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Cómo adaptarse al cambio en esta nueva normalidad

Cómo adaptarse al cambio en esta nueva normalidad

Te confieso que, cuando se trata de cambios, la gestión inicial la suelo llevar un poquito floja. Pero si hay algo que he ido aprendiendo durante estos últimos años es a aceptar los imprevistos que suelen aparecer a lo largo de mi vida.

Y, sin duda, este enorme, gigantesco y desconcertante revés –que a nivel global estamos viviendo– ha sido un golpe bajo, un k.o. en toda regla, diría yo.

Así que, adaptarse al cambio en esta nueva normalidad, se ha convertido en un trabajo personal a nivel emocional, tanto para mi familia como para mí y, posiblemente, para una gran mayoría de personas.

Trastocar la rutina diaria, el ritmo frenético de nuestras vidas, ha supuesto aprender a manejarse en un entorno en el que nunca nos habríamos imaginado. Nos ha tocado desenvolvernos dentro de una sociedad en la que ciertas reglas de vida, costumbres asimiladas desde la infancia, han quedado temporalmente anuladas.

Quizá me salga un post con cierto aire a estudio sociológico, pero es que no puedo evitar pensar cómo el ser humano se adapta a su entorno con una velocidad pasmosa. ¿Y por qué digo esto? porque no me negarás que, lo de salir de casa y coger la mascarilla no se ha convertido en un acto totalmente integrado en tu rutina diaria. Quién te lo iba a decir ¿verdad?

Y si te habías olvidado por unos instantes de esta nueva normalidad, solo hace falta repasar las tiendas online de moda para comprobar que puedes comprar ese vestido tan top para este verano junto con la mascarilla que mejor combina. Ya que nos la tenemos que poner, al menos que ¡no sea aburrida!

A veces pienso que es muy humano intentar normalizar la “anormalidad”, aunque solo sea para revestirla de cierto aire ilusionista, a lo David Copperfield. Sin embargo, el miedo sigue ahí, escondido bajo la gran tela negra desplegada para ocultar la realidad.

Miedo a perder a alguien o nuestro trabajo o nuestra salud, a acercarnos, a transmitir la enfermedad, a no poder vivir como hacíamos antes. Miedo al cambio, a romper las reglas, a aprender nuevas normas sociales de un modo antinatural. No beses, no abraces, no hables tan cerca…

Pero al final, acabamos por ir integrando –sin darnos cuenta– esta nueva realidad. Porque ahora besamos sin besar, abrazamos flojito – quizá con algo de recelo– dependiendo de la edad e intuimos sonrisas a través de las miradas.

Y los más pequeños ¿cómo adaptarse al cambio? Los niños son fuertes, los jóvenes pueden con todo, se adaptan fácilmente… eso dicen… Pero ¿sabes qué? Que no es verdad. Y lo sé porque me ocurrió en mi experiencia como expatriada. Todo el mundo me decía lo rápido y fácil que se iba a adaptar mi hijo de ocho años a un nuevo país. Sí que aprenden a velocidad de vértigo, pero sufren igual que un adulto y tienen sus preocupaciones, sus añoranzas, sus tristezas.

“Nuestros niños y jóvenes llevan meses sin poder salir de casa, meses sin poder disfrutar, aprender de sus iguales, desarrollar en plenitud los mecanismos de socialización que les son imprescindibles.”

Dolors Reig

Ahora no iba a ser menos. Mi hijo se ha convertido en un adolescente de trece años, con mil aventuras a sus espaldas a pesar de su juventud, pero vive la nueva realidad con resignación e intuyo que, en ciertos momentos, con algo de preocupación. Sensaciones que, estoy convencida, comparte con otros niños y adolescentes.

Pero han aprendido, han sabido estar, nos han dado una gran lección en control emocional, en responsabilidad y se convertirán –si no lo han hecho ya– en: la generación de la era postpandemia: la más emocionalmente inteligente y responsable de la historia, tal y como afirma en su artículo Dolors Reig,

Han sido noventa días sin poder salir y ahora que pueden, toca la pregunta del millón de los más pequeños ¿y tengo que ponerme la mascarilla? ¿y no podré abrazar a mi mejor amigo? ¿y no podré darles un beso a mis yayos? Preguntas, preguntas y más preguntas.

Así que, con la mayor naturalidad del mundo, debes responder con comprensión, haciéndoles ver que, como madre, como adulto, sientes exactamente lo mismo que ellos.

“Los niños de esta nueva generación son las grandes víctimas, pero también los grandes héroes del Covid19”

Dolors Reig

Dile, que también te da pena no poder achuchar hasta asfixiar a tus mejores amigos, a tus padres, a tus seres queridos. Que es un rollo ir con la mascarilla a todas partes pero que es como una tirita que nos protege, te cuida a ti y cuida a los demás. Que te puede dar un beso y dos y los que quiera pero a los demás, si los envía con un fuerte soplo, lo sentirán igual.

Para adaptarse al cambio de esta nueva normalidad necesitamos una llave que nos haga sentir que podemos desenvolvernos en ella. Te hablo de la aceptación. Es momento de aprender a gestionar este miedo a la incertidumbre, a la pérdida, a lo que te pueda traer el cambio y el modo de hacerlo es aceptando la nueva situación.

Aceptar no significa resignarse, ni ser insensible ni estar de acuerdo. Tomando las palabras de Borja Vilaseca si te resignas estás en el punto de llegada, con la aceptación en el punto de partida.

“Aquello que no eres capaz de aceptar es la única causa de tu sufrimiento”

Gerardo Schmedling

Aprendiendo a aceptar las situaciones, lograrás una mejor tolerancia a la frustración ante lo que no puedes controlar, verás el pasado como una lección de vida, tendrás una mejor capacidad de gestionar los imprevistos y sobreponerte a ellos, te abrirás a nuevas oportunidades. En definitiva, estarás dando un paso de gigante –sin darte cuenta– a esta adaptación al cambio que la nueva normalidad ha traído.

Si nos ha tocado vivir este momento, acepta la nueva realidad. Busca el lado positivo, aunque te parezca que no lo tiene. Si reflexionas, seguro que surgirá. Por ejemplo, es posible que por fin te hayas puesto las pilas en cuestión de conectividad online o de tecnología digital, algo que te puede ayudar si has decidido iniciar un nuevo proyecto profesional como mujer emprendedora.

No es lo que habíamos planeado en nuestra vida, lo sé, pero el mundo nos pone a prueba. Y es ahora cuando debes afrontar este reto con la mejor actitud posible, piensa en que eres un espejo para tus hijos, para los que te rodean. Adaptarse al cambio es aprender a tolerarlo, ajustarse a él, ser consciente de que nada es eterno y que todo está en constante movimiento.

¿Cómo llevas el cambio a esta nueva normalidad? ¿la aceptas o luchas contra ella?

¡¡Te espero en los comentarios!!

Eres perfecta tal y como eres

Eres perfecta tal y como eres

Supongo que debe ser la edad, pero a medida que pasa el tiempo lo de ser perfecta, o mejor dicho, la perfección exterior, esa que mostramos al resto para poder encajar con lo que nos rodea, la siento como una pesadez.

Y es que, sin duda, a estas alturas de mi vida lo que sí está presente en ella es pensar en algo tan cierto como que: “eres perfecta tal y como eres”.

Cuando te acercas a la cincuentena y te miras al espejo lo que tienes delante tuyo es la imagen de alguien a quién el paso del tiempo comienza a garabatearle arrugas en su rostro y a pintar su cabello con unas desafiantes canas, pero también a alguien a quién ese mismo paso del tiempo no le ha hecho cambiar su esencia… la persona que es, que soy: introvertida, paciente, serena, honesta, sincera, comprometida…

Deberíamos ir viendo pasar las etapas de la vida como momentos necesarios que nos hacen crecer como persona

Esa es la perfección en todos nosotros, la autenticidad, el ser como somos y no como quieren los demás que seamos o como nuestro “ideal” nos hace pensar que queremos ser. Un ideal que lo único que nos trae es sufrimiento por ese constante deseo de comparar lo que veo de mí (mi imperfección), con lo que me gustaría ser (ideal de perfección).

La experiencia de la vida debería aportar una visión calmada y reflexiva con la que relativizar esos deseos de convertirnos en lo que no somos, en buscar la copia perfecta de alguien idealizado. Deberíamos ir viendo pasar las etapas de la vida como momentos necesarios que nos hacen crecer como persona. Aprender de ellas para huir de estereotipos, de imágenes que lo único que consiguen es alejarnos de nuestro verdadero ser, de no aceptarnos ni de querenos tal y como somos.

Una de esas etapas es la de la maternidad. El ser madre supone una transformación, en todos los sentidos. Seguro que has notado que tu cuerpo no es el de antes y que la ropa que antes te ponías cómodamente ahora luce en tu armario esperando a que algún día recuperes tu contorno.

Por supuesto que se puede recuperar, con paciencia, con esfuerzo e ilusión. Es algo muy positivo y motivante aunque también debes pensar que aceptar esa transformación es algo natural, que no te hace ser menos mujer de la que eras antes de tener a tu hijo porque la auténtica Tú sigue ahí.

No te compares con nadie

Y sobre todo, no te compares con nadie. Ni con la vecina, ni con tu mejor amiga, ni con la actriz de moda que luce palmito nada más dar a luz. Tú eres tú. Siéntete orgullosa de ti, porque eres perfecta tal y como eres.

No te hablo de una perfección bajo unos criterios sociales, sino de tu esencia. Naces como eres, con tu forma de ser, con tus virtudes y con tus defectos. Que pueden ser moldeados, por supuesto. Puedes cambiar comportamientos, formas de pensar, de gestionar tus sentimientos, de crecer personalmente, pero lo que hay dentro de ti, tu esencia, es la que permanece siempre.

Mientras escribo me doy cuenta de lo que me aporta saber gestionar mis emociones, tener herramientas para poder reflexionar y conocerme mejor. ¿Y qué es lo que me aporta? Pues la seguridad de que ahora no juzgo mis acciones, ni mi forma de ser, de que me siento bien con la persona perfecta que hay en mí porque lo que me ha hecho ser quién soy es, realmente, mi sello de identidad, mi huella personal que dejo a los demás.

¿La clave que hizo sentirme yo? la aceptación

En mi post Pon un Introvertido en tu vida describí lo que suponía para mí ser una persona introvertida y cómo esa etiqueta que la sociedad te pone por el simple hecho de no ser “el estereotipo ideal de persona, la extrovertida, esa que es “amigo de todos” o “alma de la fiesta” te acaba estigmatizando, haciéndote sentir un bicho raro. ¿La clave que hizo sentirme yo? la aceptación.

Sin duda, el no creer en una misma, el no tener la calma interior para aceptar cómo eres, crea una batalla difícil de ganar entre tu Yo esencia con tu Yo idealizado.

Es esa búsqueda del “ideal” que hemos creado en nuestra mente que hace que nos comparemos con los otros, generando un constante sufrimiento por sentir que no somos los suficientemente perfectas como creemos que “son los demás”.

“Eres fruto de un proceso de adaptación. No estás aquí en Negativo, como si te faltara algo. Estás aquí en Positivo comenzando a construir”

Valeria Aragón

Estas palabras tan acertadas me hicieron pensar en cómo nos machacamos inútilmente, en cómo en edades tan complicadas como la adolescencia solo vemos lo mejor en los demás y nos infravaloramos sin apreciar todo lo bueno que tenemos.

Y eso es lo que hay que cuidar. Intentar, como padres, estar ahí y hacerles ver que tal como son, son perfectos, únicos, auténticos e irrepetibles. Que lo que aportan a los que tienen a su alrededor es por lo que son y no por lo que aparentan ser.

Sin duda, lograr que interioricen que su esencia como personas es lo que perdura, lo que no hay que cambiar, ayudará a que las inseguridades sobre sí mismos disminuyan y aumente una autoestima que, por desgracia, suele quedar relegada a un segundo plano en estas edades.

Lograr que interioricen que su esencia como personas es lo que perdura

De nada ayudan las redes sociales y el continuo goteo de imágenes de gente que vive de eso mismo, de su imagen. Influencers o youtubers, modelos a seguir de una superficialidad que quiere ser imitada a costa de arrinconar la propia identidad.

Y es que vivir en una sociedad, dónde lo auténtico y genuino se suele ver como una anomalía, puede hacer que acabes sintiéndote el patito feo de esa misma sociedad al no compartir unos patrones estéticos o de conducta.

Cada uno ha de seguir su camino y, sobretodo, aceptarse tal y como es, teniendo la inquietud de mejorar para crecer como persona y no para satisfacer a los demás.

Así que huye del ideal de perfección porque es una carrera sin fondo, sin límite, a la que difícilmente se suele llegar a su final.

Sentirte en paz contigo misma te llevará a no tener la necesidad de cambiar a nadie, de tratar de amoldarlo a lo que tú deseas para ti. Y es que aprender a aceptarse es también aprender a aceptar a los demás como son.

Recuérdalo siempre:

“No debes cambiar para encajar en el mundo. Eres perfecta tal y como eres”

Anónimo

Encontrar el equilibrio entre ser madre y mujer

Encontrar el equilibrio entre ser madre y mujer

Hoy me ha dado por pensar en los primeros años de mi experiencia maternal y en cómo se había ido transformando mi vida desde entonces, en lo rápido que había crecido mi hijo desde aquel 2006 y en lo difícil que fue encontrar el equilibrio entre ser madre y mujer.

Creo que el día que vi el positivo en mi test de embarazo empezaron a aparecer las sombras de los miedos e inseguridades como madre: por saber si tendría un buen embarazo, si nacería bien, si sabría atender todas sus necesidades, si lo educaría correctamente… mil dudas que crecían a medida que lo hacía mi barriga sin saber que el instinto y la propia experiencia que iría acumulando me enseñarían el camino.

Pero no voy a hablarte sobre cómo fue mi embarazo, ni de las pataditas a traición de mi retoño cuando mi enorme barriga de ocho meses se le ocurría toparse con la mesa mientras trabajaba en la oficina, ni como las odiosas contracciones me hacían maldecir a diestro y siniestro camino del hospital a media noche, ni como experimenté la tirada en plancha del enfermero encima de mi barriga en pleno apogeo “empuja, empuja”…

Lo que hoy quería explicarte es cómo me cambió, como mujer, la experiencia de ser madre. Una experiencia única y maravillosa pero que hizo replantearme mis prioridades en la vida. Lo que hasta ese momento conformaba mi mundo, mi pareja y yo, se agrandó con una personita a la que teníamos que cuidar, educar, enseñar.

Es un sentimiento difícil de explicar, pero en cuanto tuve entre mis brazos a mi pequeñín sentí como si se iniciara un momento mágico, donde mi “yo mujer” se empezaba a transformar en mi nuevo “yo madre”. Te centras en él, vives por él, todo en tu vida pasa a girar en torno a él…

Nadie dijo que esto de ser madre fuese tarea fácil, aunque tampoco te avisan que te prepares con lo que viene después de serlo, o mejor dicho, para tu lío mental dónde parece que te vayas a batir en duelo entre tu lado mujer y tu lado madre.

No se puede generalizar, claro está, pero hay una buena parte de mujeres que pasado un tiempo tras la maternidad se sienten confundidas. Y es que ser madre te cambia la vida pero además también cambias tú, ya no solo físicamente sino que llega un momento en el que tu identidad como mujer ya no la reconoces.

Ser madre supone iniciar un vínculo emocional tan inmenso con tu hijo, desde que nace, que tu vida y tú misma pasa a un segundo plano. Nada es más importante que las necesidades de tu hijo y te das en cuerpo y alma a su crianza. Es lo lógico cuando una criatura depende exclusivamente de ti para subsistir y crecer de un modo sano.

¿Pero que sucede cuando te requieren más de lo que puedes dar o las cosas no salen como las habías «idealizado»?. Comienzan las dudas de tu rol como madre: de si lo estás alimentando adecuadamente, de si esa caída que tuvo en el parque la podrías haber evitado, de si tanto resfriado es porque no lo abrigas lo suficiente, de si desistes de darle de amamantar es que no piensas en tu hijo…

Dudas que pueden surgir en cualquier etapa de la maternidad. Recuerdo una de mis sesiones con una clienta en la que se cuestionaba si había sido una buena madre durante la infancia de sus hijas. Me decía que ella quería darles lo mejor para que fuesen felices y dudaba de si ese «darles lo mejor» era el causante de la rebeldía de una de ellas en plena adolescencia. Esta situación actual le hacía debatirse entre aceptar los desplantes y desprecios de su hija y comportarse como una «buena» madre o priorizar su bienestar emocional como mujer y tratarla con distancia emocional para que no le afectase.

Encontrar herramientas para lograr gestionar esta inseguridad, para conseguir encontrar el equilibrio justo, entre el rol de madre y tu identidad personal como mujer, es algo primordial para una vida sana y feliz. Y un primer paso es cambiar esas creencias que nos limitan a la hora de avanzar en una buena relación entre ambas partes. Asumir, sin culpa, que nos podemos equivocar y que el priorizarte en los momentos que lo necesites no tiene nada que ver con tu rol maternal.

Y en este punto es cuando comienza la difícil tarea de contentar a la sociedad moderna y vivir con su estereotipo de mujer “superwoman”, esa mujer que no renuncia a nada, puede con todo, hace feliz a su familia, tiene tiempo para todos y siempre con una sonrisa porque el ser madre te da “megapower”.

Así que en el momento que algo de todo eso no se cumple, la misma sociedad que te aupaba comienza a mirarte con recelo. Si dejas tu trabajo porque optas por dedicar los años de infancia de tu hijo a su cuidado y a disfrutar de la experiencia de verlo crecer, malo. Malo porque renuncias a tu parte de “mujer trabajadora”, autónoma, moderna.

Y luego tenemos el otro extremo, la parte tradicional que ve a la madre como mujer sufridora, la que debe dar veinticuatro horas al día sin sentirse egoísta, la que ha de hipotecar su bienestar por el bien de los demás, la que ha de sacrificarse como hicieron nuestros madres y abuelas.

Ser mujer y madre puede ser perfectamente compatible, y así debería ser siempre, pero las exigencias de lo que culturalmente “está bien visto” acaban por influenciarte, creándote inseguridades y creencias con respecto a lo “buena” o “mala” que eres en cada uno de tus roles.

Y en medio de todo este vaivén de tetris mental sigue estando tu hijo. Ciertamente no te replanteas nada de todo lo que he comentado hasta que comienzas a darte cuenta que tu retoño puede valerse por sí mismo. Hasta ese momento crees que tu vida es perfecta, y ciertamente lo es porque te sientes feliz. Estás en casa con tu pequeñín disfrutando de él y sin perderte nada de su infancia, y es algo que podría afirmar, sin temor a equivocarme, que ninguna madre se arrepiente de haberlo hecho. ¡Todos esos recuerdos no tienen precio!.

En mi caso personal, como olvidar el par de años que vivimos mi marido y yo junto a nuestro hijo Daniel en Chile. Llegó allí estrenando los tres añitos y con las inseguridades normales a su edad pero multiplicadas por dos, lo que supuso un plus de demanda maternal.

No sé realmente cuando me llegó ese momento de iluminación o de despertar en el que advertí que faltaba algo en mi vida. Quizás cuando sentí que como madre ya no era esa figura omnipresente que era reclamada constantemente. A medida que crecía, todo ese tiempo que requería de mí y que me provocaba un agotamiento mental y físico comenzó a aligerarse. Me dí cuenta que cada vez eran mayores los huecos en los que podía tener momentos para darle al botón “pause” de mi vida simplemente para descansar o reflexionar…

Reflexionar sobre quién era ahora, sobre la mujer que era ahora. Había evolucionado de mujer a madre y me había quedado en ese rol, estancada. Era como si no me diera el permiso a ser la mujer que quería ser, cómo si el pensar únicamente en mí fuera algo egoísta e irresponsable.

Todas tenemos nuestras circunstancias por las cuales dejamos de tratarnos como merecemos, de ocuparnos de nosotras mismas aunque sea en pequeños instantes. En mi caso, mi segunda experiencia como expatriada, esta vez en Dubái, acabó por exprimir esa parte dedicada a mi hijo. Todo eran preocupaciones por su adaptación ignorando que yo también necesitaba la mía. Solo resonaba en mi cabeza «colegio», «inglés», «amigos». Pero ese instinto maternal de sobreprotección acabó por relajarse cuando vi, tiempo después, que todo estaba controlado y apenas quedaba nada del niño inseguro de ocho años que llegó allí meses antes.

Lo que quedaba era una madre que empezaba a comprender que necesitaba un cambio, encontrar nuevas motivaciones y sobre todo, encontrarse a ella misma.

Nuestra vuelta como expatriados, apenas un año y medio después, no facilitó las cosas, pero fue un punto de inflexión que me hizo despertar definitivamente. Con la visión de ser una mujer con ninguna meta a la vista y con un hijo a las puertas de entrar en la secundaria ¿qué narices podía hacer?. Pues lo que debía haber hecho hacía tiempo, ¡Reencontrarme y reinventarme!.

A unas mujeres antes y a otras más tarde, pero al final esa transformación interior llega sin darte cuenta. En ocasiones, al igual que llega va desapareciendo o más bien, se va integrando en ti hasta que aquella identidad como mujer vuelve a recobrar vida. En otras ocasiones es la propia consciencia de necesitar algo más en tu vida la que te lleva a intentar encontrar un nuevo camino hacia tu reinvención personal.

Con mi experiencia te diría que si te encuentras en este momento de confusión, no dudes en empezar a dar un pasito hacia tu reencuentro como mujer. Descubre quién quieres ser y busca tu propósito en la vida. Piensa que el equilibrio entre ser madre y mujer es posible, que no tienes que hacer caso a las etiquetas y que si de verdad apuestas por algo que te motivaba y te hace sentir «tú», tienes que ir a por ello.

Ser madre es lo mas maravilloso que te puede suceder en la vida y de igual modo que estás disfrutando de cada instante con tu hijo, tienes que disfrutar de esos momentos que puedes estar contigo misma.

Ahora toca que te cuides, porque la vida sigue ahí, delante de ti, esperando a que te subas a su tren. Y porque te mereces ser feliz de la manera que tú lo sientas, haciendo lo que te gusta, siendo la mujer que verdaderamente quieres ser, siendo una madre que ahora es una nueva mujer…

¿No crees que merece la pena intentarlo?

Si te has quedado con ganas de saber cómo fue mi reinvención personal te invito a que leas mi artículo Reinventarse ¡Espero que te inspire!

Y si necesitas ese empujoncito hacia tu búsqueda de la nueva mujer no dudes en ponerte en contacto conmigo. ¡Estaré encantada de ayudarte!