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El olvido de la memoria

El olvido de la memoria

“Mami, ¿a ti te pasará lo mismo que a la yaya?”… una pregunta que me revolvió por dentro, no sé si por inesperada o por quién me la hizo. Creo que por las dos cosas. Qué le podía decir… con diez añitos ya era capaz de asimilar lo que representaba el olvido de la memoria

Dejar de recordar… de conocer, de reconocer. Dejar de ser la persona que eras… convertirte en una sombra sin palabras, no poder expresar, no saber hacer, no saber reaccionar…

“No lo sé, cariño, ¡yo espero que no! ¿Me cuidarías si pasara?”

“¡Claro, mami!”

Fue la primera vez que me lo preguntó pero no la última. Esa pregunta me ha hecho pensar tanto… y reflexionar sobre cómo vivimos nuestras experiencias, lo que recordamos de ellas, cómo las recordamos. Y pienso en qué pasaría si perdiera todo lo que he ido acumulando en ella a lo largo de mi vida. ¿Quién sería yo?…

Veo a mi madre sentada en la residencia, con su mirada ausente, viviendo en su mundo sin saber qué hay o quién hay delante de sus ojos. “Hola yaya”, le dice mi hijo. Le damos un beso, como todas las ocasiones que vamos a verla. Pero no hay respuesta… observando más allá, atravesando su mirada nuestros cuerpos como si éstos no estuvieran allí.

De vez en cuando una risa aparece de la nada, por sorpresa, sin control, dirigida a alguien que vive en su mundo imaginario. Cuántas veces me he preguntado cuál sería ese mundo…

Quiero vivir el presente y ser consciente de lo que me está dando. Crear recuerdos de experiencias y no olvidarlas, aunque las sienta con el paso del tiempo de un modo diferente, amoldándose a las circunstancias de la vida.

«Al final, ¿Qué importa más: vivir o saber que se está viviendo?»

Clarice Lispector

Me da miedo el olvido de mi memoria, el olvido de la vida… los recuerdos, las personas, las palabras, las emociones, mi propio yo… ¿cuál sería mi mundo si pasara? Quizás uno dónde las imágenes fuesen la alegría de los momentos felices, con las personas que quiero.

Qué rápido vemos pasar la vida sin apenas darnos cuenta de cómo la estamos viviendo. ¡Bendita juventud!, qué decididos y valientes éramos para lanzarnos al vacío y qué lejos sentíamos las preocupaciones que nos pudieran llegar. ¿Pensar en el mañana? ¡Para qué! ¡Era un carpe diem continuo!

Aquello con lo que nos quedamos a través de nuestras experiencias en la vida está impregnado con las sensaciones y emociones del momento.

Guardo esas emociones, las archivo en mi memoria… y no las olvido… no quiero olvidarlas para siempre. Ahora siguen ahí, brotando al más mínimo olor, sonido, color, sabor, textura que me hicieran revivirlas.

«La vida es eso: vivir el instante, hacer un archivo urgente y así poder revivirlo, más tarde, convertido en producto imaginario»

Josep Piera

Y así es como me llegan momentos felices y otros no tantos. Experiencias del pasado que surgen al oler un incienso de perfume de sándalo, o al escuchar a alguien inesperadamente con ese acento chileno tan peculiar o al saborear algún alimento que me lleva a mi niñez.

¿Forzar el olvido? creo que en ocasiones es necesario para alejar sentimientos dolorosos que personas o circunstancias nos hicieron madurar pero, si te digo la verdad, es algo difícil en mí. Me cuesta en ocasiones desprenderme de esta conexión desagradable… aunque presiento que puede más mi necesidad de recordarme en qué fallé o en qué me fallaron.

A pesar de ello, ahora tengo mis propias herramientas para hacerlo posible. Lo bueno de aprender a conocerse es saber cuándo y cómo alejarse de esos sentimientos. Como si fuera una goma de borrar, vas haciendo desaparecer sensaciones que intentan alterar tu paz interior. Y con esa paz dentro de mí me quiero quedar porque ¿de qué sirve saber que se está viviendo si te pasas el día pensando en los demás y no en ti?

Me imagino a mí misma dentro de veinte años, una señora de setenta primaveras y sin el olvido de su memoria, espero, aunque no tan fresca como la actual. Recordando… agradeciendo todo lo vivido y lo que pudiera llegar ¡espíritu joven, siempre!.

«La ventaja de tener una mala memoria es que uno puede disfrutar varias veces de las mismas cosas como si fuera la primera vez»

Friedrich Nietzsche

Y sin duda, reuniéndome todavía con amigas para tomar café, vino o lo que se tercie ¡o lo que se pueda a esa edad!. Amistades que ojalá perduren en el tiempo. Las de hace años, las que llegaron hace poco, las que la distancia nos separa…

Si un día mi memoria se apaga, tendré la satisfacción de dejar en el recuerdo de otras personas mis propios recuerdos, sentimientos, emociones y sensaciones de lo que he vivido y cómo lo he vivido a través de mis escritos.

Porque plasmar en palabras el interior de una misma, escribir, eso… eso no hay quién lo borre ni quién lo olvide, permaneciendo en el tiempo… para todos… para mí, ahora y siempre.

Espíritu Wanderlust, nacidos para viajar

Espíritu Wanderlust, nacidos para viajar

Hace un tiempo leí por la red un término que me encantó y que hacía mención al espíritu Wanderlust, o lo que es lo mismo, al espíritu viajero. Una palabra hermosa con la que me sentí identificada al reconocerme tras esas ganas locas de conocer mundo.

Siempre me he definido como una persona a la que le entusiasma viajar. Confieso que cuando se acerca el verano disfruto enormemente pensando cuál será nuestro próximo destino. Ir tachando de mi icloud mental lugares ya visitados para dejar espacio a la nueva inspiración… “¿hacia el este o hacia el oeste?”, “¿ciudad o naturaleza?, ¿frío o calor?, ¿de relax o  movidito?…

Así que una vez elegido el país y en qué plan vamos a ir, toca diseñar ruta y ahí es cuando se me hace la boca agua y los ojos chiribitas al ir descubriendo y anotando todo aquello que hay de especial en el destino seleccionado ¡me encanta, me rechifla y me ilusiona por partes iguales!

Ahora todo es más fácil, con tanta información a nuestro alcance a través de la red puedes ver al instante lo que te interesa: fotos, vídeos, historia, cultura de cualquier país o ciudad… En cambio, para una mujer como yo, perteneciente a la maravillosa generación de la EGB y que ve su niñez reflejada en la época ochentera de los mismísimos protagonistas de Stranger Things, buscar información en aquel entonces suponía adentrarse en la lectura de enciclopedias, revistas, libros de viajes. Aunque también nos ayudaban las películas, series de tv o algún que otro documental. Nada que ver con la ayuda de los influencers de las redes, youtubers o blogueros explicando sus experiencias viajeras.

¿Alguien se acuerda de las antiguas cámaras de fotos de carretes con las que hacer una instantánea suponía jugársela a la ruleta rusa?. Sinceramente. ¡no tengo ninguna nostalgia de ellas! aunque pensándolo bien, era una buena manera de no obsesionarse con lograr la foto perfecta y poder admirar relajadamente el paisaje.

Que rabia daba cuando justo en el momento que querías inmortalizar un gran momento te dabas cuenta que el dichoso carrete se había acabado y tenías que sacarlo para sustituirlo por otro nuevo. O peor aún, cuando ya no te quedaba ninguno y salías corriendo a comprar más, ¡si llegabas a encontrarlos, claro!. Y no hablemos de la mezcla de nervios e ilusión que provocaba la recogida las fotos tras revelarlas en la tienda a la vuelta de las vacaciones. Siempre rezando para que la ruleta rusa no le tocase a la deseada foto de tu lugar preferido y quedarte sin esa imagen tan esperada para el recuerdo.

Ya desde bien mocosa mi imaginación me hacia tele-transportarme a países lejanos y exóticos, llenos de misterio y aventuras: Roma con sus gladiadores luchando en el Coliseo, ladrones de tumbas en el antiguo Egipto, rituales mayas en sus pirámides… Todo bajo la mirada soñadora de esa niña que esperaba algún día tener la oportunidad de poder llegar a conocer alguno de aquellos lugares.

Entre mis preferencias y siempre ocupando el primer lugar del ránking, se encontraba Egipto. La de historias que me imaginaba soñando con sarcófagos escondidos y tesoros ocultos. Tenía la esperanza de que algún día lograría ese sueño, poder conocer El Cairo, las pirámides, ver los increíbles templos… el desierto…

Pero también soñaba con otros muchos lugares: Australia, China, Japón, México, Grecia, Italia… y en especial… una ciudad alemana que ocupaba una parte importante dentro de mí, Stuttgart.

Era la ciudad que me vio nacer y que fue testigo de mil y una aventuras de unos españoles que llegaron a Alemania, como buenos emigrantes, con la fuerza suficiente para forjarse un futuro lejos de su país. No sabía cuándo, pero tenía claro que algún día iba a conseguir pasear por las mismas calles por donde mis padres, tíos, primos, tuvieron una vida allá en la década de los sesenta…

Y el tiempo pasó y fui cumpliendo todos esos sueños, agrandando la lista de realidades, agrandando ese espíritu Wanderlust a la mínima oportunidad…

Nunca se me olvidará mi llegada a Egipto. De eso hace ya la friolera de veinte años. Viajamos mi marido y yo, en aquel entonces como pareja recién estrenada viviendo en pecado y sin todavía descendencia. Fue mi primer viaje fuera de España, algo que ya de por sí me creaba una sensación especial, pero que además fuese el lugar más deseado desde que tenía uso de razón lo hacía todavía más mágico.

Lo que escondía en mi imaginación resultó explotar con aquella realidad, que ahora sí, por fin, podía sentir y tocar.  Tengo un montón de imágenes grabadas en mi recuerdo de aquella experiencia, pero hay dos que me impactaron especialmente, con las que aún hoy día sigo sin tener palabras suficientes para describirlas.

El primero de aquellos momentos fue mientras atravesábamos la ciudad en plena noche dirección al hotel. A lo lejos se veía la parte superior de las famosas pirámides. Admirar aquella inmensidad hizo que no pudiera apartar los ojos… estaban allí, delante mío… por fin…

Podría estar describiendo todo lo que vi cómo si hubiese regresado ayer, pero me voy a contener y solo mencionaré el otro gran momento que para mí representó aquel viaje, el tener en frente el indescriptible y faraónico templo de Abu Simbel.

Si no me falla la memoria, habíamos llegado con el calor asfixiante del mediodía. Recorrimos unos metros y tras unas pequeñas dunas, se suponía que debía asomar lo que era el templo más famoso de Egipto. Y apareció… como si nada… majestuoso y gigantesco. Lo que sentí es difícil describirlo, quizás mezcla de alegría, asombro, respeto…

Creo que ni los 50ºC a la sombra, ni la sensación de estar dentro de un horno, ni la charla interminable del guía delante de la entrada, me hicieron dejar de admirar todo aquello. Solo tenía ojos para esas cuatro colosales y gigantescas figuras que presidian el templo, oidos para escuchar únicamente el silencio que me producía estar en el desierto delante de aquello.

Y así fue como taché de la lista de sueños mi primer gran viaje. Sonrío al ir escribiendo este post porque poco me podía imaginar en aquel entonces la de viajes que me echaría a mis espaldas a partir de ese momento, cumpliendo gran parte de mis deseos. Sin mencionar que iba a tener dos proyectos vitales en países que ni se me hubiesen pasado por la imaginación.

“Abre los ojos” me dijo una buena amiga antes de uno de mis viajes. No es que no tuviera antes esa mirada abierta, pero sí que había momentos, en según que viajes, que me dejaba llevar sin observar a mi alrededor, quedándome en lo superficial. Un buen consejo que me hizo reflexionar sobre la importancia de sentir lo que ves en cada nueva experiencia.

Porque comprender otra cultura solo lo puedes hacer si te alejas de la mirada etnocéntrica con la que llegamos todos los turistas a un nuevo país. Aceptar que no hay ninguna mejor ni peor, que todas son como esa sociedad la ha querido transmitir, con sus tradiciones y costumbres.

Hacer los sueños realidad, dicen, te da la felicidad. Y doy fe. Alegría y emoción podría definir lo que sentí en el momento en que, junto a mi padre, mi hermano y mi prima, llegamos a la calle Klagenfurter, número 17 en el barrio de Feuerbach, Stuttgart. Fue como si el tiempo se parara, como si todas aquellas historias que nos habían contado a los más pequeños cobrasen vida en aquel mismo instante. Tantas y tantas horas que pasamos oyendo, en las reuniones familiares, las mil anécdotas vividas allí por parte de mis padres y mis tíos en sus años de emigrantes.

Poder conocer al fin la ciudad donde nací… y hacerlo con parte de la familia fue extraordinario. La recorrimos de arriba abajo, todos sus rincones, mientras mi padre nos iba describiendo aquellos lugares que le eran familiares. Cuarenta años sin volver son muchos años para recordar y para comprobar como cambia una ciudad. Pero daba igual, estábamos allí.

Otro sueño que se cumplió, que me hizo feliz…

Hace apenas unos días que he regresado de mi último destino vacacional, Vancouver y las Montañas Rocosas de Canadá. Vuelvo con la maleta llena de imágenes maravillosas y con recuerdos de paisajes llenos de la más increíble naturaleza.

Y he comprado que ese espíritu Wanderlust sigue vivo, deseoso de ampliar la lista de lugares por ver y siempre con la misma ilusión que aquella primera vez.

Viajar es conocer, y conocer es abrir los ojos, mirar con curiosidad lo que hay a tu alrededor. Te invita a absorber lo nuevo con ojos inocentes y a descubrir lo desconocido que hay en cada lugar.

Tener espíritu Wanderlust es querer viajar para llenarte el alma de nuevas sensaciones, para hacerte sentir la emoción del momento…

“El mundo está lleno de cosas mágicas, esperando pacientemente a que nuestros sentidos las perciban” William Butler Yeats

Y tú ¿tienes espíritu Wanderlust?


El tiempo es un regalo

El tiempo es un regalo

¿Cuántas veces te has encontrado con la sensación de que tienes que cambiar algo en tu vida pero no sabes el qué?. Tu día a día es el mismo de siempre… haces las mismas cosas, vas a los mismos sitios, te ves con las mismas personas. Incluso piensas que, ahora en tu vida, disponer de tiempo es un lujo.

El trabajo lo acapara todo. Vives en un continuo ir y venir de recados, compras, tareas laborales o personales, estudios, proyectos, familia, niños… Vamos, que sientes que el mundo gira y gira sin parar y tú estás, ahí subida, en ese tiovivo de la vida que no te deja ni un segundo para respirar.

Es tu círculo rutinario, ese que hace que no seas consciente de lo que tienes y de lo que te falta en tu vida. Hasta que un día, sin saber por qué y tras ver uno de esos anuncios navideños especializados en hurgar en la herida sensiblera y emocional, te da por recordar la última vez que quedaste a comer o a tomar un café con una buena amiga o, simplemente, por pensar cuando fue el último mensaje que le enviaste preguntando como estaba.

Y ahí es cuando en tu cabeza comienzan a saltar todas las alarmas. Intentas retroceder en el tiempo pero por mucho que buscas y rebuscas, la fecha que aparece destelleando como  luces de neón dentro de tu cabeza es… un mes, tres meses, casi medio año o quizás más!!! De nuevo las sirenas sonando y con tu dialogo interior en marcha te dices horrorizada: «Pero no puede ser, si parece que fue ayer… tengo que llamarla sin falta… a ver si quedamos esta semana… seguro que sí, de esta semana no pasa…»

Selección del Editor - Fotos 22

Pero pasa y comienza la semana y continúas aferrándote a tu tiovivo particular sin saber cómo pararlo. Olvidas aquella emoción que por un instante llegó a despertarte y a conectarte con unos recuerdos, con un deseo de recuperar algo que ahora sientes que te falta.

Y de nuevo la espiral del tiempo. Ese tiempo que no está… El querer y no poder o el poder y no querer o quizás, el querer, el poder y el no saber, no saber encontrar un hueco en la agenda para parar y disfrutar. Volvemos a correr, sin tiempo a respirar, a observar, a disfrutar de los momentos… Vamos alimentando nuestras preocupaciones y nuestros remordimientos por no hacer lo que en realidad queremos hacer. ¿Y qué nos impide regalarnos un ratito de ese tiempo?

Nada. Nadie. Solo nosotros. Si escucháramos a nuestras emociones con la misma facilidad con la que nos apresuramos a poner excusas…  llegaríamos a percatarnos que la vida, esta vida de hoy que nos convierte en individualidades, alejados del otro, la podríamos transformar con muy poquito. Porque si de verdad queremos ser y estar, y no solo pasar de puntillas por la vida abstrayéndonos de lo que tenemos a nuestro alrededor, deberíamos , de vez en cuando, recordar estas palabras de Nuccio Ordine:  “¿qué significa cultivar una relación humana? Significa dedicar tiempo”

Y es que, sin ese tiempo que podemos obsequiar a los demás, las relaciones se van apagando, poco a poco, hasta que un día, sin darnos cuenta, por no haber ido regalando alguna que otra vez un poquito de nosotros, aquella amistad se acaba diluyendo con gotitas de indiferencia…

Ya no me conformo con ir coleccionando experiencias a lo largo de mi vida sin tan siquiera haber sido consciente de haberlas vivido. El tiempo pasa y no me resigno a verlo avanzar, sin más. Cuántas veces decimos aquello de “¡qué rápido pasan los años!” pero ¿te has parado a pensar, a recordar, dentro de tu tiovivo vital, cómo te hicieron sentir muchos de aquellos instantes?

De qué están hechos los recuerdos sino de momentos… recuerdos que acabarán convirtiéndose en únicos y especiales, con derecho a ser guardados en nuestra pequeña caja pensante gracias a lo que nos hicieron sentir. Emociones que aparecen cuando termino de leer un libro, cuando me recreo en degustar un buen plato de comida, esas que surgen cuando veo un paisaje por primera vez…

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Ya no hay tiempo ni para recordar, ni para saborear esas emociones que nos provoca echar la vista atrás… correr y correr, hacer mil cosas, apurar hasta el último segundo del día para sentirnos bien con nosotros mismos al ver “lo mucho que hemos hecho” y mañana más, y el otro más y así siempre…

Frena, respira, reflexiona… piensa en aquella persona que no has visto tanto como te gustaría, a la que no has llamado porque no te dan las horas del día, a la que no envías un mensaje porque siempre te dices que ya lo harás mañana… Quiérete, mímate, date permiso para sentir, para disfrutar de lo que das y de lo que te dan, para decir «basta», para decir «no» cuando deseas hacer todo lo contrario. para poner tu límites, esos que tanto se te resisten…

Conecta con tus sensaciones pasadas, con aquellas imágenes que te hagan revivir las ganas de ponerte en acción y priorizar “los quiero” a “los debo”. Ve hacia el futuro e imagínate tomándote un café con esa buena amiga, charlando, riendo, como antes hacíais, como era siempre, visualízate en tu casa o en el campo o en la playa, en un lugar tranquilo donde solo estés tú y ese libro que hace mil años tienes pendiente de leer… ¿cómo te ves? ¿cómo te sientes? … feliz ¿verdad?

Y es que ya lo dice mi admirado Bauman, el tiempo es un regalo.

“El regalo más importante que puedes hacer a los que quieres es darles el sacrificio de tu tiempo”

Zygmunt Bauman

Cuéntame, ¿regalas tiempo para ti y para los demás o te resignas a verlo pasar?

Reinventarse

Reinventarse

Hace un año que empecé mi reinvención personal y pensando en el balance que han supuesto estos doce últimos meses, no puedo estar más que satisfecha conmigo misma. Han sido unos meses en los que no he parado de crecer y de demostrarme que, con motivación y autoconfianza, lograr lo que deseas es mucho más fácil.

El primer obstáculo con el que me encontré fui yo misma, saber encontrar la motivación en algo que no tenía ni idea de en qué podía consistir.

Rondando la cincuentena, tras una década de haber dejado mi trabajo, con un niño que estaba pasando de la niñez a la preadolescencia sin darme cuenta y después de un par de nuevos proyectos vitales en los que mi familia y yo pasamos a ser emigrantes o expatriados (según los ojos con que se mire) en apenas cuatro años de diferencia, me hizo presagiar que el camino hacia mi reinvención personal no iba a ser nada fácil.

Siempre es una buena opción mirar alrededor y observar a aquellas personas que en una situación similar han logrado ponerse en marcha y marcarse un futuro. Adopté como fuente de inspiración a personas que tenía cerca de mí, lo que me sirvió para darme cuenta de que el mundo no se acaba cuando cumples cierta edad, que la vida puede ser cómo tú quieres que sea si te propones nuevos comienzos atreviéndote, además, a alejar de ti los miedos que te impiden avanzar. Y ese clic en mi cabeza fue el pistoletazo de salida para reactivar mis motivaciones que hasta aquel momento estaban hibernando.

Reinventarse

Con estas limitaciones en mi mente y con un yo que no sabía dónde se había quedado, decidí que una de las cosas en las que podía invertir mi tiempo podría ser estudiar. Comencé a enfocar mis pasos en la posibilidad de comenzar una nueva carrera universitaria, pero tenía mis dudas de si sería capaz de afrontar este reto a mi edad.

Los miedos… instalándose en nuestros pensamientos cuando la inseguridad está ahí y haciendo despertar la necesidad de huir para ponernos a salvo… que malos consejeros son en ocasiones…

Huir para no afrontar las decepciones, ese era mi miedo. Decepcionarme a mí misma con la posibilidad de no estar a la altura… ¿a la altura?… pero, ¿quién marca ese listón? Yo, únicamente  yo y mis pensamientos limitantes. Así que si tenía la habilidad de situarme en un futuro apocalíptico en lo que respecta a la posibilidad de estudiar también tenía la opción de verme en un futuro lleno de éxitos. Y si en un mismo futuro cabían dos posibilidades ¿por qué elegir el resultado fatídico y no pensar en que iba a ser capaz de hacerlo bien? Que digo bien, ¡hacerlo estupendamente!.

Obviamente el chute de motivación comenzó a ir increscendo a medida que me visualizaba realizando algo que me ilusionaba.  Viendo el lado positivo del asunto, fueron precisamente esos temores los que finalmente me llevaron a desear con más fuerza el querer superarlos. Qué paradójico ¿no? tiempo atrás huyendo de ellos y ahora impulsándome a traspasar esa zona en la que me había acomodado y de la que me quería alejar.

Encontrar ese empujoncito es vital para lograr vencer la resistencia que supone afrontar nuevos retos. ¿Y cómo lograrlo? Pues mirando en nuestro interior, aprendiendo a ver con otros ojos lo que nos limita y aprovecharlo como una herramienta para desafiarnos  a nosotros mismos y lograr reinventarse.

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Pienso que cuando eres joven, esto de estudiar te lo tomas como una obligación, algo que has de hacer si quieres labrarte un futuro. Te ves con toda la vida por delante y con un mundo lleno de posibilidades esperando a ser descubiertas. Si no te gusta lo que haces, cambias de rumbo y si tampoco te gusta, lo vuelves a cambiar, pero sin nada claro en la cabeza, o al menos en mi caso fue así. De esta guisa me encontraba yo, con dieciocho años y en plenos estudios de Filología Hispánica, los cuales me gustaban, pero sinceramente, no me entusiasmaban. No pienso en si perdí el tiempo con algo que no me apasionaba. Ahora, con la experiencia que te da la vida, soy consciente de que todo lo que sea aprender es tiempo maravillosamente invertido, ya sea a los diez, a los dieciocho o a los cincuenta años.

Me imagino subida en una máquina del tiempo retrocediendo treinta años atrás, justo en aquella época de mis inicios universitarios. Y yo, allí pasmada, reconociéndome en aquel rostro más envejecido. Un yo futuro visitándome y mencionándome la loca idea de que iba a empezar otra carrera… estoy convencida de que a duras penas la creería.

Imposible… yo volviendo a estudiar, no podía ser… pero ¿qué hacía yo volviendo a estudiar?… y… ¿en qué narices me habré matriculado?…

Alucinante ¿verdad? Pues espera jovencita, que hay más…

Te contaría como tras acabar la carrera, mi vida, tu vida, nuestra vida, irá navegando por empleos esporádicos  hasta recalar en un lugar dónde vivirás diez años de momentos inolvidables, de satisfacciones por el reconocimiento del trabajo bien hecho, pero también dónde habrá instantes de impotencia y de lágrimas, todo por ser como eres, por ser fiel a lo que crees. Te encontrarás con personas que pasarán a ser más que compañeros de trabajo, se convertirán en amistades increíbles y de las que, veinte años después, todavía seguirán estando en tu vida. Te contaría que allí conocerás a tu futuro marido y también a la que hoy todavía continúa siendo tu mejor amiga.

Y te explicaría con orgullo que serás mamá de un hijo maravilloso, que te mudarás de casa no sé cuántas veces y que iniciarás dos experiencias vitales inolvidables en dos países tan dispares como son Chile y Dubái. Que pasarás momentos por los que no creerás en ti, pero de los que sabrás reponerte y coger fuerzas para volver a empezar, para volver a encontrarte, para reinventarte. Que tu madre, mi madre, nuestra madre… llegará un día que ya no sabrá recordarnos…

Te podría contar más, mucho más, pero ya lo irás descubriendo a medida que pase el tiempo…

Pensamientos de lo que era, de lo que soy, de lo que seré. Vuelvo al presente, al aquí y ahora. A un presente en el que hoy hace justamente un año que comencé mis estudios de Antropología y Evolución Humana y en el que, hace apenas unos meses, también me atreví a seguir caminando hacia mi otro gran proyecto personal y profesional, el formarme como Coach. No tengo presiones, ni miedos,  ni prisas. Hago lo que me gusta, lo que me ilusiona sin temor a lo que pueda pasar mañana. Avanzando, aprendiendo, pasito a pasito, sin desgaste, con motivación, disfrutando del momento…

Soy quién quiero ser.

Reinventarse es volver a crecer, crear nuevos inicios, cambiar de vía cuando sientes que tu tren no se dirige hacia donde tú quieres. No dejar que pase de largo al llegar a una estación, atreverse a subir con la ilusión de alcanzar un destino desconocido pero motivante.

…Ahora seguro que me entiendes, mi querida yo del pasado…

Reinventarse es, simplemente, volver a comenzar a ser tú…

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Entrevista: Choque cultural inverso

Entrevista: Choque cultural inverso

Cuando piensas por primera vez que te vas a convertir en una expatriada, lo primero que te viene a la cabeza es ¿cómo me voy a adaptar alli? ¿cómo será mi nueva vida lejos de casa?. Te haces mil preguntas que en un principio no sabes responder pero una vez te encuentras en ello las vas tachando de tu lista de incognitas vitales.

Subes y bajas en una noria de emociones a medida que tu camino avanza en el nuevo país, hasta que llega un dia en el que por fin te paras, miras a tu alrededor, y lo que sientes es equilibrio. Te das cuenta que nada sobra ni que nada falta. Es el instante en el que has asimilado tu nueva vida y en el que el cartel de «nueva» pasa a ser historia. Te has adaptado sin darte cuenta, has hecho tuyo lo que parecía imposible. Lo extraño se vuelve cotidiano, lo cotidiano de antes, extraño. Y es entonces cuando no quieres volver porque todo forma parte de la realidad presente, la que puedes tocar y sentir.

Pero como el ser humano se caracteriza por su poder de adaptación, cuando un día te dicen «toca volver» no queda otra que «desaplatanarse», hacer las maletas y empezar de nuevo en lo que antes llamabas «tu vieja vida».

¿Y cómo se lleva esto de regresar a tu país? ¿De convertirte en una repatriada? Para todos aquellos que tengáis la inquietud de como se vive el famoso «choque cultural inverso», os comparto la entrevista que la bloguera y coach para expatriados Laura Sargantana me realizó para su canal de podcast «Palabra de Expat«:

Entrevista a Helga García: Choque Cultural InversoAudio aquí


Si quieres saber más sobre Laura puedes hacerlo en: www.laurasargantana.com

Laura Sargantana es Coach Asociada y Certificada por la Internacional Coach Federation y Practitioner PNL. A través de su blog Retratos de la Vida,  Laura nos acerca  a sus experiencias vividas como expatriada. El deseo por compartir su propia vivencia y transformación personal le motivó a reinventarse profesionalmente como Coach Personal y para Expatriados.