tomar aire, colocar todo en su sitio dentro de mi cabeza y empezar, ahora sí, a vivir mi vida de expat como debía haberlo hecho. Estaba preparada, con ganas y dispuesta a demostrarme que podía hacerlo. Los miedos habían sido mis grandes enemigos durante los meses previos y esa lucha constante contra ellos parecía que había llegado a su fin.

Mientras desayunábamos en nuestra casa de Barcelona, mi marido comenzó a explicarme cómo le había ido el par de días de reunión que había tenido en Málaga junto a su jefe. Creo que no sabía muy bien cómo darme la noticia así que lo hizo de sopetón, sin rodeos, “dejamos Dubái, volvemos a Barcelona”. No creía lo que estaba oyendo. Lo primero que me vino a la cabeza fue la imagen de Daniel, como se lo iba a tomar. Con lo bien que se encontraba, disfrutando de todo y de todos, como decirle que nos volvíamos a casa. Y yo, ¿Cómo me quedé yo?, sin saber que decir. Pensé que al menos estaríamos un año más y nuestra vuelta sería en verano pero nada más alejado de la realidad, ¡únicamente cuatro meses! Diciembre sería nuestro último mes como expatriados.

Fue en ese instante cuando me di cuenta de cómo había experimentado una transformación en mis ganas de vivir en Dubái, me di cuenta de que no quería volver… ahora no… tanto esfuerzo para mantenerme a flote, para conseguir que todo aquello formarse parte de mi día a día… y de repente todo se acababa.

Nuestro último regreso a aquel país y que sensaciones tan extrañas tenía. No quería comenzar a  lamentarme durante los meses que me quedaban de estar viviendo en Dubai por lo que viví cualquier instante como algo único, saboreándolo; me iba a la playa todas las mañanas, me recreaba mientras conducía por la ciudad con los atardeceres inconfundibles y ese sol inmenso que caía al final del día, el sonido del imán llamando a rezo varias veces al día, ver el desierto nada más salir de la ciudad… Quería retenerlo todo para no olvidarme, para hacer lo que no hice durante todo el tiempo que estuve allí, disfrutar del momento…

Momentos como las visitas que por fin recibimos de la familia, la de mis suegros primero y un par de meses después la de mi padre y mis cuñados. Lo veía ahora todo tan vivo, tan lleno de color… Creo que la ilusión con la que disfrutaron todos los días que pasamos juntos fueron contagiosos. ¿Y quién era el que más ilusión desprendía? Daniel… nunca olvidaré aquella sorpresa tan especial que le dimos ni él la podrá olvidar nunca…

No le dijimos nada de la visita mi padre ni la de sus tíos preferidos. Llevábamos semanas trazando el plan para que no se enterara de nuestra maquinación. La llegada iba a ser a media noche con lo que teníamos que decirle a Daniel que ese día le dejaba dormir conmigo con la excusa de que su padre se tenía que ir de viaje. La realidad era que Sergio iría a buscar a los invitados al aeropuerto y los traería a casa sin que él lo supiera, dándole la sorpresa al día siguiente cuando se levantara.

Llegaron a la hora prevista y sin hacer mucho ruido cada uno accedió a su dormitorio; en la habitación de Daniel su abuelo, Sergio en su despacho durmiendo en un colchón, mis cuñados en la habitación del primer piso junto al comedor y finalmente Daniel en su realidad paralela durmiendo conmigo. El día siguiente prometía emociones…

Se despertó a las seis de la mañana como cada día de cole, se levantó y se dirigió al baño. En ese momento creyó haber oido un ruido extraño en su habitación, la cual creía vacía, por lo que se acercó para echar un vistazo. Entreabrió la puerta y tras asomarse lentamente salió corriendo hacia mí con los ojos como platos. Sin dar crédito a lo que había visto y con la voz acelerada y pensativo me dijo “mamá, que raro… creo que he visto al yayo Rafa en mi habitación… pero no puede ser…”. Disimulando le contesté que fuéramos a ver porque seguro que se lo había imaginado todo. Así que sigilosamente nos acercamos de nuevo a su habitación junto con Sergio que ya se había incorporado a dar la sorpresa final…

Fue todo tan emotivo que todavía me emociono al recordarlo. Difícil describir lo que significó ese abrazo, tan sincero, ilusionante, mágico, tierno entre abuelo y nieto… y todavía no sabía que sus tíos favoritos se encontraban durmiendo en otra habitación. Pero esa sorpresa llegaría a la vuelta del colegio.

Lo recogí a la misma hora de siempre, a las tres menos diez del mediodía y como no podía ser de otra manera mi padre estaba allí para verlo salir. Daniel, orgulloso, le iba diciendo a todos sus amigos que se esperaran que les iba a presentar a su “grandfather” ¡irradiaba felicidad por los cuatro costados!. Tras la vuelta a casa Daniel seguía sin sospechar que es lo que le esperaba a su llegada. Una vez dentro alguien llamó a la puerta… Daniel abrió y allí estaban, sus tíos. ¡Le dieron tal abrazo que casi lo desmontan! Creo que la palabra correcta para definir el estado anímico de Daniel en aquel instante era “flipando”. Frases tan acertadas como que “la vida se mide en momentos no en minutos” y aquellos dos momentos fueron puramente vida.

Nunca sabes cuando la vida te puede regalar una sorpresa y yo cada vez tenía más claro, desde que aterricé la primera vez en aquel país, que por lo menos allí no iba a ser donde me la encontrase y más faltando tan poco para irnos. Pero como siempre, cuando pienso A resulta que es B, y mira por dónde cuanto me alegré de estar equivocada…

No sé cómo describir aquel momento en el que nos conocimos, quizás definirlo como es ella, ¡locura total! Llamaron a la puerta y mi suegro que por aquellos días nos estaba visitando junto con mi suegra, sin saber apenas hablar inglés la abrió sin pensárselo. No era el jardinero, ni un vendedor ni el chico que nos traía el agua, sino que se trataba de mi nueva vecina.

No sé quién se quedó más sorprendida si ella cuando vio mi coche con una pequeña pegatina con la bandera española (otro punto a favor para un expat) o yo al saber que tenía una recién estrenada vecina española al lado de casa. Se presentó con voz algo entrecortada y nada más invitarla a entrar ya no pudo contener las lágrimas. Tras calmarla nos contó que apenas hacía una semana que habían llegado de Doha, junto con su marido y sus dos hijos y que se sentía totalmente desubicada en aquella enorme ciudad. Como ella decía “es que Doha es un pueblo comparado con Dubái”.

En mi caso a la familia no les suelo explicar los malos momentos que una pasa cuando está viviendo en otro país principalmente para que no sufran porque bastante tienen con estar lejos de los que nos hemos ido. Pero mis suegros, allí sentados escuchando sus palabras, se dieron cuenta de lo difícil que podía ser los inicios de un expatriado. No importa que hayas vivido no, dos, tres o los años que sean en otro país, cuando inicias tu vida en un lugar nuevo te sitúas en la casilla de salida y comienzas de cero; búsqueda de casa y de colegio, adaptación de tus hijos, nuevo círculo social, costumbres etc y así hasta completar la rueda.

Laura fue lo que yo diría “una amistad a primera vista”. Nuestra conexión fue inmediata y parecía que nos conociéramos de toda la vida, daba igual de qué habláramos que siempre acabábamos riéndonos… Como la echaba de menos a mi vuelta y en especial su risa contagiosa. No puedo evitar sonreír mientras recuerdo situaciones surrealistas en la que siempre nos metíamos sin saber por qué; como el día que no atinábamos con la salida correcta a pesar del gps y recorrimos kilómetros y kilómetros arriba y abajo, entrando y saliendo de la autopista durante toda una mañana o nuestra inutilidad, cada vez que íbamos al Ikea, para acertar el acceso del parking acabando siempre por dar vueltas a su alrededor hasta lograrlo.

Fueron apenas cuatro meses los que estuvimos juntas, viéndonos casi a diario y en los que nuestros hijos también crearon una bonita amistad. Hace unas horas que nos volvimos a reencontrar, tras seis meses sin vernos y es tan maravilloso sentir que la complicidad sigue estando ahí, que no importa que pase el tiempo, ni que haya distancia…

Tenía muchas ganas de volver a ver a Núria y de poder, por fin, hablar cara a cara de todo lo que había pasado meses atrás. Cuando supe que dejaba Dubai me costó darle la noticia por temor a su reacción o mejor dicho, por su no reacción. Supongo que son las películas que a veces nos montamos en nuestra cabeza cuando no sabes lo que realmente está pensando la otra persona o cuando crees interpretar como se siente. Tenía la sensación que había ocasiones en que se mostraba mas cercana, en otros momentos indiferente y dudaba con cual de ellas me iba a encontrar. No le fue indiferente, todo lo contrario, no podía creérselo. Me alivió ver que sentía mi marcha y fue en ese momento cuando más que nunca tuve la necesidad de encontrarme con ella para cerrar heridas.

Con esa idea llegué a Dubai tras las vacaciones y aunque sabía que durante esos meses estaría ocupada con las visitas de varios familiares esperaba que en algún que otro momento la posibilidad de vernos estuviera. Pero nunca pensé que su actitud marcase aquella distancia, mucho más desde que estaba viviendo allí. Sus nuevas amistades, su adaptación a la nueva ciudad, su aprendizaje del inglés a marchas forzadas ya que se iba a encontrar sola con sus hijos la mayoría del tiempo debido a los viajes de su marido. Entendía todas aquellas circunstancias pero me sorprendía su hermetismo y lejanía hacia mí precisamente en aquel momento.

Pasaban las semanas y mi desilusión llegó al punto de preguntarme si valía la pena seguir apostando por aquella amistad. La sinceridad es uno de mis valores intocables pero todas aquellas negativas… también en el cumpleaños de Daniel, acabaron por hacerme dudar si sus palabras estaban siendo sinceras. No podía creer que hubiese cambiado tanto hasta llegar a ese punto, tenía que haber un porqué…

En un principio no hubo problemas a que sus hijos vinieran a la celebración pero no se porqué tenia el presentimiento de que algo iba a pasar… y así fue. Su mensaje diciendo que finalmente no podia ir… no quise contestar en ese instante. Me encontraba en el coche camino del colegio, pensativa, sin saber que responder o lo que debía decir, si tenia que volver a ser la persona comprensiva de siempre o comenzar a aceptar que quizás lo mejor era olvidarme de su amistad y alejarme definitivamente.

Pero su nuevo mensaje, no se porqué lo noté diferente, quizás provocado por mi respuesta fria y breve, pero intuía que algo había cambiado… que aquella respuesta no debía interpretarla como mi imaginación me hacía ver. Sería el punto de partida de unos encuentros que para mí significaron tanto…

9. Las piezas del puzzle

9. Las piezas del puzzle

Creía que aquel iba a ser mi año, que por fin iba a alejar de mí toda la basura mental que hasta entonces había arrastrado. Escribir me ayudaba, me hacía sentir creativa y situaba en mi horizonte un objetivo al cual seguir. Quizás me engañaba a mí misma creyendo que todo estaba  bien y que ya nada me podía afectar. Pero era un querer y no poder porque sentía que algo por dentro continuaba fuera de su lugar ¿Qué me faltaba? ¿Por qué aunque trataba de avanzar me agarraba a cualquier motivo para bloquearme? La actitud, la fuerza de voluntad, la perseverancia, la motivación… aprendí a retenerlas, a saber transformar los obstáculos en oportunidades y a deshacerme de los no puedo. Ahora veo a una persona con seguridad, sin miedo a tropezar, alejada de aquella otra sin confianza, perdida y que no encontraba su camino…. Como una buena amiga me dijo “acabarás por colocar todas las piezas del puzzle” y cuánta razón tenía…

Porque la vida es eso, un gran puzzle compuesto de multitud de piezas con sus formas, sus colores, algunas encajando a la primera y otras no sabemos por qué están ahí. Piezas que van creando el mapa de nuestras vivencias, de nuestras experiencias, algunas descolocándonos por lo inesperado y otras reafirmando nuestras decisiones.

Piezas que nos descolocan… Veía a Daniel  feliz  con sus amigos, en el colegio, contándome entusiasmado que le encantaba estudiar allí porque se divertía. Pero algo cambió ese día. Volvíamos del colegio, charlando tranquilamente de cómo le había ido la mañana cuando la conversación comenzó a centrarse sobre uno de sus mejores amigos en Dubái. Llegamos al porche de la casa y mientras aparcaba Daniel continuaba hablándome de Marko, de que se tenía que ir a otro país al final del trimestre y de lo mucho que lo iba a echar de menos. Trataba de explicarle que era una pena pero que por suerte tenía más amiguitos allí y que no tenía por qué perder la amistad, que podrían seguir el contacto por redes sociales.

Inesperadamente su tono comenzó a transformarse, a endurecerse hasta llegar a alzarme la voz. Nunca hubiese imaginado esa reacción en él, decirme desesperado que porqué teníamos que “quitarle siempre a sus amigos”, “cuando volvimos de Chile”, cuando le habíamos “alejado de los de Barcelona” y ahora “viviendo en un país donde sus amigos se van”. Me quedé en blanco por unos segundos, sentada tras el volante, atónita por sus palabras. Traté de animarle, de convencerle de que no era todo tan malo, de que viera lo importante que era tener amigos de tantos países y que la amistad no se pierde si realmente uno quiere. Pero a su edad, ¿Cómo podía comprender el significado de todo aquello? Que pensar después de esa sacudida ¿tenía razón? ¿de verdad lo sentía así? ¿qué estábamos haciendo mal?.

Por mi parte comenzaron las pequeñas decepciones con las amistades de siempre, las que entusiasmadas antes de marchar te dicen ir a visitarte o conectarse por skype en cuanto tuvieran un ratito libre o enviarte mensajes por WhatsApp para ir sabiendo de ti. Al principio todo son preguntas sobre tu nueva vida pero ¿y luego qué? El interés desaparece, las rutinas siguen en sus vidas pero sin comprender que lo que tú necesitas de vez en cuando es un simple “hola, ¿que tal te va? ¿cómo estás?”. Tan fácil como sentir que se acuerdan de ti, sólo eso. Se magnifica todo, sí, y esa es una de las cosas con las que acabas conviviendo y asumiendo como buena expat. Tú te alejas y se queda quién quiere quedarse, ni más ni menos. Haces todos los esfuerzos posibles por hacerte presente hasta que llega un momento en el que piensas ¿y por qué siempre tengo que ser yo? Una nueva lección que aprendes como expatriada “quién de verdad te valora estará siempre ahí”, de una u otra forma pero te lo hará saber con sólo un pequeño gesto. ¿Por qué le daba tanta importancia? quizás por saber que las amistades que tenía al rededor no me llenaban, que no sentía esa proximidad que te hace dar un pasito de confianza para hablar de algo más que de temas triviales, esa necesidad de compartir cosas de ti y que sólo te atreves a hacer con quién realmente te sientas a gusto.

No se cómo pasó, ni como llegué hasta ahí pero sentía que algo me estaba empujando a lo más profundo de un túnel al que me adentré sin darme cuenta, sin avisar, lentamente…

La sensación de no estar, de no importarme nada de mi alrededor, la amargura en el día a día, la soledad, la desazón, la irritabilidad con mi marido, con mi hijo, la búsqueda de momentos en los que necesitaba respirar, respirar profundamente para no delatar las lágrimas que querían asomar… Y me lo quedé dentro, siempre con el dichoso orgullo de mantenerme fuerte ante los demás, quizás por pensar que nadie podría entenderme o por no preocuparlos, siempre pensando en los otros y tan poquito en mí… Fue un dejarse ir, un vacío que no sabía cómo llenarlo.

Pero cuando te ves tan mal, tan sumamente mal, sacas fuerzas de donde no las tienes. Sabía que aquello no podía seguir así y que debía encontrar la solución, por mí, por los que me rodeaban. Pensé en las peores situaciones que había vivido en mi vida y como las pude superar. Me agarré a la fuerza que tuve en aquellos momentos, como la que supe tener durante el terremoto, años atrás, mientras vivíamos en Chile y me dije a mí misma que debía cambiar toda la negatividad, toda la negrura que me impedía ser quién era. Si pude estar entera entonces ahora no iba a ser menos.

Y se marchó, de igual forma que llegó, sutilmente… volviendo a sentir… el sol, el mar, un beso, un abrazo, mi familia, a mí misma…

La segunda visita de Núria se entremezcló con mi estado de ánimo mejorando pero fue tan inesperada que sólo pensé, en cuanto me dió la noticia, que porqué justamente tenía que ser en ese momento, quería disfrutar esa visita al cien por cien. Al menos me pillaba con la moral de subida pero sentía que no iba a ser fácil para ambas.

El día que nos encontramos para tomar un café fue extraño, una sensación que para nada se parecía a la primera vez que nos vimos. Núria con su distancia y yo con mi desánimo ¡menuda mezcla! Pero creo que siempre hicimos ese esfuerzo por estar, por intentar disfrutar de esos ratitos y dejar a un lado parte de la frialdad que había comenzado a surgir en ella.

Cómo echaba de menos su proximidad, su empatía, las charlas espontáneas. Aquello apenas estaba, ya no era la misma y me costó habituarme a la nueva situación. Tenía sus momentos y parecía que todo volvía a la normalidad pero eran espejismos, chispazos. Ese estar y no estar fue la tónica general desde entonces. Que mal supe leer sus silencios… La escuchaba cuando lo necesitaba y nunca dudaba en hacerlo pero me resultaba difícil no poder tener esa misma respuesta por su parte o al menos de la misma forma a la que estaba acostumbrada.

Quizás la frustración o impotencia por no poder hacer nada o el no asumir la nueva realidad, anclada en un contexto el cual me hacía ver una única perspectiva, mi perspectiva ¿dónde se había ido mi empatía hacia la situación de los demás? Que egoísta fui en aquel momento, en aquel desencuentro desafortunado que tuvimos el mismo día de mi regreso a Barcelona por las vacaciones de Semana Santa. Un reproche fuera de lugar por mi parte, en el peor momento, una respuesta por su parte que sentí llena de desconfianza y que proyectó en mí fantasmas de su pasado… Sentada en el avión comencé a darle vueltas a todo lo ocurrido, reprimiendo las lágrimas y arrepintiéndome de lo sucedido sin saber que esperar después de todo aquello, pensando en la imagen errónea que le había transmitido.

Las dos semanas que pasé en Barcelona las absorbí como un chute de recarga de energía increíble. Sólo quería disfrutar de cada momento allí, dejar a un lado lo que había pasado y rodearme de todo aquello que me llenaba.

Pero en un rinconcito de mí seguía golpeándome la culpabilidad de lo que había sucedido y opté por lo único que podía hacer, intentar arreglar las cosas, hablar con la sinceridad que siempre habíamos hecho. Y así fue, manteniendo la amistad pero sintiendo que desde ese día su distanciamiento se hacía más evidente, posiblemente su defensa para evitar hacerle daño o evitar hacérmelo a mí…

Quedaba poco para las vacaciones de verano, en pleno Ramadán contaba los días para salir de allí y huir del calor sofocante. Daniel asumió estupendamente lo que suponía estar viviendo en aquel país y ya no mostró ningún signo de rechazo, todo lo contrario, estaba encantado con nuestra vida en Dubái. Yo intenté retomar la escritura, buscaba la inspiración en otros blogs de expatriadas pero no encontraba la motivación suficiente para continuar la historia así que lo dejé aparcado hasta otro momento, no sabía cuándo pero sí sabía que debía hacerlo.

En esa búsqueda de inspiración me encontré con un post que alguien había compartido en el grupo de Facebook Españoles en Dubái y cuyo título era «Palabra de Expat», dónde describía a la perfección el significado y lo que representa ser la mujer de un expatriado. Lo leí, me encantó y pensé “tengo que leer algo más de ella” así que le eché un vistazo al blog y a su autora. Quién me iba a decir pasado el tiempo que aquella bloguera iba a convertirse en una pieza destacada del puzzle de mi vida.

Tenía en mente todo lo que quería hacer a la vuelta de las vacaciones, comenzar esta vez sí con mi verdadera vida en Dubái y además con la ilusión de que por fin Núria estaría viviendo ya allí. Todo pintaba estupendamente así que ¿qué podía salir mal esta vez?…