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Eres perfecta tal y como eres

Eres perfecta tal y como eres

Supongo que debe ser la edad, pero a medida que pasa el tiempo lo de ser perfecta, o mejor dicho, la perfección exterior, esa que mostramos al resto para poder encajar con lo que nos rodea, la siento como una pesadez.

Y es que, sin duda, a estas alturas de mi vida lo que sí está presente en ella es pensar en algo tan cierto como que: “eres perfecta tal y como eres”.

Cuando te acercas a la cincuentena y te miras al espejo lo que tienes delante tuyo es la imagen de alguien a quién el paso del tiempo comienza a garabatearle arrugas en su rostro y a pintar su cabello con unas desafiantes canas, pero también a alguien a quién ese mismo paso del tiempo no le ha hecho cambiar su esencia… la persona que es, que soy: introvertida, paciente, serena, honesta, sincera, comprometida…

Deberíamos ir viendo pasar las etapas de la vida como momentos necesarios que nos hacen crecer como persona

Esa es la perfección en todos nosotros, la autenticidad, el ser como somos y no como quieren los demás que seamos o como nuestro “ideal” nos hace pensar que queremos ser. Un ideal que lo único que nos trae es sufrimiento por ese constante deseo de comparar lo que veo de mí (mi imperfección), con lo que me gustaría ser (ideal de perfección).

La experiencia de la vida debería aportar una visión calmada y reflexiva con la que relativizar esos deseos de convertirnos en lo que no somos, en buscar la copia perfecta de alguien idealizado. Deberíamos ir viendo pasar las etapas de la vida como momentos necesarios que nos hacen crecer como persona. Aprender de ellas para huir de estereotipos, de imágenes que lo único que consiguen es alejarnos de nuestro verdadero ser, de no aceptarnos ni de querenos tal y como somos.

Una de esas etapas es la de la maternidad. El ser madre supone una transformación, en todos los sentidos. Seguro que has notado que tu cuerpo no es el de antes y que la ropa que antes te ponías cómodamente ahora luce en tu armario esperando a que algún día recuperes tu contorno.

Por supuesto que se puede recuperar, con paciencia, con esfuerzo e ilusión. Es algo muy positivo y motivante aunque también debes pensar que aceptar esa transformación es algo natural, que no te hace ser menos mujer de la que eras antes de tener a tu hijo porque la auténtica Tú sigue ahí.

No te compares con nadie

Y sobre todo, no te compares con nadie. Ni con la vecina, ni con tu mejor amiga, ni con la actriz de moda que luce palmito nada más dar a luz. Tú eres tú. Siéntete orgullosa de ti, porque eres perfecta tal y como eres.

No te hablo de una perfección bajo unos criterios sociales, sino de tu esencia. Naces como eres, con tu forma de ser, con tus virtudes y con tus defectos. Que pueden ser moldeados, por supuesto. Puedes cambiar comportamientos, formas de pensar, de gestionar tus sentimientos, de crecer personalmente, pero lo que hay dentro de ti, tu esencia, es la que permanece siempre.

Mientras escribo me doy cuenta de lo que me aporta saber gestionar mis emociones, tener herramientas para poder reflexionar y conocerme mejor. ¿Y qué es lo que me aporta? Pues la seguridad de que ahora no juzgo mis acciones, ni mi forma de ser, de que me siento bien con la persona perfecta que hay en mí porque lo que me ha hecho ser quién soy es, realmente, mi sello de identidad, mi huella personal que dejo a los demás.

¿La clave que hizo sentirme yo? la aceptación

En mi post Pon un Introvertido en tu vida describí lo que suponía para mí ser una persona introvertida y cómo esa etiqueta que la sociedad te pone por el simple hecho de no ser “el estereotipo ideal de persona, la extrovertida, esa que es “amigo de todos” o “alma de la fiesta” te acaba estigmatizando, haciéndote sentir un bicho raro. ¿La clave que hizo sentirme yo? la aceptación.

Sin duda, el no creer en una misma, el no tener la calma interior para aceptar cómo eres, crea una batalla difícil de ganar entre tu Yo esencia con tu Yo idealizado.

Es esa búsqueda del “ideal” que hemos creado en nuestra mente que hace que nos comparemos con los otros, generando un constante sufrimiento por sentir que no somos los suficientemente perfectas como creemos que “son los demás”.

“Eres fruto de un proceso de adaptación. No estás aquí en Negativo, como si te faltara algo. Estás aquí en Positivo comenzando a construir”

Valeria Aragón

Estas palabras tan acertadas me hicieron pensar en cómo nos machacamos inútilmente, en cómo en edades tan complicadas como la adolescencia solo vemos lo mejor en los demás y nos infravaloramos sin apreciar todo lo bueno que tenemos.

Y eso es lo que hay que cuidar. Intentar, como padres, estar ahí y hacerles ver que tal como son, son perfectos, únicos, auténticos e irrepetibles. Que lo que aportan a los que tienen a su alrededor es por lo que son y no por lo que aparentan ser.

Sin duda, lograr que interioricen que su esencia como personas es lo que perdura, lo que no hay que cambiar, ayudará a que las inseguridades sobre sí mismos disminuyan y aumente una autoestima que, por desgracia, suele quedar relegada a un segundo plano en estas edades.

Lograr que interioricen que su esencia como personas es lo que perdura

De nada ayudan las redes sociales y el continuo goteo de imágenes de gente que vive de eso mismo, de su imagen. Influencers o youtubers, modelos a seguir de una superficialidad que quiere ser imitada a costa de arrinconar la propia identidad.

Y es que vivir en una sociedad, dónde lo auténtico y genuino se suele ver como una anomalía, puede hacer que acabes sintiéndote el patito feo de esa misma sociedad al no compartir unos patrones estéticos o de conducta.

Cada uno ha de seguir su camino y, sobretodo, aceptarse tal y como es, teniendo la inquietud de mejorar para crecer como persona y no para satisfacer a los demás.

Así que huye del ideal de perfección porque es una carrera sin fondo, sin límite, a la que difícilmente se suele llegar a su final.

Sentirte en paz contigo misma te llevará a no tener la necesidad de cambiar a nadie, de tratar de amoldarlo a lo que tú deseas para ti. Y es que aprender a aceptarse es también aprender a aceptar a los demás como son.

Recuérdalo siempre:

“No debes cambiar para encajar en el mundo. Eres perfecta tal y como eres”

Anónimo

Personas únicas que nos hacen brillar

Personas únicas que nos hacen brillar

Me gusta en ocasiones echar la mirada atrás, quizás para ver lo mucho que ha cambiado mi vida durante estos últimos años. Me siento feliz al ir repasando mentalmente lo mucho que he crecido como persona, como mujer, aprendiendo de experiencias pasadas, incorporando errores como enseñanzas que me aportan, ahora sí, serenidad. Y en este ejercicio de reflexión de lo que es mi línea de la vida, me he dado cuenta de la suerte que he tenido con personas que llegaron a mi vida para hacerla mejor… son las que yo llamo personas únicas que nos hacen brillar.

¿Y por qué las llamo así? Sencillamente porque las sientes como un espejo dónde mirarte y te motivan a dar lo mejor de ti. Te van proporcionando gotitas de confianza con las cuales te nutres para ir rellenando esos huecos que dejaste vacíos al dejar de creer en ti. Son aquellas personas que sientes que suman en tu vida porque saben compartir, estar ahí, aportándote y haciéndote sentir que tú también puedes hacer lo que te propongas.

No siempre es fácil tener esta seguridad y saber hacia dónde ir en tu vida porque existen momentos en ella en los que no te encuentras cómo persona, cómo mujer, cómo madre… Y es entonces cuando necesitas un guía para empezar a caminar o para impulsarte o para demostrarte que estás equivocada y que puedes lograr lo que te habías propuesto. Alguien que te haga brillar, que saque a la luz lo mucho que vales.

«En el mundo no hay más que un camino que sólo tú puedes recorrer: ¿A donde conduce? No preguntes, síguelo»

Nietzsche

Y aquí radica la importancia de tener estas personas mágicas a nuestro lado. Te das cuenta que las excusas no valen, que lo que para ti es un agujero negro ellas lo convierten en oportunidades, en un mirar hacia delante. Tu pareja, una buena amiga, tu padre, tu madre, en el trabajo… solo tú puedes saber quién te aporta, quién te hace brillar.

Me viene a la cabeza la película “Ha nacido una estrella”, la reciente versión protagonizada por Lady Gaga y Bradley Cooper para ejemplificar lo grandioso que es el encontrarte en tu vida con una persona que te impulsa a creer en tu pasión, te reta a superarte, te hace brillar por lo que eres, por lo que puedes ofrecer.

Seguro que ahora mismo estarás pensando ¿y cómo voy a saber yo si tengo una a mi lado? La respuesta es fácil, lo sabes. Lo sabes porque cuando estás hablando con ella te das cuenta que lo más característico es su positividad. Y es que ¡son pura positividad y energía! Pero si con esta pista aún no sabes reconocerla, ahí van otras: son motivadoras, retadoras, creativas, creen en sí mismas y en su potencial, no tienen miedo a equivocarse porque lo ven como una oportunidad, son perseverantes y muy pero que muy decididas.

No me dirás que con todo esto no serías capaz de identificarlas. Lo importante es que no las dejes escapar porque te harán creer en tus posibilidades y se alegrarán por tus triunfos. Si quieres tener éxito por aquello que tanto deseas y has apostado, no lo dudes, fíjate en ellas, en cómo lograron hacer realidad lo que soñaban, en cómo consiguieron ser personas exitosas.

Y con exitosas no tienes por qué identificarlas sólo con un triunfo económico sino que también las debes relacionar con personas que han logrado alcanzar alguna de sus metas gracias a: la perseverancia y a la motivación, a no darse por vencidas aunque las cosas no salieran, a no tener miedo a empezar de nuevo, a aprender de los fracasos y a atreverse a salir de su propia zona de confort para adentrarse en nuevas oportunidades.

“El éxito está conectado a la acción. Las personas exitosas se mantienen en movimiento. Cometen errores, pero nunca abandonan”.

Conrad Hilton

En definitiva, ser una persona exitosa es ser una persona ambiciosa, segura de sí misma y sin miedo al fracaso que hará todo lo posible por hacer realidad lo que se ha propuesto.

La vida te guía por unos caminos desconocidos, llenos de incógnitas pero unos caminos que los eliges tú, con tus decisiones y con tus acciones. En ti está vivirlos con pasión o encerrada en tu burbuja de conformismo y seguridad.

Yo aprendí a vivir con pasión y no tener miedo a avanzar, a romper las barreras que impedían moverme, a conocerme para lograr ser quién quería ser o mejor dicho quién quiero ser ahora. Porque se trata de eso, de no conformarse, de seguir soñando, de marcarte más metas.

Me gusta quién soy, en quién me he reinventado como persona. Madre y mujer a partes iguales, con ganas de aprender y retarme con nuevos desafíos. Y sí, mis queridas personas que me hicieron brillar fueron mi referente para darme cuenta de que si ellas podían hacerlo ¿por qué yo no?

Te mentiría si te dijera que este cambio es fácil. Requiere esfuerzo, compromiso, desafío a lo que te limita, conocer tus fortalezas, voluntad para creer y desterrar pensamientos negativos. Hay que ponérselo complicado a nuestro lado saboteador aprendiendo a conocerse, a saber qué es lo que quieres, aquello que te motiva. Y sobre todo, tienes que empezar a quererte, y mucho.

Y cuando empiezas a dar ese pasito es cuando aparece, sin apreciarlo, tu persona o personas referente, brillando y esperando a hacerte brillar. Es lo mágico de nuestra mente que acaba por enfocar tu mirada y tu atención hacia lo que es más importante en tu vida en ese momento.

No siempre permanecerán a tu lado para siempre, incluso las habrá que sólo se cruzarán en tu camino para darte ese primer empujoncito y luego desaparecerán. Quizás sea el capricho de la vida, que lo mismo que te regala personas maravillosas también te las quita.

De todas aprendo, de las que ya no están porque decidieron no estar o porque nuestros caminos se separaron y de las que encontré y siguen a mi lado, inspirándome como el primer día.

Las vi brillar y me hicieron brillar y ahora mi deseo es ser también la luz para alguien más… para mi familia, para mis amistades, para mi hijo… para alguien que algún día se cruce en mi vida y necesite brillar…

“Si no estás haciendo la vida de alguien mejor, estás perdiendo el tiempo. Tu vida mejora al hacer mejorar la vida de alguien más.”

Will Smith

Encontrar el equilibrio entre ser madre y mujer

Encontrar el equilibrio entre ser madre y mujer

Hoy me ha dado por pensar en los primeros años de mi experiencia maternal y en cómo se había ido transformando mi vida desde entonces, en lo rápido que había crecido mi hijo desde aquel 2006 y en lo difícil que fue encontrar el equilibrio entre ser madre y mujer.

Creo que el día que vi el positivo en mi test de embarazo empezaron a aparecer las sombras de los miedos e inseguridades como madre: por saber si tendría un buen embarazo, si nacería bien, si sabría atender todas sus necesidades, si lo educaría correctamente… mil dudas que crecían a medida que lo hacía mi barriga sin saber que el instinto y la propia experiencia que iría acumulando me enseñarían el camino.

Pero no voy a hablarte sobre cómo fue mi embarazo, ni de las pataditas a traición de mi retoño cuando mi enorme barriga de ocho meses se le ocurría toparse con la mesa mientras trabajaba en la oficina, ni como las odiosas contracciones me hacían maldecir a diestro y siniestro camino del hospital a media noche, ni como experimenté la tirada en plancha del enfermero encima de mi barriga en pleno apogeo “empuja, empuja”…

Lo que hoy quería explicarte es cómo me cambió, como mujer, la experiencia de ser madre. Una experiencia única y maravillosa pero que hizo replantearme mis prioridades en la vida. Lo que hasta ese momento conformaba mi mundo, mi pareja y yo, se agrandó con una personita a la que teníamos que cuidar, educar, enseñar.

Es un sentimiento difícil de explicar, pero en cuanto tuve entre mis brazos a mi pequeñín sentí como si se iniciara un momento mágico, donde mi “yo mujer” se empezaba a transformar en mi nuevo “yo madre”. Te centras en él, vives por él, todo en tu vida pasa a girar en torno a él…

Nadie dijo que esto de ser madre fuese tarea fácil, aunque tampoco te avisan que te prepares con lo que viene después de serlo, o mejor dicho, para tu lío mental dónde parece que te vayas a batir en duelo entre tu lado mujer y tu lado madre.

No se puede generalizar, claro está, pero hay una buena parte de mujeres que pasado un tiempo tras la maternidad se sienten confundidas. Y es que ser madre te cambia la vida pero además también cambias tú, ya no solo físicamente sino que llega un momento en el que tu identidad como mujer ya no la reconoces.

Ser madre supone iniciar un vínculo emocional tan inmenso con tu hijo, desde que nace, que tu vida y tú misma pasa a un segundo plano. Nada es más importante que las necesidades de tu hijo y te das en cuerpo y alma a su crianza. Es lo lógico cuando una criatura depende exclusivamente de ti para subsistir y crecer de un modo sano.

¿Pero que sucede cuando te requieren más de lo que puedes dar o las cosas no salen como las habías «idealizado»?. Comienzan las dudas de tu rol como madre: de si lo estás alimentando adecuadamente, de si esa caída que tuvo en el parque la podrías haber evitado, de si tanto resfriado es porque no lo abrigas lo suficiente, de si desistes de darle de amamantar es que no piensas en tu hijo…

Dudas que pueden surgir en cualquier etapa de la maternidad. Recuerdo una de mis sesiones con una clienta en la que se cuestionaba si había sido una buena madre durante la infancia de sus hijas. Me decía que ella quería darles lo mejor para que fuesen felices y dudaba de si ese «darles lo mejor» era el causante de la rebeldía de una de ellas en plena adolescencia. Esta situación actual le hacía debatirse entre aceptar los desplantes y desprecios de su hija y comportarse como una «buena» madre o priorizar su bienestar emocional como mujer y tratarla con distancia emocional para que no le afectase.

Encontrar herramientas para lograr gestionar esta inseguridad, para conseguir encontrar el equilibrio justo, entre el rol de madre y tu identidad personal como mujer, es algo primordial para una vida sana y feliz. Y un primer paso es cambiar esas creencias que nos limitan a la hora de avanzar en una buena relación entre ambas partes. Asumir, sin culpa, que nos podemos equivocar y que el priorizarte en los momentos que lo necesites no tiene nada que ver con tu rol maternal.

Y en este punto es cuando comienza la difícil tarea de contentar a la sociedad moderna y vivir con su estereotipo de mujer “superwoman”, esa mujer que no renuncia a nada, puede con todo, hace feliz a su familia, tiene tiempo para todos y siempre con una sonrisa porque el ser madre te da “megapower”.

Así que en el momento que algo de todo eso no se cumple, la misma sociedad que te aupaba comienza a mirarte con recelo. Si dejas tu trabajo porque optas por dedicar los años de infancia de tu hijo a su cuidado y a disfrutar de la experiencia de verlo crecer, malo. Malo porque renuncias a tu parte de “mujer trabajadora”, autónoma, moderna.

Y luego tenemos el otro extremo, la parte tradicional que ve a la madre como mujer sufridora, la que debe dar veinticuatro horas al día sin sentirse egoísta, la que ha de hipotecar su bienestar por el bien de los demás, la que ha de sacrificarse como hicieron nuestros madres y abuelas.

Ser mujer y madre puede ser perfectamente compatible, y así debería ser siempre, pero las exigencias de lo que culturalmente “está bien visto” acaban por influenciarte, creándote inseguridades y creencias con respecto a lo “buena” o “mala” que eres en cada uno de tus roles.

Y en medio de todo este vaivén de tetris mental sigue estando tu hijo. Ciertamente no te replanteas nada de todo lo que he comentado hasta que comienzas a darte cuenta que tu retoño puede valerse por sí mismo. Hasta ese momento crees que tu vida es perfecta, y ciertamente lo es porque te sientes feliz. Estás en casa con tu pequeñín disfrutando de él y sin perderte nada de su infancia, y es algo que podría afirmar, sin temor a equivocarme, que ninguna madre se arrepiente de haberlo hecho. ¡Todos esos recuerdos no tienen precio!.

En mi caso personal, como olvidar el par de años que vivimos mi marido y yo junto a nuestro hijo Daniel en Chile. Llegó allí estrenando los tres añitos y con las inseguridades normales a su edad pero multiplicadas por dos, lo que supuso un plus de demanda maternal.

No sé realmente cuando me llegó ese momento de iluminación o de despertar en el que advertí que faltaba algo en mi vida. Quizás cuando sentí que como madre ya no era esa figura omnipresente que era reclamada constantemente. A medida que crecía, todo ese tiempo que requería de mí y que me provocaba un agotamiento mental y físico comenzó a aligerarse. Me dí cuenta que cada vez eran mayores los huecos en los que podía tener momentos para darle al botón “pause” de mi vida simplemente para descansar o reflexionar…

Reflexionar sobre quién era ahora, sobre la mujer que era ahora. Había evolucionado de mujer a madre y me había quedado en ese rol, estancada. Era como si no me diera el permiso a ser la mujer que quería ser, cómo si el pensar únicamente en mí fuera algo egoísta e irresponsable.

Todas tenemos nuestras circunstancias por las cuales dejamos de tratarnos como merecemos, de ocuparnos de nosotras mismas aunque sea en pequeños instantes. En mi caso, mi segunda experiencia como expatriada, esta vez en Dubái, acabó por exprimir esa parte dedicada a mi hijo. Todo eran preocupaciones por su adaptación ignorando que yo también necesitaba la mía. Solo resonaba en mi cabeza «colegio», «inglés», «amigos». Pero ese instinto maternal de sobreprotección acabó por relajarse cuando vi, tiempo después, que todo estaba controlado y apenas quedaba nada del niño inseguro de ocho años que llegó allí meses antes.

Lo que quedaba era una madre que empezaba a comprender que necesitaba un cambio, encontrar nuevas motivaciones y sobre todo, encontrarse a ella misma.

Nuestra vuelta como expatriados, apenas un año y medio después, no facilitó las cosas, pero fue un punto de inflexión que me hizo despertar definitivamente. Con la visión de ser una mujer con ninguna meta a la vista y con un hijo a las puertas de entrar en la secundaria ¿qué narices podía hacer?. Pues lo que debía haber hecho hacía tiempo, ¡Reencontrarme y reinventarme!.

A unas mujeres antes y a otras más tarde, pero al final esa transformación interior llega sin darte cuenta. En ocasiones, al igual que llega va desapareciendo o más bien, se va integrando en ti hasta que aquella identidad como mujer vuelve a recobrar vida. En otras ocasiones es la propia consciencia de necesitar algo más en tu vida la que te lleva a intentar encontrar un nuevo camino hacia tu reinvención personal.

Con mi experiencia te diría que si te encuentras en este momento de confusión, no dudes en empezar a dar un pasito hacia tu reencuentro como mujer. Descubre quién quieres ser y busca tu propósito en la vida. Piensa que el equilibrio entre ser madre y mujer es posible, que no tienes que hacer caso a las etiquetas y que si de verdad apuestas por algo que te motivaba y te hace sentir «tú», tienes que ir a por ello.

Ser madre es lo mas maravilloso que te puede suceder en la vida y de igual modo que estás disfrutando de cada instante con tu hijo, tienes que disfrutar de esos momentos que puedes estar contigo misma.

Ahora toca que te cuides, porque la vida sigue ahí, delante de ti, esperando a que te subas a su tren. Y porque te mereces ser feliz de la manera que tú lo sientas, haciendo lo que te gusta, siendo la mujer que verdaderamente quieres ser, siendo una madre que ahora es una nueva mujer…

¿No crees que merece la pena intentarlo?

Si te has quedado con ganas de saber cómo fue mi reinvención personal te invito a que leas mi artículo Reinventarse ¡Espero que te inspire!

Y si necesitas ese empujoncito hacia tu búsqueda de la nueva mujer no dudes en ponerte en contacto conmigo. ¡Estaré encantada de ayudarte!