Hace ya unos tres años que dejé atrás el mundo expat, vivir lejos de tu país, de la familia y de amigos. Estrenamos el casillero en Chile, unos seis años antes de nuestra segunda experiencia que nos llevó a Dubái.

Como madre expatriada, la mayor preocupación que tuve en ambas ocasiones fue la adaptación de mi hijo. La primera vez llegó rondando los tres añitos y la segunda los ocho. Si como adultos el cambio ya era algo que nos daba respeto, pensar en mi hijo y como llevaría su adaptación era algo que nos generaba muchísima intranquilidad.

Así que me encontré, durante las dos experiencias fuera de mi país, con los temores típicos de una madre recién expatriada: ¿cómo se adaptará mi hijo? ¿Logrará hacer nuevos amigos? ¿Se sentirá solo en el nuevo cole sin saber el idioma? ¿Le irá bien en los estudios?…

Sin duda, la actitud con la que unos padres logren afrontar los cambios repercute en el buen desempeño del pequeñín a la hora de integrarse a su nueva vida, ya sea en un país extranjero, en una nueva ciudad o en un nuevo colegio.

Es normal que, ante lo desconocido, estemos en modo “alerta” y si es un cambio de tal magnitud ¡imagínate como me podía sentir! Una madre recién expatriada angustiada por no saber si su hijo estaría feliz allá dónde sus padres habían apostado su futuro.

Y es que “la preocupación” y el ser madre van cogidos de la mano aunque advierto que una preocupación en exceso desemboca en un miedo maternal que hará sobreproteger al niño. ¿Te suena?: “no corras, que te caerás” “llámame en cuanto llegues para saber que estás bien” “te ayudo a hacer los deberes para que no suspendas” “te acompaño, no vayas a perderte”.

Me considero una madre que no suele llegar a esos extremos y suelo dar bastante libertad a mi hijo. Ahora, con un joven adolescente en casa, he conseguido no ser considerada “una madre pesada” aunque los momentos, “¡mamá deja de preguntarme!”, son algo de lo que no me libro.

Nunca es fácil salir de la zona de confort

Pero volviendo al mundo de la expatriación, la preocupación es algo innato y de la que no conozco a ninguna madre que no la haya padecido al llegar con sus hijos al nuevo país. ¡Nunca es fácil salir de la zona de confort!

Aunque del mismo modo que nos atrevemos a ir con los más pequeños de viaje y recorrer medio mundo disfrutando de cada momento (aquí también cuenta lo de evitar sobreproteger a nuestros hijos), el hecho de vivir en otro lugar lo deberíamos considerar como una oportunidad increíble de conocer otra cultura y otra forma de vivir.

Y este pensamiento es el que tenemos que atraer para adoptar una buena actitud. Aceptar nuestros temores además de aprender a conocer qué nos quieren decir. Pregúntate a qué tienes miedo ¿es un miedo a cómo pudiera sentirse tu hijo o es un miedo en el que sientes que pierdes el control de la seguridad de tu pequeñín?

Quizás sea un poco de ambas cosas, lógico por otra parte. No sientas que estás sola porque como puedes ver, tus pensamientos y sentimientos los hemos tenido muchas de las madres expatriadas antes, durante y también, cuando toca regresar.

Te puedo contar que la sensación que tuve durante el primer día en el jardín de infancia de mi hijo en Chile o el primer día de colegio en Dubái fueron un constante pensar en él y en cómo estaría. Le daba mil vueltas dentro de mi cabeza, recorriendo cada uno de los posibles e hipotéticos estados anímicos con los que me lo podía encontrar al salir.

Y el resultado final en ambos casos no fue el drama que me había imaginado aunque en el caso de Dubái sí que percibí la dificultad en la expresión de mi hijo, en especial con las tareas escolares.

Con tres, cuatro o cinco años, la percepción que el niño tiene de la realidad es algo diferente a la nuestra y son menos conscientes de dónde están, de cuánto están alejados de su lugar de origen o de la familia. Y eso les hace naturalizar las situaciones a su alrededor. En cambio, a la edad de ocho años que fue con la que llegó mi hijo a Dubái, nos encontramos con la necesidad de estar más atentos a sus reacciones posteriores a la salida del cole, ya que a esa edad sí que son conscientes de la nueva situación en la vida familiar.

Es el momento de poner en práctica toda nuestra empatía

En mi caso, el hándicap del idioma añadió un extra. Con nuestros ojos de adultos pensamos que los niños son esponjas y que pueden con todo en un tiempo record. La realidad es que sufren igual que nosotros, quizás sí que existe la rapidez a la adaptación, pero no por ello dejan de transitar por el camino de la dificultad y de la aceptación a algo nuevo.

Es el momento de poner en práctica toda nuestra empatía y hacer que el niño se sienta acompañado. Abrazar sus sentimientos bajo la comprensión, aceptando como normal su estado y también hablándole de cómo te sientes tú. Se dará cuenta de que no está solo y que incluso ¡su mamá y su papá! se sienten tristes, o temerosos por la nueva situación que están viviendo.

En esta conversación es importante mostrar y transmitir confianza haciéndole ver la gran oportunidad que le ha ofrecido la vida, que debe disfrutarla y, por supuesto, que el cariño de su familia y amigos de los que se ha alejado seguirá ahí. Incluso podrá verlos y oírlos gracias a las nuevas tecnologías, lo que ayudará, tanto a él como a la familia, a que esta transición hasta la adaptación sea más llevadera.

Ser madre recién expatriada no es fácil, pero con una buena actitud lograrás avanzar a través de tus miedos y preocupaciones. Date tiempo, acepta tus sentimientos como algo natural y agradece que estén ahí para cuidarte.

Cuando menos te lo esperes te verás disfrutando, tanto tu familia como tú, de todos los maravilloso momentos que tu nuevo hogar te está ofreciendo. ¡Solo hay que saber mirar con otros ojos y abrir la mente a nuevas y apasionantes experiencias!

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