fbpx
El olvido de la memoria

El olvido de la memoria

“Mami, ¿a ti te pasará lo mismo que a la yaya?”… una pregunta que me revolvió por dentro, no sé si por inesperada o por quién me la hizo. Creo que por las dos cosas. Qué le podía decir… con diez añitos ya era capaz de asimilar lo que representaba el olvido de la memoria

Dejar de recordar… de conocer, de reconocer. Dejar de ser la persona que eras… convertirte en una sombra sin palabras, no poder expresar, no saber hacer, no saber reaccionar…

“No lo sé, cariño, ¡yo espero que no! ¿Me cuidarías si pasara?”

“¡Claro, mami!”

Fue la primera vez que me lo preguntó pero no la última. Esa pregunta me ha hecho pensar tanto… y reflexionar sobre cómo vivimos nuestras experiencias, lo que recordamos de ellas, cómo las recordamos. Y pienso en qué pasaría si perdiera todo lo que he ido acumulando en ella a lo largo de mi vida. ¿Quién sería yo?…

Veo a mi madre sentada en la residencia, con su mirada ausente, viviendo en su mundo sin saber qué hay o quién hay delante de sus ojos. “Hola yaya”, le dice mi hijo. Le damos un beso, como todas las ocasiones que vamos a verla. Pero no hay respuesta… observando más allá, atravesando su mirada nuestros cuerpos como si éstos no estuvieran allí.

De vez en cuando una risa aparece de la nada, por sorpresa, sin control, dirigida a alguien que vive en su mundo imaginario. Cuántas veces me he preguntado cuál sería ese mundo…

Quiero vivir el presente y ser consciente de lo que me está dando. Crear recuerdos de experiencias y no olvidarlas, aunque las sienta con el paso del tiempo de un modo diferente, amoldándose a las circunstancias de la vida.

«Al final, ¿Qué importa más: vivir o saber que se está viviendo?»

Clarice Lispector

Me da miedo el olvido de mi memoria, el olvido de la vida… los recuerdos, las personas, las palabras, las emociones, mi propio yo… ¿cuál sería mi mundo si pasara? Quizás uno dónde las imágenes fuesen la alegría de los momentos felices, con las personas que quiero.

Qué rápido vemos pasar la vida sin apenas darnos cuenta de cómo la estamos viviendo. ¡Bendita juventud!, qué decididos y valientes éramos para lanzarnos al vacío y qué lejos sentíamos las preocupaciones que nos pudieran llegar. ¿Pensar en el mañana? ¡Para qué! ¡Era un carpe diem continuo!

Aquello con lo que nos quedamos a través de nuestras experiencias en la vida está impregnado con las sensaciones y emociones del momento.

Guardo esas emociones, las archivo en mi memoria… y no las olvido… no quiero olvidarlas para siempre. Ahora siguen ahí, brotando al más mínimo olor, sonido, color, sabor, textura que me hicieran revivirlas.

«La vida es eso: vivir el instante, hacer un archivo urgente y así poder revivirlo, más tarde, convertido en producto imaginario»

Josep Piera

Y así es como me llegan momentos felices y otros no tantos. Experiencias del pasado que surgen al oler un incienso de perfume de sándalo, o al escuchar a alguien inesperadamente con ese acento chileno tan peculiar o al saborear algún alimento que me lleva a mi niñez.

¿Forzar el olvido? creo que en ocasiones es necesario para alejar sentimientos dolorosos que personas o circunstancias nos hicieron madurar pero, si te digo la verdad, es algo difícil en mí. Me cuesta en ocasiones desprenderme de esta conexión desagradable… aunque presiento que puede más mi necesidad de recordarme en qué fallé o en qué me fallaron.

A pesar de ello, ahora tengo mis propias herramientas para hacerlo posible. Lo bueno de aprender a conocerse es saber cuándo y cómo alejarse de esos sentimientos. Como si fuera una goma de borrar, vas haciendo desaparecer sensaciones que intentan alterar tu paz interior. Y con esa paz dentro de mí me quiero quedar porque ¿de qué sirve saber que se está viviendo si te pasas el día pensando en los demás y no en ti?

Me imagino a mí misma dentro de veinte años, una señora de setenta primaveras y sin el olvido de su memoria, espero, aunque no tan fresca como la actual. Recordando… agradeciendo todo lo vivido y lo que pudiera llegar ¡espíritu joven, siempre!.

«La ventaja de tener una mala memoria es que uno puede disfrutar varias veces de las mismas cosas como si fuera la primera vez»

Friedrich Nietzsche

Y sin duda, reuniéndome todavía con amigas para tomar café, vino o lo que se tercie ¡o lo que se pueda a esa edad!. Amistades que ojalá perduren en el tiempo. Las de hace años, las que llegaron hace poco, las que la distancia nos separa…

Si un día mi memoria se apaga, tendré la satisfacción de dejar en el recuerdo de otras personas mis propios recuerdos, sentimientos, emociones y sensaciones de lo que he vivido y cómo lo he vivido a través de mis escritos.

Porque plasmar en palabras el interior de una misma, escribir, eso… eso no hay quién lo borre ni quién lo olvide, permaneciendo en el tiempo… para todos… para mí, ahora y siempre.

Espíritu Wanderlust, nacidos para viajar

Espíritu Wanderlust, nacidos para viajar

Hace un tiempo leí por la red un término que me encantó y que hacía mención al espíritu Wanderlust, o lo que es lo mismo, al espíritu viajero. Una palabra hermosa con la que me sentí identificada al reconocerme tras esas ganas locas de conocer mundo.

Siempre me he definido como una persona a la que le entusiasma viajar. Confieso que cuando se acerca el verano disfruto enormemente pensando cuál será nuestro próximo destino. Ir tachando de mi icloud mental lugares ya visitados para dejar espacio a la nueva inspiración… “¿hacia el este o hacia el oeste?”, “¿ciudad o naturaleza?, ¿frío o calor?, ¿de relax o  movidito?…

Así que una vez elegido el país y en qué plan vamos a ir, toca diseñar ruta y ahí es cuando se me hace la boca agua y los ojos chiribitas al ir descubriendo y anotando todo aquello que hay de especial en el destino seleccionado ¡me encanta, me rechifla y me ilusiona por partes iguales!

Ahora todo es más fácil, con tanta información a nuestro alcance a través de la red puedes ver al instante lo que te interesa: fotos, vídeos, historia, cultura de cualquier país o ciudad… En cambio, para una mujer como yo, perteneciente a la maravillosa generación de la EGB y que ve su niñez reflejada en la época ochentera de los mismísimos protagonistas de Stranger Things, buscar información en aquel entonces suponía adentrarse en la lectura de enciclopedias, revistas, libros de viajes. Aunque también nos ayudaban las películas, series de tv o algún que otro documental. Nada que ver con la ayuda de los influencers de las redes, youtubers o blogueros explicando sus experiencias viajeras.

¿Alguien se acuerda de las antiguas cámaras de fotos de carretes con las que hacer una instantánea suponía jugársela a la ruleta rusa?. Sinceramente. ¡no tengo ninguna nostalgia de ellas! aunque pensándolo bien, era una buena manera de no obsesionarse con lograr la foto perfecta y poder admirar relajadamente el paisaje.

Que rabia daba cuando justo en el momento que querías inmortalizar un gran momento te dabas cuenta que el dichoso carrete se había acabado y tenías que sacarlo para sustituirlo por otro nuevo. O peor aún, cuando ya no te quedaba ninguno y salías corriendo a comprar más, ¡si llegabas a encontrarlos, claro!. Y no hablemos de la mezcla de nervios e ilusión que provocaba la recogida las fotos tras revelarlas en la tienda a la vuelta de las vacaciones. Siempre rezando para que la ruleta rusa no le tocase a la deseada foto de tu lugar preferido y quedarte sin esa imagen tan esperada para el recuerdo.

Ya desde bien mocosa mi imaginación me hacia tele-transportarme a países lejanos y exóticos, llenos de misterio y aventuras: Roma con sus gladiadores luchando en el Coliseo, ladrones de tumbas en el antiguo Egipto, rituales mayas en sus pirámides… Todo bajo la mirada soñadora de esa niña que esperaba algún día tener la oportunidad de poder llegar a conocer alguno de aquellos lugares.

Entre mis preferencias y siempre ocupando el primer lugar del ránking, se encontraba Egipto. La de historias que me imaginaba soñando con sarcófagos escondidos y tesoros ocultos. Tenía la esperanza de que algún día lograría ese sueño, poder conocer El Cairo, las pirámides, ver los increíbles templos… el desierto…

Pero también soñaba con otros muchos lugares: Australia, China, Japón, México, Grecia, Italia… y en especial… una ciudad alemana que ocupaba una parte importante dentro de mí, Stuttgart.

Era la ciudad que me vio nacer y que fue testigo de mil y una aventuras de unos españoles que llegaron a Alemania, como buenos emigrantes, con la fuerza suficiente para forjarse un futuro lejos de su país. No sabía cuándo, pero tenía claro que algún día iba a conseguir pasear por las mismas calles por donde mis padres, tíos, primos, tuvieron una vida allá en la década de los sesenta…

Y el tiempo pasó y fui cumpliendo todos esos sueños, agrandando la lista de realidades, agrandando ese espíritu Wanderlust a la mínima oportunidad…

Nunca se me olvidará mi llegada a Egipto. De eso hace ya la friolera de veinte años. Viajamos mi marido y yo, en aquel entonces como pareja recién estrenada viviendo en pecado y sin todavía descendencia. Fue mi primer viaje fuera de España, algo que ya de por sí me creaba una sensación especial, pero que además fuese el lugar más deseado desde que tenía uso de razón lo hacía todavía más mágico.

Lo que escondía en mi imaginación resultó explotar con aquella realidad, que ahora sí, por fin, podía sentir y tocar.  Tengo un montón de imágenes grabadas en mi recuerdo de aquella experiencia, pero hay dos que me impactaron especialmente, con las que aún hoy día sigo sin tener palabras suficientes para describirlas.

El primero de aquellos momentos fue mientras atravesábamos la ciudad en plena noche dirección al hotel. A lo lejos se veía la parte superior de las famosas pirámides. Admirar aquella inmensidad hizo que no pudiera apartar los ojos… estaban allí, delante mío… por fin…

Podría estar describiendo todo lo que vi cómo si hubiese regresado ayer, pero me voy a contener y solo mencionaré el otro gran momento que para mí representó aquel viaje, el tener en frente el indescriptible y faraónico templo de Abu Simbel.

Si no me falla la memoria, habíamos llegado con el calor asfixiante del mediodía. Recorrimos unos metros y tras unas pequeñas dunas, se suponía que debía asomar lo que era el templo más famoso de Egipto. Y apareció… como si nada… majestuoso y gigantesco. Lo que sentí es difícil describirlo, quizás mezcla de alegría, asombro, respeto…

Creo que ni los 50ºC a la sombra, ni la sensación de estar dentro de un horno, ni la charla interminable del guía delante de la entrada, me hicieron dejar de admirar todo aquello. Solo tenía ojos para esas cuatro colosales y gigantescas figuras que presidian el templo, oidos para escuchar únicamente el silencio que me producía estar en el desierto delante de aquello.

Y así fue como taché de la lista de sueños mi primer gran viaje. Sonrío al ir escribiendo este post porque poco me podía imaginar en aquel entonces la de viajes que me echaría a mis espaldas a partir de ese momento, cumpliendo gran parte de mis deseos. Sin mencionar que iba a tener dos proyectos vitales en países que ni se me hubiesen pasado por la imaginación.

“Abre los ojos” me dijo una buena amiga antes de uno de mis viajes. No es que no tuviera antes esa mirada abierta, pero sí que había momentos, en según que viajes, que me dejaba llevar sin observar a mi alrededor, quedándome en lo superficial. Un buen consejo que me hizo reflexionar sobre la importancia de sentir lo que ves en cada nueva experiencia.

Porque comprender otra cultura solo lo puedes hacer si te alejas de la mirada etnocéntrica con la que llegamos todos los turistas a un nuevo país. Aceptar que no hay ninguna mejor ni peor, que todas son como esa sociedad la ha querido transmitir, con sus tradiciones y costumbres.

Hacer los sueños realidad, dicen, te da la felicidad. Y doy fe. Alegría y emoción podría definir lo que sentí en el momento en que, junto a mi padre, mi hermano y mi prima, llegamos a la calle Klagenfurter, número 17 en el barrio de Feuerbach, Stuttgart. Fue como si el tiempo se parara, como si todas aquellas historias que nos habían contado a los más pequeños cobrasen vida en aquel mismo instante. Tantas y tantas horas que pasamos oyendo, en las reuniones familiares, las mil anécdotas vividas allí por parte de mis padres y mis tíos en sus años de emigrantes.

Poder conocer al fin la ciudad donde nací… y hacerlo con parte de la familia fue extraordinario. La recorrimos de arriba abajo, todos sus rincones, mientras mi padre nos iba describiendo aquellos lugares que le eran familiares. Cuarenta años sin volver son muchos años para recordar y para comprobar como cambia una ciudad. Pero daba igual, estábamos allí.

Otro sueño que se cumplió, que me hizo feliz…

Hace apenas unos días que he regresado de mi último destino vacacional, Vancouver y las Montañas Rocosas de Canadá. Vuelvo con la maleta llena de imágenes maravillosas y con recuerdos de paisajes llenos de la más increíble naturaleza.

Y he comprado que ese espíritu Wanderlust sigue vivo, deseoso de ampliar la lista de lugares por ver y siempre con la misma ilusión que aquella primera vez.

Viajar es conocer, y conocer es abrir los ojos, mirar con curiosidad lo que hay a tu alrededor. Te invita a absorber lo nuevo con ojos inocentes y a descubrir lo desconocido que hay en cada lugar.

Tener espíritu Wanderlust es querer viajar para llenarte el alma de nuevas sensaciones, para hacerte sentir la emoción del momento…

“El mundo está lleno de cosas mágicas, esperando pacientemente a que nuestros sentidos las perciban” William Butler Yeats

Y tú ¿tienes espíritu Wanderlust?


El tiempo es un regalo

El tiempo es un regalo

¿Cuántas veces te has encontrado con la sensación de que tienes que cambiar algo en tu vida pero no sabes el qué?. Tu día a día es el mismo de siempre… haces las mismas cosas, vas a los mismos sitios, te ves con las mismas personas. Incluso piensas que, ahora en tu vida, disponer de tiempo es un lujo.

El trabajo lo acapara todo. Vives en un continuo ir y venir de recados, compras, tareas laborales o personales, estudios, proyectos, familia, niños… Vamos, que sientes que el mundo gira y gira sin parar y tú estás, ahí subida, en ese tiovivo de la vida que no te deja ni un segundo para respirar.

Es tu círculo rutinario, ese que hace que no seas consciente de lo que tienes y de lo que te falta en tu vida. Hasta que un día, sin saber por qué y tras ver uno de esos anuncios navideños especializados en hurgar en la herida sensiblera y emocional, te da por recordar la última vez que quedaste a comer o a tomar un café con una buena amiga o, simplemente, por pensar cuando fue el último mensaje que le enviaste preguntando como estaba.

Y ahí es cuando en tu cabeza comienzan a saltar todas las alarmas. Intentas retroceder en el tiempo pero por mucho que buscas y rebuscas, la fecha que aparece destelleando como  luces de neón dentro de tu cabeza es… un mes, tres meses, casi medio año o quizás más!!! De nuevo las sirenas sonando y con tu dialogo interior en marcha te dices horrorizada: «Pero no puede ser, si parece que fue ayer… tengo que llamarla sin falta… a ver si quedamos esta semana… seguro que sí, de esta semana no pasa…»

Selección del Editor - Fotos 22

Pero pasa y comienza la semana y continúas aferrándote a tu tiovivo particular sin saber cómo pararlo. Olvidas aquella emoción que por un instante llegó a despertarte y a conectarte con unos recuerdos, con un deseo de recuperar algo que ahora sientes que te falta.

Y de nuevo la espiral del tiempo. Ese tiempo que no está… El querer y no poder o el poder y no querer o quizás, el querer, el poder y el no saber, no saber encontrar un hueco en la agenda para parar y disfrutar. Volvemos a correr, sin tiempo a respirar, a observar, a disfrutar de los momentos… Vamos alimentando nuestras preocupaciones y nuestros remordimientos por no hacer lo que en realidad queremos hacer. ¿Y qué nos impide regalarnos un ratito de ese tiempo?

Nada. Nadie. Solo nosotros. Si escucháramos a nuestras emociones con la misma facilidad con la que nos apresuramos a poner excusas…  llegaríamos a percatarnos que la vida, esta vida de hoy que nos convierte en individualidades, alejados del otro, la podríamos transformar con muy poquito. Porque si de verdad queremos ser y estar, y no solo pasar de puntillas por la vida abstrayéndonos de lo que tenemos a nuestro alrededor, deberíamos , de vez en cuando, recordar estas palabras de Nuccio Ordine:  “¿qué significa cultivar una relación humana? Significa dedicar tiempo”

Y es que, sin ese tiempo que podemos obsequiar a los demás, las relaciones se van apagando, poco a poco, hasta que un día, sin darnos cuenta, por no haber ido regalando alguna que otra vez un poquito de nosotros, aquella amistad se acaba diluyendo con gotitas de indiferencia…

Ya no me conformo con ir coleccionando experiencias a lo largo de mi vida sin tan siquiera haber sido consciente de haberlas vivido. El tiempo pasa y no me resigno a verlo avanzar, sin más. Cuántas veces decimos aquello de “¡qué rápido pasan los años!” pero ¿te has parado a pensar, a recordar, dentro de tu tiovivo vital, cómo te hicieron sentir muchos de aquellos instantes?

De qué están hechos los recuerdos sino de momentos… recuerdos que acabarán convirtiéndose en únicos y especiales, con derecho a ser guardados en nuestra pequeña caja pensante gracias a lo que nos hicieron sentir. Emociones que aparecen cuando termino de leer un libro, cuando me recreo en degustar un buen plato de comida, esas que surgen cuando veo un paisaje por primera vez…

Revista nVitrina_ Inteligencia emocional en un cuerpo Plus Size.jpg

Ya no hay tiempo ni para recordar, ni para saborear esas emociones que nos provoca echar la vista atrás… correr y correr, hacer mil cosas, apurar hasta el último segundo del día para sentirnos bien con nosotros mismos al ver “lo mucho que hemos hecho” y mañana más, y el otro más y así siempre…

Frena, respira, reflexiona… piensa en aquella persona que no has visto tanto como te gustaría, a la que no has llamado porque no te dan las horas del día, a la que no envías un mensaje porque siempre te dices que ya lo harás mañana… Quiérete, mímate, date permiso para sentir, para disfrutar de lo que das y de lo que te dan, para decir «basta», para decir «no» cuando deseas hacer todo lo contrario. para poner tu límites, esos que tanto se te resisten…

Conecta con tus sensaciones pasadas, con aquellas imágenes que te hagan revivir las ganas de ponerte en acción y priorizar “los quiero” a “los debo”. Ve hacia el futuro e imagínate tomándote un café con esa buena amiga, charlando, riendo, como antes hacíais, como era siempre, visualízate en tu casa o en el campo o en la playa, en un lugar tranquilo donde solo estés tú y ese libro que hace mil años tienes pendiente de leer… ¿cómo te ves? ¿cómo te sientes? … feliz ¿verdad?

Y es que ya lo dice mi admirado Bauman, el tiempo es un regalo.

“El regalo más importante que puedes hacer a los que quieres es darles el sacrificio de tu tiempo”

Zygmunt Bauman

Cuéntame, ¿regalas tiempo para ti y para los demás o te resignas a verlo pasar?

12. Volver a empezar

12. Volver a empezar

Concentrada, pensativa, con nostalgia a ratos y con algo de tristeza en otros… Así voy tejiendo lo que será mi último capítulo, sentada junto a la ventana de mi despacho, tecleando las palabras que conformarán el final de esta historia que he ido narrando a lo largo de doce meses.

Ha significado el paseo por los recuerdos de alguien que durante un periodo de su vida fue una expat, el caminar por unos recuerdos que ahora me llevan a la necesidad de dejarlos descansar, guardarlos en un rinconcito de mi memoria del que estoy convencida asomarán de vez en cuando junto con la pincelada de una sonrisa.

Escribirlo me ha servido para darme cuenta de lo que dejé atrás, de que toda aquella experiencia ha sido una gran lección construida a base de asignaturas que tuve que ir afrontando, superando, a medida que avanzaba mi camino en aquella ciudad. Pero esta gran lección no finalizó cuando partió el avión de vuelta a casa…

Porque la vida de un expat no acaba cuando regresas. Hay algo que permanece en tu interior, algo que no quieres dejar ir. Como pequeños flashes, te van llegando escenas vividas, recuerdos de lugares, de personas. Echas en falta todo aquello que tanto te chocaba al principio; olores, sabores, sonidos, costumbres… y también esos momentos con tus amigas, unas más cercanas y otras no tanto, pero ratitos al fin y al cabo que hacían que tu vida allí fuera mucho más acogedora y llevadera.

Pensaba en los instantes especiales, inolvidables, que sabía que siempre iban a permanecer conmigo, aunque el tiempo pasara, aunque las cosas cambiaran… Como todas aquellas ocasiones que finalmente pudimos tener Núria y yo para vernos antes de marcharme, mostrándome que la persona que conocí seguía estando allí, aquella amiga dulce, sincera, cercana, y con la que también pude contar tras mi vuelta hasta que todo se trastocó. Una amistad de la que solo me quedará el recuerdo de los instantes más cercanos, más queridos, alejándome e intentando borrar todo lo que finalmente enturbió nuestra relación.

Regresar durante la época de navidades hizo que en un principio la vuelta no resultara tan frustrante, todo lo contrario. Me emocionaba aquellos abrazos asfixiantes de mis amigas al verme de nuevo sabiendo que ya no me iba a ir, sentía la felicidad de toda la familia cuando íbamos de casa en casa celebrando las fiestas y nuestra vuelta.

Todos nos arropaban, se alegraban por estar de nuevo juntos, por nuestro regreso. Y al principio también te sientes feliz, pero notas que hay algo en tu interior que no está bien. Te felicitan por la vuelta porque entienden que eso es lo que más deseabas, intuyen que tu hijo está loco por estar de nuevo en su antiguo cole con sus amigos o presuponen que tú estas contenta por poder hacer e ir de nuevo donde siempre porque es lo que conoces y ya no te va a resultar extraño… Pero eso no es lo que sentía. Comprendía esa alegría por parte de todos, y la compartía aunque había una parte de mí que seguía conectada a todo lo que habíamos dejado… lo extrañaba sin darme cuenta.

Y aquí comienza la nueva etapa de un expat, o mejor dicho, de un repatriado. Cuando inicias tu vida en otro lugar intentas anticiparte a lo que te pueda venir, buscas información del país en cuestión o te añades a todos los grupos posibles de “españoles en…” de Facebook para conocer opiniones y poder comentar dudas. Incluso, una vez que estás allí, algunas de tus nuevas amistades te ayudan a superar el trance inicial de adaptación, dando su apoyo y comprendiéndote en ese momento porque ellas mismas lo han vivido.

Pero al regresar sientes como si nada estuviera en su sitio, como si nadie te comprendiera, como si lo único válido fuera lo que dejaste como expat y te vieses ahora en la obligación de continuar lo que fue tu vida antes de irte. A tu vuelta no encuentras esos foros donde hay más personas con tus mismas preocupaciones, ni blogs dónde puedas leer que no eres un bicho raro y que lo que te pasa es normal, ni amistades a tu alrededor que puedan decirte que tranquila, esto pasará y si el inicio es jodido al igual que lo fue a la ida, en poco tiempo te readaptarás a tu “nueva vida” y lo verás todo con otros ojos.

Quise volver con la mirada puesta en el futuro, pero se hacía difícil intentar desconectar de lo que había sido mi vida de expat. Era consciente de que no sería fácil situarme en la casilla de salida y reencontrarme con todo lo que me había rodeado tiempo atrás.

Y no lo fue. Inconscientemente magnificaba todo aquello que había dejado, comparaba ambas vidas, sin darme cuenta que lo único que me proporcionaba era retrasar la aceptación de mi nueva realidad. Sorprendida por sorprenderme… por tener sensaciones tan opuestas a como yo sentía mi hogar de siempre. Lo veía todo con dimensión diminuta; autopistas, colegios, edificios, centros comerciales, coches… tenía la impresión de que cada cosa que veía había menguado de tamaño.

Sensaciones extrañas en tu propia ciudad… Esperando en la puerta del colegio la salida de Daniel y notar como las personas a mi alrededor no hablaban inglés, que quienes venían a buscarlos eran los padres y no las cuidadoras, las “maids”, que los niños ya no eran de diferentes nacionalidades: indios, coreanos, libaneses, jordanos, sirios, ingleses, rusos, egipcios… Ir a comer a un restaurante y decirle al camarero con total naturalidad al traer la cuenta un “thank you”. Pensar varias veces que ya no debía dejar alegremente el bolso o el móvil sin vigilancia en cualquier sitio. Maldecir que en la gasolinera ya no estaba el chico a quién decirle tras bajar la ventanilla “full special, please” teniéndome que salir del coche para repostar y pagar.

Quizás me encontré en una ciudad como Dubái que te hacía la vida mucho más fácil en algunos aspectos, una vida que pasado el tiempo y viéndola con perspectiva me pareció que era como estar dentro de una burbuja. Demasiado de todo; de seguridad, de ocio, de sol, de playas, de brunchs, de cafés con amigas, de mil restaurantes, de infinidad de opciones para entretenerte. Difícil deshacerte de todo aquello…

Pero no solo a mí me sucedía. Advertía como Daniel mencionaba, sin darse cuenta, las virtudes de su anterior colegio, de lo “guays” que habían sido sus compañeros de clase y amigos, de poder ir a la piscina o a la playa todos los días del año, de como le gustaba ir a casa de sus vecinitos españoles para jugar o que ellos vinieran a buscarlo a la nuestra siempre que quisieran sin tener que coger el coche. Pero de la misma forma que yo tuve que desanclarme de aquella realidad paralela, le hice ver a Daniel que tenía que vivir el momento, que aquello acabó y que ahora su realidad era la que estábamos viviendo, que nunca olvidaría todo lo bueno que pasó allí pero que ahora tocaba disfrutar el presente.

El presente… ¿Cuál iba a ser el mío a partir de ahora? Con el tiempo te das cuenta que lo primero que tienes que hacer es precisamente saber que vas a hacer. Tenía claro que es lo que no quería, pero… ¿qué quería? Llevaba mucho tiempo con el rumbo perdido, creo que incluso antes de mi llegada a Dubái, quizás todo lo que me ahogaba allí fue causado en parte por esta falta de entusiasmo por visualizar mi futuro sin la idea en mente de una meta u objetivo, me bastaba fluir con el día a día. En un principio es lo que me apetecía, estar con mi hijo, dedicarme a él sin importarme nada más, pero poco a poco se fue convirtiendo en una rutina de la que no fuí consciente estar y que acabó por hacerme olvidar de mí misma. Ese cambio que experimenté durante mi estancia en Dubái y que en un principio no lograba entender, ese comenzar a conocerme, permitió sin yo saberlo, resetearme tiempo después de mi vuelta y poner la primera piedra de lo que sería la nueva versión de mí.

Comencé a dejar atrás ataduras a un pasado que ya no estaba allí haciendo que mi día a día fuese lo prioritario y asumiendo, al fin, que mi nueva vida ya se había alejado de la anterior. Y comencé a disfrutar de nuevo; de los paseos por la playa, de la luz del sol reflejada en ese mar mediterraneo que tantos dias de infancia había conocido, de la naturaleza que rodeaba mi hogar, de las comidas familiares, de las cenas con amigas, de la copa de vino en un restaurante, de la cerveza helada en el bar acompañada de unas olivas, de poder vestir como me diera la gana sin pensar en prohiciones, de conectarme a internet sin censuras y con total libertad…

Volví a empezar, pero esta vez mirando hacia adelante, viendo una puerta a oportunidades para crecer, para crear, para motivarme con nuevos retos y posibilidades. Retos como retomar la escritura, iniciar lo que sería este blog para, en un principio, ordenar mi cabeza de todo lo experimentado atreviéndome incluso a compartirlo tiempo después, quizás convencida de que a nadie le interesaría lo que ahí estaba escrito, siendo suficiente el hecho de estar creando algo por y para mí. Retos como iniciar unos nuevos estudios universitarios después de años de haber finalizado mi carrera de filóloga no cediendo a mi impulso habitual de abandonar ante cualquier atisbo de fracaso.

Saber ahora donde está mi zona de confort y tener la confianza de poder salir de ella, controlar los límites y dar un pasito fuera cuando me apetezca retarme. Pensar en positivo, rodearte de gente que te quiere, te aprecia, y suma en tu vida como tu familia, como tus amigos de siempre. Descubrir o redescubrir amistades que estaban ahí, en un segundo plano, esperando a asomar en el momento adecuado para abrirme los ojos a un mundo de posibilidades…

Una de ellas mi querida amiga Sonia, siempre dándome luz y serenidad, siempre estando ahí, siempre dispuesta a todo. Todavía recuerdo con una sonrisa ese largo viaje en coche que hicimos a lo Thelma y Louise y en el que tras horas de charlas me preguntó “y ahora ¿qué te gustaría hacer?” Fue una pregunta obvia, de difícil respuesta cuando te sientes perdida en la vida pero que hizo cuestionarme mi futuro proporcionándome el escopetazo de salida a mi reinvención personal.

Otra de ellas, mi inspiradora y ciberamiga Laura, la otra Laura, la mallorquina de mil mundos, la que me enganchó a su blog con sus adictivos posts. Cuántas veces me hizo reflexionar ante mis dudas, abriéndome la puerta a una forma de ver la vida desde otro ángulo, desde la confianza en una misma sin temor a caer en el error, desde la visión de que el mundo está ahí para disfrutarlo y que nunca es tarde para lograrlo. Fue la guia perfecta con su contagiosa positividad, motivación y vitalidad.

Nuevos objetivos, nuevas metas, nuevas ilusiones. Ya no hay dudas, ni obstáculos, ni miedos, ni culpabilidades. Ahora se lo que quiero, voy a por ello sin complejos y con la plena confianza de que solo hay una persona que puede ayudarme en todo aquello que me proponga, yo misma.

No hay más secreto que este… nuestra actitud ante la vida, una actitud resumida en aquellas palabras escritas en mi primer post, 1. La vida te da oportunidades,  y con las que pongo punto y final a esta historia… mi historia:

 “La vida te da oportunidades, te las planta delante de ti y tú decides que hacer con ellas”.

11. Todo tiene un final

11. Todo tiene un final

Los días estresantes habían acabado y como si de un globo se tratara, me fui desinflando a medida que dejaba escapar toda la tensión acumulada. Los días interminables intentando vender lo que no nos íbamos a llevar, los de insufribles regateos, los de compras de última hora, los de luchar con los chicos de la mudanza para que no se olvidaran nada, los de finiquitar trámites oficiales, los de las despedidas… Quedaba solo pensar en el mañana, en el regreso, en un futuro que presagiaba iba a ser una vuelta a mi vida anterior, a mi zona de confort de la que logré salir y a la que por nada del mundo deseaba regresar.

La última noche en Dubái y todavía no me hacía a la idea de dejar atrás amistades que te llegaban al alma, de abandonar esa ciudad que me hizo odiarla al principio y quererla al final. Solo podía pensar en cómo sería mi vida, nuestras vidas, a partir de nuestro regreso.

Apoyada en la pared y con la mirada fijada en el horizonte, observaba a través de los ventanales de la habitación del hotel la silueta del Burj Al Arab. Aquel perfil en forma de vela… no podríamos haber tenido una despedida más icónica de la ciudad que nos acogió durante casi un año y medio.

Pensaba en que quería irme absorbiendo cada momento de los que viví allí, recordar cada instante de los que pasé, buenos, malos, no importaba. Quería sentir lo que tenía a mi alrededor, sentir olores, emociones, recuerdos… no olvidar lo que significaba todo aquello, necesitaba guardármelo y llevármelo para siempre.

Pero no solo pensaba en mí, también en Daniel. Constantemente nos preguntaba cuando íbamos a volver a Dubái, que por qué no podíamos estar al menos un año más, que él quería quedarse con sus amigos y en ese cole tan “chulo” y en el que tanto se divertía. Cuando le dimos la noticia de nuestra vuelta, durante las vacaciones de verano, lo asumió con mucha madurez, pero no fue consciente de ello y de lo que significaba hasta que faltaron pocas semanas para dejar el país. Sus compañeros, sus profesoras, sus amigos, todos se volcaron con él para hacer de toda aquella experiencia un bonito recuerdo de despedida. Me emociona recordar el último día de cole, aupado por todos sus compañeros de clase deseándole lo mejor y regalándole una gigantesca postal con la firma dedicada de cada uno de ellos. Un cariño especial de niños acostumbrados a las despedidas…

Ahora se me hace extraño recordar mis temores por la adaptación de mi hijo al llegar allí por primera vez. Cuantas dudas por saber si sería capaz de no sufrir por estar en un entorno nuevo y diferente a lo que hasta ahora había conocido, enfrentarse a un idioma que estaría presente en su día a día, vivir en un país alejado de sus amigos y familia. Como subestimamos los padres en ocasiones la fuerza de nuestros hijos y cuantas lecciones nos dan de las que debemos aprender… como la que me dio pasados ya unos meses de nuestra vuelta, cuando Daniel me preguntó sin previo aviso: “mamá, ¿cuál fue el día más feliz de tu vida?” a lo que le respondí “el día que naciste, cariño ¿y el tuyo?” “el año que estuvimos en Dubái, mami ¿no podemos volver aunque sean seis meses?” Son de esos momentos que te llegan al alma, que te sientes en un mismo instante feliz por haberle dado ese regalo, esa experiencia de la que nunca se olvidará y triste por no haber podido ofrecerle más de todo aquello.

Pero todo tiene un final. Las etapas se acaban, cicatrizan heridas, se alejan recuerdos de personas, de lugares, de sentimientos, de emociones… y me doy cuenta que es entonces cuando comienza el olvido de lo que dejé atrás, de toda aquella vida que me aportó tanto. Me entristece el darme cuenta de que a medida que escribo ya no surge tan fácilmente la memoria de unos sentimientos, que aquello que en su día fueron los recuerdos de una expat poco a poco se van convirtiendo en pequeños retazos empezando a arrinconarse…

Cerrar etapas… que difícil resulta hacerlo. Y volver supuso enfrentarse a ese capítulo final del que me costó desprenderme. Significó decir adiós a una vida que me permitió salir de todo aquello que creía me daba seguridad, de descubrir que podía echar de menos y sentirlo, de ver que no hay que temer a los cambios, pero también de comprender que el tiempo no se debe desperdiciar, que es fugaz y si no haces nada acabas consumiendo instantes sin apenas apreciarlos. Algo de lo que me llevé y que me produjo una culpabilidad de la que me costó salir, la sensación de no haber aprovechado lo suficiente lo que la vida me regaló, el de haber dejado escapar el tiempo y haberme despertado tarde. Y ese malestar me acompañó hasta que supe ver que era una lección de la que debía aprender… aprender de los errores.

Aunque lo que más duele es separarte de las amistades sinceras, de aquellas que acabaron llenándote, que hicieron sentirte en familia, de esas con las que no hacía falta hablar para saber cómo te encontrabas ese día, de las que la palabra amiga cobraba todo su significado. Y de esas… poquitas, muy poquitas me llevé en el corazón…

Ojalá hubiese podido estirar el tiempo y retrasar lo inevitable, el decir adiós a una amistad que apareció algo tarde pero que me dio tantos grandes momentos… cuanto le tengo que agradecer a mi querida Laura por esas risas, por esas confidencias, por haber estado ahí cuando más lo necesitaba… Como duele recordar el día de nuestra despedida, en su casa, sin querer mencionar aquella palabra. Sabíamos que podríamos volver a vernos en alguna de sus visitas a Barcelona, pero no si iba a ser igual. Ha pasado el tiempo, pero sigo recordando con una sonrisa nuestras largas charlas en su casa, en mi casa, en el jardín de la piscina o donde fuera. Mi vecina favorita…

Cuanto dicen las miradas… y los abrazos… de esos que no hace falta hablar para expresar lo que se siente. Mi inolvidable amiga Dounia, recuerdo ese último día en el que fuimos a comer todos juntos y en el que nos preguntasteis que era la cosa más importante que nos llevábamos de Dubái. Sin dudarlo mi respuesta fue “el valor de la amistad”. Todavía no sé cómo pudimos congeniar a la perfección con su inglés afrancesado y mi spanglish pero la complicidad siempre estuvo ahí, intensificada en ese abrazo lleno de lágrimas al despedirnos. No nos faltó decir nada y nos lo dijimos todo…

Tristeza por tener que alejarte cuando recuperas a alguien que creías haber perdido, esa sensación tuve con ella, con Núria… Después de aquel segundo mensaje supe que no debía dudar de su sinceridad y que me importaba demasiado su amistad para abandonarla en ese momento. Fue a partir de entonces cuando la volví a sentir como la amiga que había sido… Como me frustró tener que decirle adiós, tener la sensación de no haber podido compartir suficientes momentos para habernos podido conocer mejor. Ha sido una amistad llena de obstáculos, de idas y venidas, y en la que la vida nos ha llevado por diferentes caminos ¿qué hubiera pasado si no nos hubiésemos conocido? ¿habría logrado desprenderme del caparazón que me impedía mostrar más de mí? Nunca lo sabré, en realidad creo que no necesito saberlo. Me quedo con lo que sí fue, una pieza del puzle de mi vida a la que le tengo que agradecer mucho de lo que soy ahora. Reflexiono sobre lo bueno y lo malo que hubo y el sentimiento siempre acaba en el mismo lugar de la balanza… la gratificación de los buenos instantes, el desearnos lo mejor de corazón aún con nuestras diferencias. Tal y como me dijo a mi marcha y como yo le recordé en su reciente nueva andadura lejos de Dubái, «siempre con una sonrisa allá donde la vida nos lleve«…

Ha pasado mucho tiempo, más de un año y medio desde que volví de Dubái, desde que mi vida como expatriada finalizó, desde que dejé atrás lugares y sobretodo personas a las que siempre recordaré por formar parte de este viaje vital. Un viaje que inicié siendo una persona diferente a la que al final se fue, una persona que llegó distante y a la que le costaba confiar, una persona que no abría los ojos a lo que tenía a su alrededor, que expresar sus sentimientos le costaba un mundo. Un cambio que nunca esperé, que me encontré por el camino y del que no me quería separar.

Comprendí que este cambio es innato en la vida de un expat y que no se debe huir de él sino asumirlo como lo mejor que te puede pasar, una transformación personal que llega para ayudarte a salir de tu zona de confort, para abrir tu mente y poder asimilar y absorber cualquier nueva vivencia que se cruce en tu camino.

Pero ¿que sucede cuando ya no eres una expat y te has de enfrentar a lo que considerabas tu vida anterior?.

Fue un regreso que supuso retornar a mi lugar de siempre, a estar cerca de mis amigos, de mi familia pero que también significó el darme cuenta que mi realidad, la que ya conocía y con la que ahora me tocaba vivir me hacía sentir extraña… una extraña en mi propio mundo…