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Por qué debes dejar de ser una mamá multitarea

Por qué debes dejar de ser una mamá multitarea

Si quieres llevar una vida sin estrés, sentirte más eficaz con tu tiempo y, además, tener la capacidad de disponer y disfrutar de momentos para ti, deberías empezar a pensar en dejar de ser una mamá multitarea.

¿Cuántas veces te has sentido como un robot tratando de hacer mil y unas cosas al mismo tiempo? Parece como si ser madre viniera acompañada de la obligación de cumplir todas y cada una de las tareas que nos van surgiendo –y nos ponemos nosotras– a lo largo del día.

Yo misma reconozco que la maternidad me da muchísimas cosas buenas, pero también supone cargar con un extra de responsabilidad que, en ciertos momentos, nos hace querer controlarlo todo para no fallar.

El término multitarea hacía referencia a la capacidad que tenían ciertos ordenadores IBM –en la década de los sesenta– para ejecutar múltiples tareas con un solo procesador, algo que se desvirtuó con el tiempo identificando el concepto con la capacidad, de una sola persona, de hacer múltiples actividades simultáneamente.

Ciertamente, las personas sí tenemos esa habilidad, pero no la de ser capaces de centrar nuestra atención en diferentes cosas al mismo tiempo. Lo que se traduce en olvidos y errores por dispersarnos en mil cosas.

Hablar de mamás multitarea no es hablar de una superwoman capaz de dividirse para llegar a todo –corriendo como pollo sin cabeza en la mayoría de las veces– sino de una persona que acabará el día más estresada de lo que lo empezó.

Cómo te afecta querer abarcarlo todo

Pues siendo una persona estresada, menos exigente, desmotivada en ciertos momentos y, lo peor de todo, sin tener tiempo para ti.

Ya lo dice Gary Keller en su libro “Lo Único”: «No es que nos falte tiempo para hacer todas las cosas que tenemos que hacer, es que sentimos la necesidad de hacer demasiadas cosas en el tiempo que tenemos»

Así que, si pensabas que hacer infinidad de cosas a la vez era la salvación para sobrellevar tu vida, siento decirte que estás equivocada. La multitarea no te va a ahorrar tiempo, lo único que vas a conseguir es malgastarlo.

Nuestro cerebro no está diseñado para centrar la atención plena en dos tareas simultáneamente. Lo que consigues, cuando te pones en modo multitask, es dividir tu atención y reducir tu eficacia en el resultado de todo lo que estés haciendo al mismo tiempo.

“La multitarea no es más que la oportunidad de fastidiar más de una cosa a la vez”

Steve Uzzell

Una madre multitatarea es, por lo general, aquella que se cree capaz de controlar y realizar todo lo que se ha propuesto. Vamos, lo que viene a ser una superwoman. Es madre, esposa, mujer trabajadora y está siempre dispuesta para todo y para todos… aunque para ella nunca hay tiempo.

Si te has sentido identificada, seguro que sabrás de lo que te estoy hablando.

Tienes en mente todos los detalles de tu día a día, intentando planificarte para encajarlos como un Tetris pero es que, además, cargas a tus espaldas la agenda de actividades de tu familia.

Con todo este coctel ¿cómo crees que puede afectarte en tu vida? Pues anteponiendo el bienestar de los demás al tuyo. En definitiva, que acabas siendo exigente contigo misma para lograr satisfacer a todos pero no lo eres para tus propias necesidades.

Es por eso que, esa capacidad para absorber todo lo que te echen encima, termina por volverse en tu contra y por afectarte emocionalmente. Ni te sientes plena con tu vida –vives más para los demás que para ti–, ni motivada, ni disfrutas del tiempo con los que te rodean porque tu mente va dando tumbos recordando “todo lo que tiene que hacer”.

Pero ni siquiera eres feliz con tu tiempo ¿sabes por qué? Porque apenas dispones de él y el poco que tienes lo necesitas para descansar.

Las consecuencias, por pretender llevar una vida con el cien por cien de tareas tachadas al finalizar el día, no son nada beneficiosas para tu salud física ni mental, ni siquiera para los que te rodean.

Porque, viviendo en esta sociedad frenética en la que palabras como “ahora” o “para ya” han pasado a ser parte de nuestro vocabulario diario, presagiar que podemos deshacernos de ellas en nuestro contexto familiar resulta prácticamente imposible.

Así que plantéate esta pregunta:

¿Cómo puedo dejar de ser mamá multitarea para pasar a ser más efectiva con mi tiempo?

Empieza por la organización. Es primordial para lograr llevar a cabo las tareas marcadas en tu día a día, hacerlas de una en una y con plena atención. Saber qué hacer y cómo, escogiendo la que mejor se adapte a tu energía mental y a tu contexto en ese momento, te permitirá ser más efectiva con tu tiempo.

Si mientras estás en la oficina, escribiendo el informe para tu jefe, te acuerdas de pedir cita al médico para tu hijo ¿qué crees que pasará si paras lo que estabas haciendo para llamar? Que la concentración en la tarea se perderá porque tu cerebro se centrará en otra acción, provocando olvido y errores cuando reanudes tu actividad inicial.

Como ves, no te hablo de gestionar el tiempo –algo imposible– sino de ser eficaz con el que tienes, de estar por lo que estás sin que nada más ronde tu mente, de tener atención plena y sin distracciones. De empezar y finalizar sin dejar nada a medias.

Para y reflexiona. Antes de ponerte a hacer cosas como si no hubiese un mañana piensa en lo que tienes por delante y qué significado tiene para ti. Pregúntate ¿Qué pasaría si no lo hiciera? ¿Es absolutamente necesario realizarlo hoy? Mira más allá y ponlo en perspectiva.

Pon límites. A ti y a los demás. Evitarás los momentos de angustia por querer satisfacer a todos sin que nada falle por el camino.  

Ten presente tu círculo de influencia o lo que es lo mismo, ocúpate de lo que está en tu mano y no te centres en preocupaciones. Lo único que hacen es emborronar tu mente sin darte soluciones.

Si algo no lo puedes controlar ¿para qué darle vueltas? Aparentar ser una madre con el total control de su vida lo único que te llevará es al desánimo y a la quemazón. No luches contra lo que no puedes y dedica, ese tiempo valioso que te pertenece, a encontrar opciones en lugar de obstáculos.

Sé menos protectora con tu familia. Eres madre y te desvives por tus hijos, eso es normal, pero debes comenzar a darles más libertad, a permitirles aprender de sus errores y de sus frustraciones.

No quieras estar en todo momento supervisando todo lo que hace. Deja que se equivoque con los deberes, que tropiece, que experimente, que exprese quién quiere ser. Pero no controles, no sobreprotejas porque lo que conseguirás será sentirte estresada por querer su bienestar a toda costa, sumergiéndote en un miedo constante por lo que le pueda pasar.

Un miedo que, sin quererlo, le acabarás transmitiendo y que se traducirá en un niño asustadizo, con una baja autoestima y con pocos recursos para sobrellevar cualquier contratiempo.

Dar espacio te liberará de ese tiempo extra que dedicabas a tus hijos por querer protegerlos en todo momento, además de ganar en salud emocional y vivir en un ambiente familiar más relajado.

En definitiva, dejar de ser una mamá multitarea te proporcionará una mayor concentración en lo que estás haciendo, serás más eficiente con tu tiempo y ganarás en bienestar emocional.

Y, sobre todo, obtendrás tiempo de calidad con tu familia, pero también para ti, para disfrutarlo como te mereces.

Encontrar el equilibrio entre ser madre y mujer

Encontrar el equilibrio entre ser madre y mujer

Hoy me ha dado por pensar en los primeros años de mi experiencia maternal y en cómo se había ido transformando mi vida desde entonces, en lo rápido que había crecido mi hijo desde aquel 2006 y en lo difícil que fue encontrar el equilibrio entre ser madre y mujer.

Creo que el día que vi el positivo en mi test de embarazo empezaron a aparecer las sombras de los miedos e inseguridades como madre: por saber si tendría un buen embarazo, si nacería bien, si sabría atender todas sus necesidades, si lo educaría correctamente… mil dudas que crecían a medida que lo hacía mi barriga sin saber que el instinto y la propia experiencia que iría acumulando me enseñarían el camino.

Pero no voy a hablarte sobre cómo fue mi embarazo, ni de las pataditas a traición de mi retoño cuando mi enorme barriga de ocho meses se le ocurría toparse con la mesa mientras trabajaba en la oficina, ni como las odiosas contracciones me hacían maldecir a diestro y siniestro camino del hospital a media noche, ni como experimenté la tirada en plancha del enfermero encima de mi barriga en pleno apogeo “empuja, empuja”…

Lo que hoy quería explicarte es cómo me cambió, como mujer, la experiencia de ser madre. Una experiencia única y maravillosa pero que hizo replantearme mis prioridades en la vida. Lo que hasta ese momento conformaba mi mundo, mi pareja y yo, se agrandó con una personita a la que teníamos que cuidar, educar, enseñar.

Es un sentimiento difícil de explicar, pero en cuanto tuve entre mis brazos a mi pequeñín sentí como si se iniciara un momento mágico, donde mi “yo mujer” se empezaba a transformar en mi nuevo “yo madre”. Te centras en él, vives por él, todo en tu vida pasa a girar en torno a él…

Nadie dijo que esto de ser madre fuese tarea fácil, aunque tampoco te avisan que te prepares con lo que viene después de serlo, o mejor dicho, para tu lío mental dónde parece que te vayas a batir en duelo entre tu lado mujer y tu lado madre.

No se puede generalizar, claro está, pero hay una buena parte de mujeres que pasado un tiempo tras la maternidad se sienten confundidas. Y es que ser madre te cambia la vida pero además también cambias tú, ya no solo físicamente sino que llega un momento en el que tu identidad como mujer ya no la reconoces.

Ser madre supone iniciar un vínculo emocional tan inmenso con tu hijo, desde que nace, que tu vida y tú misma pasa a un segundo plano. Nada es más importante que las necesidades de tu hijo y te das en cuerpo y alma a su crianza. Es lo lógico cuando una criatura depende exclusivamente de ti para subsistir y crecer de un modo sano.

¿Pero que sucede cuando te requieren más de lo que puedes dar o las cosas no salen como las habías «idealizado»?. Comienzan las dudas de tu rol como madre: de si lo estás alimentando adecuadamente, de si esa caída que tuvo en el parque la podrías haber evitado, de si tanto resfriado es porque no lo abrigas lo suficiente, de si desistes de darle de amamantar es que no piensas en tu hijo…

Dudas que pueden surgir en cualquier etapa de la maternidad. Recuerdo una de mis sesiones con una clienta en la que se cuestionaba si había sido una buena madre durante la infancia de sus hijas. Me decía que ella quería darles lo mejor para que fuesen felices y dudaba de si ese «darles lo mejor» era el causante de la rebeldía de una de ellas en plena adolescencia. Esta situación actual le hacía debatirse entre aceptar los desplantes y desprecios de su hija y comportarse como una «buena» madre o priorizar su bienestar emocional como mujer y tratarla con distancia emocional para que no le afectase.

Encontrar herramientas para lograr gestionar esta inseguridad, para conseguir encontrar el equilibrio justo, entre el rol de madre y tu identidad personal como mujer, es algo primordial para una vida sana y feliz. Y un primer paso es cambiar esas creencias que nos limitan a la hora de avanzar en una buena relación entre ambas partes. Asumir, sin culpa, que nos podemos equivocar y que el priorizarte en los momentos que lo necesites no tiene nada que ver con tu rol maternal.

Y en este punto es cuando comienza la difícil tarea de contentar a la sociedad moderna y vivir con su estereotipo de mujer “superwoman”, esa mujer que no renuncia a nada, puede con todo, hace feliz a su familia, tiene tiempo para todos y siempre con una sonrisa porque el ser madre te da “megapower”.

Así que en el momento que algo de todo eso no se cumple, la misma sociedad que te aupaba comienza a mirarte con recelo. Si dejas tu trabajo porque optas por dedicar los años de infancia de tu hijo a su cuidado y a disfrutar de la experiencia de verlo crecer, malo. Malo porque renuncias a tu parte de “mujer trabajadora”, autónoma, moderna.

Y luego tenemos el otro extremo, la parte tradicional que ve a la madre como mujer sufridora, la que debe dar veinticuatro horas al día sin sentirse egoísta, la que ha de hipotecar su bienestar por el bien de los demás, la que ha de sacrificarse como hicieron nuestros madres y abuelas.

Ser mujer y madre puede ser perfectamente compatible, y así debería ser siempre, pero las exigencias de lo que culturalmente “está bien visto” acaban por influenciarte, creándote inseguridades y creencias con respecto a lo “buena” o “mala” que eres en cada uno de tus roles.

Y en medio de todo este vaivén de tetris mental sigue estando tu hijo. Ciertamente no te replanteas nada de todo lo que he comentado hasta que comienzas a darte cuenta que tu retoño puede valerse por sí mismo. Hasta ese momento crees que tu vida es perfecta, y ciertamente lo es porque te sientes feliz. Estás en casa con tu pequeñín disfrutando de él y sin perderte nada de su infancia, y es algo que podría afirmar, sin temor a equivocarme, que ninguna madre se arrepiente de haberlo hecho. ¡Todos esos recuerdos no tienen precio!.

En mi caso personal, como olvidar el par de años que vivimos mi marido y yo junto a nuestro hijo Daniel en Chile. Llegó allí estrenando los tres añitos y con las inseguridades normales a su edad pero multiplicadas por dos, lo que supuso un plus de demanda maternal.

No sé realmente cuando me llegó ese momento de iluminación o de despertar en el que advertí que faltaba algo en mi vida. Quizás cuando sentí que como madre ya no era esa figura omnipresente que era reclamada constantemente. A medida que crecía, todo ese tiempo que requería de mí y que me provocaba un agotamiento mental y físico comenzó a aligerarse. Me dí cuenta que cada vez eran mayores los huecos en los que podía tener momentos para darle al botón “pause” de mi vida simplemente para descansar o reflexionar…

Reflexionar sobre quién era ahora, sobre la mujer que era ahora. Había evolucionado de mujer a madre y me había quedado en ese rol, estancada. Era como si no me diera el permiso a ser la mujer que quería ser, cómo si el pensar únicamente en mí fuera algo egoísta e irresponsable.

Todas tenemos nuestras circunstancias por las cuales dejamos de tratarnos como merecemos, de ocuparnos de nosotras mismas aunque sea en pequeños instantes. En mi caso, mi segunda experiencia como expatriada, esta vez en Dubái, acabó por exprimir esa parte dedicada a mi hijo. Todo eran preocupaciones por su adaptación ignorando que yo también necesitaba la mía. Solo resonaba en mi cabeza «colegio», «inglés», «amigos». Pero ese instinto maternal de sobreprotección acabó por relajarse cuando vi, tiempo después, que todo estaba controlado y apenas quedaba nada del niño inseguro de ocho años que llegó allí meses antes.

Lo que quedaba era una madre que empezaba a comprender que necesitaba un cambio, encontrar nuevas motivaciones y sobre todo, encontrarse a ella misma.

Nuestra vuelta como expatriados, apenas un año y medio después, no facilitó las cosas, pero fue un punto de inflexión que me hizo despertar definitivamente. Con la visión de ser una mujer con ninguna meta a la vista y con un hijo a las puertas de entrar en la secundaria ¿qué narices podía hacer?. Pues lo que debía haber hecho hacía tiempo, ¡Reencontrarme y reinventarme!.

A unas mujeres antes y a otras más tarde, pero al final esa transformación interior llega sin darte cuenta. En ocasiones, al igual que llega va desapareciendo o más bien, se va integrando en ti hasta que aquella identidad como mujer vuelve a recobrar vida. En otras ocasiones es la propia consciencia de necesitar algo más en tu vida la que te lleva a intentar encontrar un nuevo camino hacia tu reinvención personal.

Con mi experiencia te diría que si te encuentras en este momento de confusión, no dudes en empezar a dar un pasito hacia tu reencuentro como mujer. Descubre quién quieres ser y busca tu propósito en la vida. Piensa que el equilibrio entre ser madre y mujer es posible, que no tienes que hacer caso a las etiquetas y que si de verdad apuestas por algo que te motivaba y te hace sentir «tú», tienes que ir a por ello.

Ser madre es lo mas maravilloso que te puede suceder en la vida y de igual modo que estás disfrutando de cada instante con tu hijo, tienes que disfrutar de esos momentos que puedes estar contigo misma.

Ahora toca que te cuides, porque la vida sigue ahí, delante de ti, esperando a que te subas a su tren. Y porque te mereces ser feliz de la manera que tú lo sientas, haciendo lo que te gusta, siendo la mujer que verdaderamente quieres ser, siendo una madre que ahora es una nueva mujer…

¿No crees que merece la pena intentarlo?

Si te has quedado con ganas de saber cómo fue mi reinvención personal te invito a que leas mi artículo Reinventarse ¡Espero que te inspire!

Y si necesitas ese empujoncito hacia tu búsqueda de la nueva mujer no dudes en ponerte en contacto conmigo. ¡Estaré encantada de ayudarte!