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Concentrada, pensativa, con nostalgia a ratos y con algo de tristeza en otros… Así voy tejiendo lo que será mi último capítulo, sentada junto a la ventana de mi despacho, tecleando las palabras que conformarán el final de esta historia que he ido narrando a lo largo de doce meses.

Ha significado el paseo por los recuerdos de alguien que durante un periodo de su vida fue una expat, el caminar por unos recuerdos que ahora me llevan a la necesidad de dejarlos descansar, guardarlos en un rinconcito de mi memoria del que estoy convencida asomarán de vez en cuando junto con la pincelada de una sonrisa.

Escribirlo me ha servido para darme cuenta de lo que dejé atrás, de que toda aquella experiencia ha sido una gran lección construida a base de asignaturas que tuve que ir afrontando, superando, a medida que avanzaba mi camino en aquella ciudad. Pero esta gran lección no finalizó cuando partió el avión de vuelta a casa…

Porque la vida de un expat no acaba cuando regresas. Hay algo que permanece en tu interior, algo que no quieres dejar ir. Como pequeños flashes, te van llegando escenas vividas, recuerdos de lugares, de personas. Echas en falta todo aquello que tanto te chocaba al principio; olores, sabores, sonidos, costumbres… y también esos momentos con tus amigas, unas más cercanas y otras no tanto, pero ratitos al fin y al cabo que hacían que tu vida allí fuera mucho más acogedora y llevadera.

Pensaba en los instantes especiales, inolvidables, que sabía que siempre iban a permanecer conmigo, aunque el tiempo pasara, aunque las cosas cambiaran… Como todas aquellas ocasiones que finalmente pudimos tener Núria y yo para vernos antes de marcharme, mostrándome que la persona que conocí seguía estando allí, aquella amiga dulce, sincera, cercana, y con la que también pude contar tras mi vuelta hasta que todo se trastocó. Una amistad de la que solo me quedará el recuerdo de los instantes más cercanos, más queridos, alejándome e intentando borrar todo lo que finalmente enturbió nuestra relación.

Regresar durante la época de navidades hizo que en un principio la vuelta no resultara tan frustrante, todo lo contrario. Me emocionaba aquellos abrazos asfixiantes de mis amigas al verme de nuevo sabiendo que ya no me iba a ir, sentía la felicidad de toda la familia cuando íbamos de casa en casa celebrando las fiestas y nuestra vuelta.

Todos nos arropaban, se alegraban por estar de nuevo juntos, por nuestro regreso. Y al principio también te sientes feliz, pero notas que hay algo en tu interior que no está bien. Te felicitan por la vuelta porque entienden que eso es lo que más deseabas, intuyen que tu hijo está loco por estar de nuevo en su antiguo cole con sus amigos o presuponen que tú estas contenta por poder hacer e ir de nuevo donde siempre porque es lo que conoces y ya no te va a resultar extraño… Pero eso no es lo que sentía. Comprendía esa alegría por parte de todos, y la compartía aunque había una parte de mí que seguía conectada a todo lo que habíamos dejado… lo extrañaba sin darme cuenta.

Y aquí comienza la nueva etapa de un expat, o mejor dicho, de un repatriado. Cuando inicias tu vida en otro lugar intentas anticiparte a lo que te pueda venir, buscas información del país en cuestión o te añades a todos los grupos posibles de “españoles en…” de Facebook para conocer opiniones y poder comentar dudas. Incluso, una vez que estás allí, algunas de tus nuevas amistades te ayudan a superar el trance inicial de adaptación, dando su apoyo y comprendiéndote en ese momento porque ellas mismas lo han vivido.

Pero al regresar sientes como si nada estuviera en su sitio, como si nadie te comprendiera, como si lo único válido fuera lo que dejaste como expat y te vieses ahora en la obligación de continuar lo que fue tu vida antes de irte. A tu vuelta no encuentras esos foros donde hay más personas con tus mismas preocupaciones, ni blogs dónde puedas leer que no eres un bicho raro y que lo que te pasa es normal, ni amistades a tu alrededor que puedan decirte que tranquila, esto pasará y si el inicio es jodido al igual que lo fue a la ida, en poco tiempo te readaptarás a tu “nueva vida” y lo verás todo con otros ojos.

Quise volver con la mirada puesta en el futuro, pero se hacía difícil intentar desconectar de lo que había sido mi vida de expat. Era consciente de que no sería fácil situarme en la casilla de salida y reencontrarme con todo lo que me había rodeado tiempo atrás.

Y no lo fue. Inconscientemente magnificaba todo aquello que había dejado, comparaba ambas vidas, sin darme cuenta que lo único que me proporcionaba era retrasar la aceptación de mi nueva realidad. Sorprendida por sorprenderme… por tener sensaciones tan opuestas a como yo sentía mi hogar de siempre. Lo veía todo con dimensión diminuta; autopistas, colegios, edificios, centros comerciales, coches… tenía la impresión de que cada cosa que veía había menguado de tamaño.

Sensaciones extrañas en tu propia ciudad… Esperando en la puerta del colegio la salida de Daniel y notar como las personas a mi alrededor no hablaban inglés, que quienes venían a buscarlos eran los padres y no las cuidadoras, las “maids”, que los niños ya no eran de diferentes nacionalidades: indios, coreanos, libaneses, jordanos, sirios, ingleses, rusos, egipcios… Ir a comer a un restaurante y decirle al camarero con total naturalidad al traer la cuenta un “thank you”. Pensar varias veces que ya no debía dejar alegremente el bolso o el móvil sin vigilancia en cualquier sitio. Maldecir que en la gasolinera ya no estaba el chico a quién decirle tras bajar la ventanilla “full special, please” teniéndome que salir del coche para repostar y pagar.

Quizás me encontré en una ciudad como Dubái que te hacía la vida mucho más fácil en algunos aspectos, una vida que pasado el tiempo y viéndola con perspectiva me pareció que era como estar dentro de una burbuja. Demasiado de todo; de seguridad, de ocio, de sol, de playas, de brunchs, de cafés con amigas, de mil restaurantes, de infinidad de opciones para entretenerte. Difícil deshacerte de todo aquello…

Pero no solo a mí me sucedía. Advertía como Daniel mencionaba, sin darse cuenta, las virtudes de su anterior colegio, de lo “guays” que habían sido sus compañeros de clase y amigos, de poder ir a la piscina o a la playa todos los días del año, de como le gustaba ir a casa de sus vecinitos españoles para jugar o que ellos vinieran a buscarlo a la nuestra siempre que quisieran sin tener que coger el coche. Pero de la misma forma que yo tuve que desanclarme de aquella realidad paralela, le hice ver a Daniel que tenía que vivir el momento, que aquello acabó y que ahora su realidad era la que estábamos viviendo, que nunca olvidaría todo lo bueno que pasó allí pero que ahora tocaba disfrutar el presente.

El presente… ¿Cuál iba a ser el mío a partir de ahora? Con el tiempo te das cuenta que lo primero que tienes que hacer es precisamente saber que vas a hacer. Tenía claro que es lo que no quería, pero… ¿qué quería? Llevaba mucho tiempo con el rumbo perdido, creo que incluso antes de mi llegada a Dubái, quizás todo lo que me ahogaba allí fue causado en parte por esta falta de entusiasmo por visualizar mi futuro sin la idea en mente de una meta u objetivo, me bastaba fluir con el día a día. En un principio es lo que me apetecía, estar con mi hijo, dedicarme a él sin importarme nada más, pero poco a poco se fue convirtiendo en una rutina de la que no fuí consciente estar y que acabó por hacerme olvidar de mí misma. Ese cambio que experimenté durante mi estancia en Dubái y que en un principio no lograba entender, ese comenzar a conocerme, permitió sin yo saberlo, resetearme tiempo después de mi vuelta y poner la primera piedra de lo que sería la nueva versión de mí.

Comencé a dejar atrás ataduras a un pasado que ya no estaba allí haciendo que mi día a día fuese lo prioritario y asumiendo, al fin, que mi nueva vida ya se había alejado de la anterior. Y comencé a disfrutar de nuevo; de los paseos por la playa, de la luz del sol reflejada en ese mar mediterraneo que tantos dias de infancia había conocido, de la naturaleza que rodeaba mi hogar, de las comidas familiares, de las cenas con amigas, de la copa de vino en un restaurante, de la cerveza helada en el bar acompañada de unas olivas, de poder vestir como me diera la gana sin pensar en prohiciones, de conectarme a internet sin censuras y con total libertad…

Volví a empezar, pero esta vez mirando hacia adelante, viendo una puerta a oportunidades para crecer, para crear, para motivarme con nuevos retos y posibilidades. Retos como retomar la escritura, iniciar lo que sería este blog para, en un principio, ordenar mi cabeza de todo lo experimentado atreviéndome incluso a compartirlo tiempo después, quizás convencida de que a nadie le interesaría lo que ahí estaba escrito, siendo suficiente el hecho de estar creando algo por y para mí. Retos como iniciar unos nuevos estudios universitarios después de años de haber finalizado mi carrera de filóloga no cediendo a mi impulso habitual de abandonar ante cualquier atisbo de fracaso.

Saber ahora donde está mi zona de confort y tener la confianza de poder salir de ella, controlar los límites y dar un pasito fuera cuando me apetezca retarme. Pensar en positivo, rodearte de gente que te quiere, te aprecia, y suma en tu vida como tu familia, como tus amigos de siempre. Descubrir o redescubrir amistades que estaban ahí, en un segundo plano, esperando a asomar en el momento adecuado para abrirme los ojos a un mundo de posibilidades…

Una de ellas mi querida amiga Sonia, siempre dándome luz y serenidad, siempre estando ahí, siempre dispuesta a todo. Todavía recuerdo con una sonrisa ese largo viaje en coche que hicimos a lo Thelma y Louise y en el que tras horas de charlas me preguntó “y ahora ¿qué te gustaría hacer?” Fue una pregunta obvia, de difícil respuesta cuando te sientes perdida en la vida pero que hizo cuestionarme mi futuro proporcionándome el escopetazo de salida a mi reinvención personal.

Otra de ellas, mi inspiradora y ciberamiga Laura, la otra Laura, la mallorquina de mil mundos, la que me enganchó a su blog con sus adictivos posts. Cuántas veces me hizo reflexionar ante mis dudas, abriéndome la puerta a una forma de ver la vida desde otro ángulo, desde la confianza en una misma sin temor a caer en el error, desde la visión de que el mundo está ahí para disfrutarlo y que nunca es tarde para lograrlo. Fue la guia perfecta con su contagiosa positividad, motivación y vitalidad.

Nuevos objetivos, nuevas metas, nuevas ilusiones. Ya no hay dudas, ni obstáculos, ni miedos, ni culpabilidades. Ahora se lo que quiero, voy a por ello sin complejos y con la plena confianza de que solo hay una persona que puede ayudarme en todo aquello que me proponga, yo misma.

No hay más secreto que este… nuestra actitud ante la vida, una actitud resumida en aquellas palabras escritas en mi primer post, 1. La vida te da oportunidades,  y con las que pongo punto y final a esta historia… mi historia:

 “La vida te da oportunidades, te las planta delante de ti y tú decides que hacer con ellas”.

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