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Temores de una madre recién expatriada

Temores de una madre recién expatriada

Hace ya unos tres años que dejé atrás el mundo expat, vivir lejos de tu país, de la familia y de amigos. Estrenamos el casillero en Chile, unos seis años antes de nuestra segunda experiencia que nos llevó a Dubái.

Como madre expatriada, la mayor preocupación que tuve en ambas ocasiones fue la adaptación de mi hijo. La primera vez llegó rondando los tres añitos y la segunda los ocho. Si como adultos el cambio ya era algo que nos daba respeto, pensar en mi hijo y como llevaría su adaptación era algo que nos generaba muchísima intranquilidad.

Así que me encontré, durante las dos experiencias fuera de mi país, con los temores típicos de una madre recién expatriada: ¿cómo se adaptará mi hijo? ¿Logrará hacer nuevos amigos? ¿Se sentirá solo en el nuevo cole sin saber el idioma? ¿Le irá bien en los estudios?…

Sin duda, la actitud con la que unos padres logren afrontar los cambios repercute en el buen desempeño del pequeñín a la hora de integrarse a su nueva vida, ya sea en un país extranjero, en una nueva ciudad o en un nuevo colegio.

Es normal que, ante lo desconocido, estemos en modo “alerta” y si es un cambio de tal magnitud ¡imagínate como me podía sentir! Una madre recién expatriada angustiada por no saber si su hijo estaría feliz allá dónde sus padres habían apostado su futuro.

Y es que “la preocupación” y el ser madre van cogidos de la mano aunque advierto que una preocupación en exceso desemboca en un miedo maternal que hará sobreproteger al niño. ¿Te suena?: “no corras, que te caerás” “llámame en cuanto llegues para saber que estás bien” “te ayudo a hacer los deberes para que no suspendas” “te acompaño, no vayas a perderte”.

Me considero una madre que no suele llegar a esos extremos y suelo dar bastante libertad a mi hijo. Ahora, con un joven adolescente en casa, he conseguido no ser considerada “una madre pesada” aunque los momentos, “¡mamá deja de preguntarme!”, son algo de lo que no me libro.

Nunca es fácil salir de la zona de confort

Pero volviendo al mundo de la expatriación, la preocupación es algo innato y de la que no conozco a ninguna madre que no la haya padecido al llegar con sus hijos al nuevo país. ¡Nunca es fácil salir de la zona de confort!

Aunque del mismo modo que nos atrevemos a ir con los más pequeños de viaje y recorrer medio mundo disfrutando de cada momento (aquí también cuenta lo de evitar sobreproteger a nuestros hijos), el hecho de vivir en otro lugar lo deberíamos considerar como una oportunidad increíble de conocer otra cultura y otra forma de vivir.

Y este pensamiento es el que tenemos que atraer para adoptar una buena actitud. Aceptar nuestros temores además de aprender a conocer qué nos quieren decir. Pregúntate a qué tienes miedo ¿es un miedo a cómo pudiera sentirse tu hijo o es un miedo en el que sientes que pierdes el control de la seguridad de tu pequeñín?

Quizás sea un poco de ambas cosas, lógico por otra parte. No sientas que estás sola porque como puedes ver, tus pensamientos y sentimientos los hemos tenido muchas de las madres expatriadas antes, durante y también, cuando toca regresar.

Te puedo contar que la sensación que tuve durante el primer día en el jardín de infancia de mi hijo en Chile o el primer día de colegio en Dubái fueron un constante pensar en él y en cómo estaría. Le daba mil vueltas dentro de mi cabeza, recorriendo cada uno de los posibles e hipotéticos estados anímicos con los que me lo podía encontrar al salir.

Y el resultado final en ambos casos no fue el drama que me había imaginado aunque en el caso de Dubái sí que percibí la dificultad en la expresión de mi hijo, en especial con las tareas escolares.

Con tres, cuatro o cinco años, la percepción que el niño tiene de la realidad es algo diferente a la nuestra y son menos conscientes de dónde están, de cuánto están alejados de su lugar de origen o de la familia. Y eso les hace naturalizar las situaciones a su alrededor. En cambio, a la edad de ocho años que fue con la que llegó mi hijo a Dubái, nos encontramos con la necesidad de estar más atentos a sus reacciones posteriores a la salida del cole, ya que a esa edad sí que son conscientes de la nueva situación en la vida familiar.

Es el momento de poner en práctica toda nuestra empatía

En mi caso, el hándicap del idioma añadió un extra. Con nuestros ojos de adultos pensamos que los niños son esponjas y que pueden con todo en un tiempo record. La realidad es que sufren igual que nosotros, quizás sí que existe la rapidez a la adaptación, pero no por ello dejan de transitar por el camino de la dificultad y de la aceptación a algo nuevo.

Es el momento de poner en práctica toda nuestra empatía y hacer que el niño se sienta acompañado. Abrazar sus sentimientos bajo la comprensión, aceptando como normal su estado y también hablándole de cómo te sientes tú. Se dará cuenta de que no está solo y que incluso ¡su mamá y su papá! se sienten tristes, o temerosos por la nueva situación que están viviendo.

En esta conversación es importante mostrar y transmitir confianza haciéndole ver la gran oportunidad que le ha ofrecido la vida, que debe disfrutarla y, por supuesto, que el cariño de su familia y amigos de los que se ha alejado seguirá ahí. Incluso podrá verlos y oírlos gracias a las nuevas tecnologías, lo que ayudará, tanto a él como a la familia, a que esta transición hasta la adaptación sea más llevadera.

Ser madre recién expatriada no es fácil, pero con una buena actitud lograrás avanzar a través de tus miedos y preocupaciones. Date tiempo, acepta tus sentimientos como algo natural y agradece que estén ahí para cuidarte.

Cuando menos te lo esperes te verás disfrutando, tanto tu familia como tú, de todos los maravilloso momentos que tu nuevo hogar te está ofreciendo. ¡Solo hay que saber mirar con otros ojos y abrir la mente a nuevas y apasionantes experiencias!

Entrevista: Choque cultural inverso

Entrevista: Choque cultural inverso

Cuando piensas por primera vez que te vas a convertir en una expatriada, lo primero que te viene a la cabeza es ¿cómo me voy a adaptar alli? ¿cómo será mi nueva vida lejos de casa?. Te haces mil preguntas que en un principio no sabes responder pero una vez te encuentras en ello las vas tachando de tu lista de incognitas vitales.

Subes y bajas en una noria de emociones a medida que tu camino avanza en el nuevo país, hasta que llega un dia en el que por fin te paras, miras a tu alrededor, y lo que sientes es equilibrio. Te das cuenta que nada sobra ni que nada falta. Es el instante en el que has asimilado tu nueva vida y en el que el cartel de «nueva» pasa a ser historia. Te has adaptado sin darte cuenta, has hecho tuyo lo que parecía imposible. Lo extraño se vuelve cotidiano, lo cotidiano de antes, extraño. Y es entonces cuando no quieres volver porque todo forma parte de la realidad presente, la que puedes tocar y sentir.

Pero como el ser humano se caracteriza por su poder de adaptación, cuando un día te dicen «toca volver» no queda otra que «desaplatanarse», hacer las maletas y empezar de nuevo en lo que antes llamabas «tu vieja vida».

¿Y cómo se lleva esto de regresar a tu país? ¿De convertirte en una repatriada? Para todos aquellos que tengáis la inquietud de como se vive el famoso «choque cultural inverso», os comparto la entrevista que la bloguera y coach para expatriados Laura Sargantana me realizó para su canal de podcast «Palabra de Expat«:

Entrevista a Helga García: Choque Cultural InversoAudio aquí


Si quieres saber más sobre Laura puedes hacerlo en: www.laurasargantana.com

Laura Sargantana es Coach Asociada y Certificada por la Internacional Coach Federation y Practitioner PNL. A través de su blog Retratos de la Vida,  Laura nos acerca  a sus experiencias vividas como expatriada. El deseo por compartir su propia vivencia y transformación personal le motivó a reinventarse profesionalmente como Coach Personal y para Expatriados.

12. Volver a empezar

12. Volver a empezar

Concentrada, pensativa, con nostalgia a ratos y con algo de tristeza en otros… Así voy tejiendo lo que será mi último capítulo, sentada junto a la ventana de mi despacho, tecleando las palabras que conformarán el final de esta historia que he ido narrando a lo largo de doce meses.

Ha significado el paseo por los recuerdos de alguien que durante un periodo de su vida fue una expat, el caminar por unos recuerdos que ahora me llevan a la necesidad de dejarlos descansar, guardarlos en un rinconcito de mi memoria del que estoy convencida asomarán de vez en cuando junto con la pincelada de una sonrisa.

Escribirlo me ha servido para darme cuenta de lo que dejé atrás, de que toda aquella experiencia ha sido una gran lección construida a base de asignaturas que tuve que ir afrontando, superando, a medida que avanzaba mi camino en aquella ciudad. Pero esta gran lección no finalizó cuando partió el avión de vuelta a casa…

Porque la vida de un expat no acaba cuando regresas. Hay algo que permanece en tu interior, algo que no quieres dejar ir. Como pequeños flashes, te van llegando escenas vividas, recuerdos de lugares, de personas. Echas en falta todo aquello que tanto te chocaba al principio; olores, sabores, sonidos, costumbres… y también esos momentos con tus amigas, unas más cercanas y otras no tanto, pero ratitos al fin y al cabo que hacían que tu vida allí fuera mucho más acogedora y llevadera.

Pensaba en los instantes especiales, inolvidables, que sabía que siempre iban a permanecer conmigo, aunque el tiempo pasara, aunque las cosas cambiaran… Como todas aquellas ocasiones que finalmente pudimos tener Núria y yo para vernos antes de marcharme, mostrándome que la persona que conocí seguía estando allí, aquella amiga dulce, sincera, cercana, y con la que también pude contar tras mi vuelta hasta que todo se trastocó. Una amistad de la que solo me quedará el recuerdo de los instantes más cercanos, más queridos, alejándome e intentando borrar todo lo que finalmente enturbió nuestra relación.

Regresar durante la época de navidades hizo que en un principio la vuelta no resultara tan frustrante, todo lo contrario. Me emocionaba aquellos abrazos asfixiantes de mis amigas al verme de nuevo sabiendo que ya no me iba a ir, sentía la felicidad de toda la familia cuando íbamos de casa en casa celebrando las fiestas y nuestra vuelta.

Todos nos arropaban, se alegraban por estar de nuevo juntos, por nuestro regreso. Y al principio también te sientes feliz, pero notas que hay algo en tu interior que no está bien. Te felicitan por la vuelta porque entienden que eso es lo que más deseabas, intuyen que tu hijo está loco por estar de nuevo en su antiguo cole con sus amigos o presuponen que tú estas contenta por poder hacer e ir de nuevo donde siempre porque es lo que conoces y ya no te va a resultar extraño… Pero eso no es lo que sentía. Comprendía esa alegría por parte de todos, y la compartía aunque había una parte de mí que seguía conectada a todo lo que habíamos dejado… lo extrañaba sin darme cuenta.

Y aquí comienza la nueva etapa de un expat, o mejor dicho, de un repatriado. Cuando inicias tu vida en otro lugar intentas anticiparte a lo que te pueda venir, buscas información del país en cuestión o te añades a todos los grupos posibles de “españoles en…” de Facebook para conocer opiniones y poder comentar dudas. Incluso, una vez que estás allí, algunas de tus nuevas amistades te ayudan a superar el trance inicial de adaptación, dando su apoyo y comprendiéndote en ese momento porque ellas mismas lo han vivido.

Pero al regresar sientes como si nada estuviera en su sitio, como si nadie te comprendiera, como si lo único válido fuera lo que dejaste como expat y te vieses ahora en la obligación de continuar lo que fue tu vida antes de irte. A tu vuelta no encuentras esos foros donde hay más personas con tus mismas preocupaciones, ni blogs dónde puedas leer que no eres un bicho raro y que lo que te pasa es normal, ni amistades a tu alrededor que puedan decirte que tranquila, esto pasará y si el inicio es jodido al igual que lo fue a la ida, en poco tiempo te readaptarás a tu “nueva vida” y lo verás todo con otros ojos.

Quise volver con la mirada puesta en el futuro, pero se hacía difícil intentar desconectar de lo que había sido mi vida de expat. Era consciente de que no sería fácil situarme en la casilla de salida y reencontrarme con todo lo que me había rodeado tiempo atrás.

Y no lo fue. Inconscientemente magnificaba todo aquello que había dejado, comparaba ambas vidas, sin darme cuenta que lo único que me proporcionaba era retrasar la aceptación de mi nueva realidad. Sorprendida por sorprenderme… por tener sensaciones tan opuestas a como yo sentía mi hogar de siempre. Lo veía todo con dimensión diminuta; autopistas, colegios, edificios, centros comerciales, coches… tenía la impresión de que cada cosa que veía había menguado de tamaño.

Sensaciones extrañas en tu propia ciudad… Esperando en la puerta del colegio la salida de Daniel y notar como las personas a mi alrededor no hablaban inglés, que quienes venían a buscarlos eran los padres y no las cuidadoras, las “maids”, que los niños ya no eran de diferentes nacionalidades: indios, coreanos, libaneses, jordanos, sirios, ingleses, rusos, egipcios… Ir a comer a un restaurante y decirle al camarero con total naturalidad al traer la cuenta un “thank you”. Pensar varias veces que ya no debía dejar alegremente el bolso o el móvil sin vigilancia en cualquier sitio. Maldecir que en la gasolinera ya no estaba el chico a quién decirle tras bajar la ventanilla “full special, please” teniéndome que salir del coche para repostar y pagar.

Quizás me encontré en una ciudad como Dubái que te hacía la vida mucho más fácil en algunos aspectos, una vida que pasado el tiempo y viéndola con perspectiva me pareció que era como estar dentro de una burbuja. Demasiado de todo; de seguridad, de ocio, de sol, de playas, de brunchs, de cafés con amigas, de mil restaurantes, de infinidad de opciones para entretenerte. Difícil deshacerte de todo aquello…

Pero no solo a mí me sucedía. Advertía como Daniel mencionaba, sin darse cuenta, las virtudes de su anterior colegio, de lo “guays” que habían sido sus compañeros de clase y amigos, de poder ir a la piscina o a la playa todos los días del año, de como le gustaba ir a casa de sus vecinitos españoles para jugar o que ellos vinieran a buscarlo a la nuestra siempre que quisieran sin tener que coger el coche. Pero de la misma forma que yo tuve que desanclarme de aquella realidad paralela, le hice ver a Daniel que tenía que vivir el momento, que aquello acabó y que ahora su realidad era la que estábamos viviendo, que nunca olvidaría todo lo bueno que pasó allí pero que ahora tocaba disfrutar el presente.

El presente… ¿Cuál iba a ser el mío a partir de ahora? Con el tiempo te das cuenta que lo primero que tienes que hacer es precisamente saber que vas a hacer. Tenía claro que es lo que no quería, pero… ¿qué quería? Llevaba mucho tiempo con el rumbo perdido, creo que incluso antes de mi llegada a Dubái, quizás todo lo que me ahogaba allí fue causado en parte por esta falta de entusiasmo por visualizar mi futuro sin la idea en mente de una meta u objetivo, me bastaba fluir con el día a día. En un principio es lo que me apetecía, estar con mi hijo, dedicarme a él sin importarme nada más, pero poco a poco se fue convirtiendo en una rutina de la que no fuí consciente estar y que acabó por hacerme olvidar de mí misma. Ese cambio que experimenté durante mi estancia en Dubái y que en un principio no lograba entender, ese comenzar a conocerme, permitió sin yo saberlo, resetearme tiempo después de mi vuelta y poner la primera piedra de lo que sería la nueva versión de mí.

Comencé a dejar atrás ataduras a un pasado que ya no estaba allí haciendo que mi día a día fuese lo prioritario y asumiendo, al fin, que mi nueva vida ya se había alejado de la anterior. Y comencé a disfrutar de nuevo; de los paseos por la playa, de la luz del sol reflejada en ese mar mediterraneo que tantos dias de infancia había conocido, de la naturaleza que rodeaba mi hogar, de las comidas familiares, de las cenas con amigas, de la copa de vino en un restaurante, de la cerveza helada en el bar acompañada de unas olivas, de poder vestir como me diera la gana sin pensar en prohiciones, de conectarme a internet sin censuras y con total libertad…

Volví a empezar, pero esta vez mirando hacia adelante, viendo una puerta a oportunidades para crecer, para crear, para motivarme con nuevos retos y posibilidades. Retos como retomar la escritura, iniciar lo que sería este blog para, en un principio, ordenar mi cabeza de todo lo experimentado atreviéndome incluso a compartirlo tiempo después, quizás convencida de que a nadie le interesaría lo que ahí estaba escrito, siendo suficiente el hecho de estar creando algo por y para mí. Retos como iniciar unos nuevos estudios universitarios después de años de haber finalizado mi carrera de filóloga no cediendo a mi impulso habitual de abandonar ante cualquier atisbo de fracaso.

Saber ahora donde está mi zona de confort y tener la confianza de poder salir de ella, controlar los límites y dar un pasito fuera cuando me apetezca retarme. Pensar en positivo, rodearte de gente que te quiere, te aprecia, y suma en tu vida como tu familia, como tus amigos de siempre. Descubrir o redescubrir amistades que estaban ahí, en un segundo plano, esperando a asomar en el momento adecuado para abrirme los ojos a un mundo de posibilidades…

Una de ellas mi querida amiga Sonia, siempre dándome luz y serenidad, siempre estando ahí, siempre dispuesta a todo. Todavía recuerdo con una sonrisa ese largo viaje en coche que hicimos a lo Thelma y Louise y en el que tras horas de charlas me preguntó “y ahora ¿qué te gustaría hacer?” Fue una pregunta obvia, de difícil respuesta cuando te sientes perdida en la vida pero que hizo cuestionarme mi futuro proporcionándome el escopetazo de salida a mi reinvención personal.

Otra de ellas, mi inspiradora y ciberamiga Laura, la otra Laura, la mallorquina de mil mundos, la que me enganchó a su blog con sus adictivos posts. Cuántas veces me hizo reflexionar ante mis dudas, abriéndome la puerta a una forma de ver la vida desde otro ángulo, desde la confianza en una misma sin temor a caer en el error, desde la visión de que el mundo está ahí para disfrutarlo y que nunca es tarde para lograrlo. Fue la guia perfecta con su contagiosa positividad, motivación y vitalidad.

Nuevos objetivos, nuevas metas, nuevas ilusiones. Ya no hay dudas, ni obstáculos, ni miedos, ni culpabilidades. Ahora se lo que quiero, voy a por ello sin complejos y con la plena confianza de que solo hay una persona que puede ayudarme en todo aquello que me proponga, yo misma.

No hay más secreto que este… nuestra actitud ante la vida, una actitud resumida en aquellas palabras escritas en mi primer post, 1. La vida te da oportunidades,  y con las que pongo punto y final a esta historia… mi historia:

 “La vida te da oportunidades, te las planta delante de ti y tú decides que hacer con ellas”.

1. La vida te da oportunidades

1. La vida te da oportunidades

La vida te da oportunidades, te las planta delante de ti y tú decides que hacer con ellas. Puedes envolverte en la negatividad y ver que aquello que te han regalado no llega en el mejor momento, que no es lo que querías, que no te apetece salir de tu zona de confort, en definitiva no quieres volver a empezar porque ya está bien cómo estás. Pero ¿y si optas por elegir la otra cara?, la buena, la que te lleva a mirar con ojos de explorar nuevas experiencias, nuevos caminos,  nuevos proyectos.

Ojalá me hubiese hecho este planteamiento el día que recibí la noticia pero en aquel momento estaba cansada de no poder mantener una estabilidad en nuestras vidas, de ir de aquí para allá, de cambio de casa en cambio de casa. Así que era inevitable que mi yo conformista surgiera y eligiera la primera opción. Todavía recuerdo el momento en el que mi marido me dijo: “me han ofrecido un puesto en Dubái”. Agosto del 2014, yo en el jardín, brocha en mano, dando la fastidiosa capa de aceite a los muebles y de repente el bombazo ¡no podía creerme lo que estaba oyendo! Apenas hacia un año que habíamos estrenado nuevo hogar.

El paso del tiempo nos da la perspectiva justa para poder analizar los momentos del pasado. Así que echo la vista atrás, hasta los días y semanas posteriores a la “gran noticia” y me sigo preguntando porque tomé esa decisión de cerrarme a lo desconocido, de no querer enfrentarme a un nuevo reto en mi vida, incluso a  no ver lo bueno que podía ser para mi familia, para mi hijo. La mente es en ocasiones tan caprichosa… o quizás somos nosotros mismos quienes forzamos a ver las cosas de cierta manera para sentirnos más cómodos. Lo cierto es que la ilusión que supuestamente debería tener por la posibilidad de comenzar una nueva vida llena de retos la convertí en desgana y miedo ante lo que estaba por llegar.

No era la primera vez que íbamos a vivir en otro país. Tres años antes habíamos vuelto de nuestra experiencia chilena cuya duración fue de casi dos años y  podríamos definirla como algo aventurera y peculiar. Allí, seis meses antes de regresar, nos encontramos con la misma oportunidad que se nos ofrecía ahora,  ir a trabajar a Dubái. Pero mis sensaciones en aquel momento fueron bien distintas, sentía alegría, ilusión, ganas. Ilusión por poder ir a un país exótico y tremendamente atractivo, muchas esperanzas depositadas en ese nuevo futuro el cual estaba prácticamente confirmado y que finalmente no llegó. Creo que esa desilusión tan dolorosa para nosotros fue la que me hizo cerrar los ojos para no sentir la misma decepción si algo volvía a fallar llegando a pensar que mi lugar debía estar en Barcelona.

A pesar de las dudas que llegaban a mi mente por todo lo que nos iba a cambiar la vida, éstas no influyeron en el apoyo que le di a Sergio. Era consciente de lo que significaba para él a nivel profesional y personal y no podía negarme a seguirle. Creo que es uno de los mayores valores que podemos tener las mujeres de expats, el liarnos la manta a la cabeza y el decir “adelante que podemos con todo”. Supone el asumir lo que vas a dejar atrás y estar dispuesta a hacerlo. Te has de separar de tu familia, amigos, trabajo, costumbres y partir de cero allá donde vas. Y por descontado el ser madre añade un extra de responsabilidad, tu hijo es lo primero, es el centro de todas tus preocupaciones y por él has de luchar para superar tus miedos.

Recuerdo el momento en que decidimos decirle a Daniel que íbamos a vivir a Dubái. Lo sentamos junto a nosotros y comenzamos a explicarle como iba a ser nuestra vida a partir de ahora, que su papa iba a ausentarse durante unos meses y que en verano dejaríamos nuestra casa para trasladarnos al nuevo país. Su reacción fue admirable, lo comprendió a su manera, como el niño de ocho años que era, imaginándose una ciudad en el desierto, con rascacielos, cochazos de lujo y palmeras. Para él significaba toda una aventura sin importarle ni como era, ni dónde estaba ni las dificultades con las que se iba a enfrentar.

Todo cambio tan rápidamente… en apenas tres meses tuvimos que hacernos a la idea de la prolongada ausencia de mi marido. Decidimos que nuestro hijo acabara ese curso en Barcelona y comenzara el próximo ya en el nuevo país. Y ahí asomaron las primeras dudas ¿elegir colegio, cuál? ¿Estaría preparado para poder integrarse en uno de habla inglesa? ¿Cómo se sentiría él? Cuantos miedos… se me hacía un nudo en el estómago nada más pensarlo. ¿Y yo? ¿Sería capaz de desenvolverme en el día a día? ¿El idioma? ¿Cómo serían sus costumbres? ¿Y la gente? Dudas, dudas, dudas… La actitud con la que afrontamos los problemas hace que podamos disfrutar del momento  o por el contrario vayamos lamentándonos de todo lo que nos sucede sin darle una solución ¿Hasta qué punto somos esclavos de nuestros propios pensamientos impidiéndonos avanzar? Me autoconvencí de que la mejor manera de lidiar con todo aquello era optar por la solución fácil, la conformista, la de dejarme llevar y verlas venir cuando llegase el momento, quizás pensando que el haber tenido una experiencia previa viviendo fuera de mi país haría que me resultase todo más sencillo. Lo cierto es que estos pensamientos me ataron a una realidad de la que no quería salir y creo que me condicionó a la hora de desenvolverme en mis inicios en mi  nueva vida. Siempre echando la mirada atrás… ojalá  me hubiese quitado la venda de los ojos cuando debía hacerlo.

Las semanas pasaban y se iban haciendo cada vez más pesadas, por una parte por ver que nuestro tiempo en Barcelona llegaba a su fin y por otra por la ausencia de Sergio. Durante los ocho meses que estuvimos separados únicamente pudimos verlo en tres o cuatro ocasiones. En una de ellas pensamos en sorprender a Daniel  y no decirle nada de su visita a casa. Me gusta ver a la gente feliz y no hay nada mejor que lo inesperado para conseguir este fin. Soy así, no lo puedo remediar, así que sabía que la mayor alegría que podía ofrecerle a mi hijo en esos días sería la de ver a su padre en el momento más insospechado, a la salida del colegio. Es bonito guardar recuerdos así, momentos  inolvidables y llenos de cariño que al final te hacen estremecer cuando regresan a tu mente. Ver su carita a medida que se acercaba a nosotros y no creerse lo que estaba viendo no tenía precio pero oír sus palabras “¡papi, papi estas aquí!” mientras se abalanzaba emocionado sobre su padre fue totalmente conmovedor.

Era hora de ponerse las pilas e intentar dar un pasito hacia adelante. Nuestro viaje a Dubái en Semana Santa se convirtió en la medicina que necesitaba para conseguir salvar el obstáculo que me impedía avanzar. Nada más bajar del avión y verme en aquel inmenso aeropuerto, rodeada de aquel ambiente que hacia tan peculiar el país, hizo que por fin comenzara a surgir en mí el gusanillo de la curiosidad. Los días allí se convirtieron en un tour turístico por la ciudad. Sergio me iba enseñando posibles zonas donde vivir, el colegio al cual finalmente iría Daniel,  los edificios espectaculares, los coches deportivos a cual más lujoso, los malls gigantescos… todo en ese país era inmenso! Daniel alucinaba, yo alucinaba ¿Cómo podía resistirme a eso? ¡Íbamos a vivir allí! Ese empujoncito ya estaba dado, el clic que necesitaba puso en marcha el motor de las ganas por iniciar nuestra nueva experiencia vital. Fue como soltar una mochila llena de piedras, llena de temores que no tenían ningún sentido y que iba arrastrando sobre mis hombros desde hacía meses. Me di cuenta de que no valía la pena malgastar el tiempo en ideas preconcebidas de algo que ni siquiera había ocurrido, en pensamientos sobre un futuro que no había llegado ni en incertidumbres que no podía controlar. Mi discurso había cambiado,  podía hablar con entusiasmo de nuestro nuevo proyecto, de lo bueno que sería para Daniel en su educación, de los nuevos retos a los que me podría enfrentar. Se podría decir que la lucecita de la ilusión, por fin, se había encendido en mi interior.

Se acercaba el verano y eso suponía comenzar a pensar en las despedidas. Creo firmemente que ese es el momento en el que realmente tomas conciencia de que todo va a cambiar en tu vida, en el que te vas a alejar de aquello que conoces y quieres. Al igual que en nuestra partida a Chile, fuimos diciendo adiós a amigos y familiares en comidas, cenas o cafés. No resulta nada fácil, en especial cuando sabes lo que significa para tus padres. En esta ocasión hubo algo que sí cambió con respecto a la primera vez y era el saber que muy posiblemente mi madre tendría dificultades en reconocernos cuando nos volviese a ver. En aquel viaje pudo decirme ´´adiós´´, despedirse de su nieto, darnos un beso sabiendo lo que ese instante suponía pero ahora todo era diferente, su alzheimer dificultaba enormemente el que fuera consciente de que íbamos a estar alejados de ella. Apenas podíamos mantener una mínima conversación porque su mente ya no era capaz de hilvanar dos frases seguidas con algún sentido pero no importaba, rellenaba esos huecos de incoherencia con sonrisas. Sin duda el tener que despedirme de mis padres fue lo más triste y lo más duro. Por suerte las redes sociales iban a ayudarnos a mantener el contacto con la gente que dejábamos atrás y esa fue una gran diferencia con Chile, donde las únicas vías de comunicación eran Skype, email o Facebook (las llamadas de voz costaban un pastón y el Sr. Jobs todavía no había inventado el iPhone así que los mensajes instantáneos vía WhatsApp eran entonces cosa del futuro). La proximidad de Dubái también hacía que fuese más factible poder viajar a casa en los periodos de vacaciones lo que añadía una tranquilidad extra y evitaría tener esa sensación de añoranza cuando te vas a vivir fuera de tu zona de confort. Y para acabar de ampliar esta visión positivista tenía que sumarle las  promesas de que irían a visitarnos amistades y familiares, cosa para un expat muy reconfortante. Así que ya podía decir sin lugar a dudas que el globo de las ilusiones se había hinchado enormemente!

Nervios, nervios y nervios. El mes de agosto se acercaba y con él el ajetreo de ultimar nuestro equipaje. Esta vez no íbamos a ir cargados con montones de maletas ni esperar la mudanza que llegara hasta nuestro nuevo hogar. Simplemente ropa y alguna que otra caja con objetos personales. Supongo que la experiencia chilena nos sirvió para no ir “con la casa a cuestas”, de valorar lo que era imprescindible y de comprar lo que fuese necesario en nuestro destino. Ahora solo quedaba esperar al día señalado, quince de agosto, justamente un año después de saber que nuestras vidas iban a cambiar…

¡Y por fin llegó! Difícil describir ese día, un mar de emociones contrapuestas. Asomaban las ganas de iniciar este nuevo proyecto en nuestras vidas pero el vértigo de saber si seriamos capaces, tanto mi hijo como yo, de adaptarnos a una cultura que hasta ahora era una total desconocida estaban ahí. Sin duda, la tranquilidad de saber que mi marido nos guiaría y acompañaría en todo momento durante este proceso me reconfortaba y tranquilizaba. Repasamos la lista de todo aquello que teníamos que llevarnos una y otra vez, cerciorándonos de que nada faltara, maletas ok, cajas ok, nosotros… ok. Ahora solo quedaba cargar los coches, el de mi suegro y el de mi padre y dirigirnos hacia el aeropuerto. Llegamos sin problemas y con un par de carros nos dirigimos hacia el mostrador de Emirates. Mi marido, mi hijo y mis suegros caminaban unos pasos por delante de mí, conversando, mientras yo ralentizaba mi ritmo a la espera de que me alcanzasen mis padres. Allí parada en mitad del pasillo, los miraba fijamente, observando como mi padre intentaba ayudar a mi madre a no quedarse atrás. Me di cuenta entonces de como el tiempo y su enfermedad la habían hecho cambiar. Quedaba tan poquito de aquella mujer alegre, siempre dispuesta a todo, joven por dentro y por fuera. Esta despedida era diferente, pensaba en lo duro que hasta ahora le era a mi padre el poder cuidarla y en cómo me frustraba la imposibilidad de no poder estar cerca a partir de ahora para poder ayudarle, en lo difícil que me resultaba el decir adiós a mi madre y que ella no fuera consciente de su significado. A duras penas sabía quiénes éramos por lo que  la simple idea de no ser reconocidos la próxima vez que la viésemos me angustiaba.

No fue una despedida dramática, besos y abrazos sin lágrimas aunque la procesión iba por dentro. Nos alejamos de ellos y nos encaminamos a pasar el arco de seguridad. Una vez todo estuvo listo ya sólo nos quedaba esperar al embarque. No quería pensar en el mañana, en lo que suponía este viaje de ida, solo quería relajarme leyendo mientras llegaba la llamada para acceder al avión…